Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
Eloisa
se prepara con rapidez, como acostumbra a hacer todos lo lunes y
jueves por la tarde. Estos días lleva a su hija a la actividad
extraescolar de turno. Dos minutos antes de salir de casa, todo se
torna apresuramiento y urgencia para la adolescente que siempre deja
para el último momento algo absolutamente imprescindible.
Una vez
en el ascensor, Eloisa mira de reojo los últimos retoques de su hija
delante del espejo. En el garaje sigue una carrerita apresurada antes
de que la puerta se cierre dejándola con la cara pegada a la luna.
Invariablemente, el acomodo en el coche se hace de forma rápida y
eficaz, cada una sabe su papel. Conversación breve, quizá
monólogos. Y prosigue el ritual. Ocho minutos de acicalamiento
mecánico, bien ensayado, se celebra a través del espejo pequeño
del interior del coche. El pelo es el protagonista en este ritual
aunque también la muchacha ensaya miradas y alguna que otra
sonrisa. Cuando ya van llegando al destino, la joven desvía su
atención del espejo para centrarlo en el teléfono. Un chispazo, un
visto y no visto, pero sí lo suficiente como para volverse a ver
reflejada en la pantalla del aparato.
El
coche se detiene al mismo momento que la hija de Eloisa cesa en su
arreglo. Eloisa le dirige la mirada cotidiana de despedida mientras
comprueba los cambios operados en el acicalamiento de su hija en el
ascensor, en el coche y en el teléfono. Como todos los días, se
esfuerza en descubrir alteraciones que no aparecen, pero su hija se
aleja con una sonrisa que demuestra el acierto de haber empleado
estos últimos quince minutos en recomponerse.
Eloisa
pone en marcha su coche para iniciar la vuelta a casa mientras no
deja de pensar en cómo le damos vuelta a las cosas para que todo
siga igual.
Mujeres en la ventana (Murillo, 1670) El Murillo más sugerente y moderno.
Es
insensible a todo. Funciona con una lógica
apabullante y una indiferencia desconcertante. No está en su
naturaleza considerar situaciones o reaccionar de forma instintiva
guiado/a por
necesidades o situaciones gratas.
El mar, la mar, curiosa ambivalencia,
existe y actúa según sus reglas, flemático/a
e insensible a lo que opinemos o deseemos el resto de las criaturas
de la creación.
La última constatación,
nada reseñable por otra parte, la he tenido estos
días paseando por las orillas del
Cantábrico al observar
su actuación aliado con la geografía el lugar. Observo el
agua en movimiento sabedora de que este
mar, como todos, es insensible a sus espectadores y me sigo admirando
por la determinación que demuestra en su tarea de ir y venir cada
seis horas. Muy
cerca de una marisma, con un café y un libro, levanto la vista de
cuando en cuando únicamente para constatar la determinación de este
vaivén suave que se acerca y se
aleja de mí. El baile se produce tranquilo.
Es un jazz de piano y voz. Casi ni lo percibo pero ahí está,
alejándose para dentro de un rato volver. Cada seis horas de cada
día, de cada semana, de cada mes, de cada año… Me mareo. Es
inmune al muelle construido, el paseo ampliado o a
la marisma modificada con el último
temporal. Subirá y bajará inalterable, sereno, inmune.
Su actuación en la playa es similar pero se
percibe distinta. Las olas, que se atropellan por subir y bajar unos
centímetros cada vez, forman un tumulto que los días de viento,
cuando el mar parece estar enfadado, aunque no lo está, no puede
estarlo, crean un escándalo
sonoro que me desconcierta. ¿A qué semejante alboroto? Soy
sensible al clamor y el aparato, el
mar no, simplemente va y viene con una
tozudez impropia de su naturaleza.
La ostentación de fuerza se produce cuando,
asomada a un acantilado, compruebo como ese mar, en ocasiones
apacible y otras bullicioso, se empeña en manifestar
su fuerza realizando una demostración ostentosa de su
furia estrellándose
contra las duras rocas del precipicio. Furia
y fuerza arremetiendo contra la piedra
que aguanta cada embestida
haciéndose merecedora
de semejante desafío. No es cierto, el mar
no se obstina en nada. Ni tan siquiera es
consciente si se estrella contra la roca, inunda suavemente
la marisma o juguetea ruidosamente
en la playa. Sencillamente, llega
para poder irse. Hora tras hora, día tras
día, año tras año, siglo tras siglo… Ante tal espectáculo de
grandeza indiferente, imperturbable,
inconsciente, me
hago animal que sólo contempla.
En
medio de una gran dique seco, en mitad del puerto de Pourtsmouht, el
señorial HMS Victory se encuentra bien dispuesto a compartir todos
sus entresijos con curiosos o entendidos con igual generosidad.
Veterano que no viejo. Antiguo no, histórico. El aroma que desprende
el fantástico HMS Victory, que fue el buque insignia del almirante
Nelson en la batalla de Trafalgar de 1805, es el de los relatos y las
crónicas. Esquivando el paso del tiempo y aprovechándose de ese
afán tan británico por conservar todo lo que cuente algo sobre su
pasado patrio, la visita al navío de línea se convierte en una
experiencia en 3D real que te lleva a un día rutinario en alta mar,
porgamos por caso, o a un momento de la batalla de Trafalgar. que tan
buenos resultados dio a Nelsón a costa de nuestras fuerzas patrias
aliadas a las napoleónicas.
Pisos,
paredes, techos de madera y refuerzos de hierro constituyen la
estructura y piel del navío. Tres pisos ocupados en su mayor parte
por filas de cañones (hasta 100) alineados a los costados y mirando
por estrechos ventanucos en salas diáfanas. Cierro los oídos
evitando el parloteo de los otros turistas y toco la superficie de
uno de los cañones. Puedo sentir el estrés, la incertidumbre, el
miedo de la batalla que apenas se ve pero se siente presente. Oigo
las órdenes dadas intentando sobresalir de entre los estrépitos de
los cañones, los gritos de los soldados y los lamentos de los
heridos. Huelo la pólvora, el sudor de los soldados, el calor de la
madera frotada. Veo la aparente confusión de movimientos entre el
humo de las explosiones. Ni lo dudo, foto aquí.
A
continuación paso al camarote de Nelson y al comedor de oficiales.
Son habitaciones no demasiado grandes pero están llenas de
conversaciones atrapadas en las hendiduras de la madera con que están
hechas. Con una leve inclinación pego mi oreja a un lateral de una
de las paredes y escucho como los oficiales debaten acerca de la
estrategia en el planteamiento de la batalla, cuanto discuten sobre
que maniobra será la mejor para, inmediatamente, guardar silencio en
espera de la opinión de Nelson que zanjara la cuestión, está en
juego la vida de muchos hombres y el despegue o declive de algunos
imperios. Aunque suene irreverente, me hago un selfi esquinado ahora
que no hay nadie.
Imagino
el trasiego diario de marinería, tropa y oficiales. Comida,
mantenimiento, aseo, descanso… Tanta gente (alrededor de mil
personas) conviviendo en no demasiados metros cuadrados. Los dos
niveles inferiores del barco estaban destinados a gran parte de estos
menesteres. Cocinas, despensas, enfermería (para heridas de la
batalla), almacenes. Me siento en uno de los bancos móviles que
hacían las veces de mesas para la marinería y ya oigo los ruidos y
olores propios de un comedor e imagino otros que se darían en un
espacio reducido como éste. Supongo que el orden primaría en estas
acciones cotidianas ¿cómo funcionar de otra manera? Y la comida,
frugal pero sustanciosa, sin adornos pero nutritiva, la imagino y con
alguna que otra alegría etílica que haría las funciones de evadir
y/o envalentonar. Foto en ademán de departir una conversación con
la socarronería que se les supone a los grandes marineros.
El
vientre de la ballena, la parte que siempre está sumergida guarda el
mecanismo que guía la nave, la estructura del timón al descubierto.
Un artilugio sencillo en apariencia y que dirige el barco gracias a
las órdenes dadas cuatro pisos más arriba y realizadas por el
timonel. Grados en las cuatro direcciones que marcan el rumbo de la
nave. Lo toco y siento el crujir del giro. Foto con detalle que no
mira nadie.
Con
esto subo rápidamente a cubierta para embobarme con el dispositivo
que aprovecha la energía del viento y hace que el barco se mueva:
la arboladura y el velamen. El HMS Victory enseña cuatro palos
imponentes ¡cómo sería con las velas desplegadas! Mientras lo
pienso, ayudada por la postura que mira al cielo adopto un gesto de
atontamiento admirativo. El espectáculo debía ser impresionante. La
sensación de deslizarte por las aguas con el sonido del viento, la
imagino fantástica. No obstante donde siento una grandísima
admiración es al imaginar la pericia necesaria para, desplegadas
todas la velas, conseguir el máximo de velocidad y maniobrabilidad.
Paños y timón. Y una noche de tormenta… no quiero ni pensar.
Junto a unos cabos enormes, tomo una de mis últimas fotos.
El HMS
Victory es un trozo de historia al que poder ir a soñar y sentir.
Está vivo y cuenta un montón de historias a todo el que quiera ir a
escucharlas. Como otra más de los turistas que a diario lo visitan,
me llevo un buen puñado de fotos sin valor alguno pero con mucho
poder. Al descender, cuando mi mano se despide de este cacho de
historia me pregunto: ¿dónde están nuestros buques? ¿qué se
hizo de ellos? No tenemos ni uno donde ir a soñar.
Estoy
en un avión. Hacía tiempo pero aquí estoy otra vez, dispuesta para
el espectáculo. Los preparativos comenzaron hace ya dos horas y los
vivo como parte de un ritual que observo pacientemente.
La
primera parte se desarrolla en la terminal del aeropuerto. Entro con
una vaga sensación de desorientación e invariablemente mi mirada se
dirige hacia lo alto, en busca del desplegable que contiene un sinfín
de destinos. Mientras busco mi avión mi imaginación vuela detrás
de destinos clásicos (aquellos que ya debería haber hecho pero que
siguen en mi lista de pendientes), insólitos (de esos que con solo
pronunciarlos vuelo), desconocidos (lugares que no sitúo en el mapa
y es entonces cuando más poderosamente llaman mi atención)…
consigo encontrar mi vuelo entre todas las posibilidades.
Con
paso ligero esquivo al personal que también mira al techo, mientras
acarrea aquello que considera imprescindible. Facturación o no,
control de billetes, detector de metales, saludo al personal de
control y ya estoy dentro. Esquivo todos los chiringuitos de perfume
exclusivo, dulces gourmet y licores para paladar fino. Voy directa a
la cristalera que asoma a la pista. Cada minuto despega un avión.
Como si se tratara de la salida de escena en una coreografía de
ballet, cada uno de ellos realiza su despegue con una precisión y
ligereza impropias de esas masas de hierro.
Llega
el momento del embarque, la primera parte de la ceremonia está a
punto de finalizar. Se forman las inevitables colas que, con un
desorden metódico similar al de las hormigas, se agolpan para subir
por fin al avión.
Una vez
en la aeronave, comienza la segunda parte del ritual. Mis esfuerzos
en días anteriores fructifican, tengo asiento en ventanilla. Un
ratito para que todo el mundo tome acomodo y las azafatas realizan su
trabajo primero de convencerme de lo fácil que es conservar mis
constantes vitales en casos de emergencia. Ya falta poco.
En unos
segundos el avión rueda por la pista hacia el punto de despegue. Me
preparo como si fuera una velocista en la línea de salida. Estamos
en la pista asignada y sin mediar otra señal, el comandante pide a
la nave toda su fuerza, yo siempre ayudo con un buen pisotón como si
del acelerador de mi coche se tratara, y el avión rueda de una forma
brutal. Casi sin darme cuenta, con una ligera inclinación inicial,
dejamos el suelo atrás. Esta fracción de segundo siempre es mágica.
¿Cómo conseguimos esquivar la fuerza de la gravedad, adelantar
nubes y empequeñecer paisajes mientras volamos por un camino trazado
por grados de latitud y longitud? Existe una explicación física que
hace posible volar. La desconozco, solo siento. Siempre de la
admiración a la emoción, sin cabida para las ideas. Absolutamente
fantástico.
Hace un
par de años, deseando cambiar el ritmo de las vacaciones de playa y
jajas, asistí en Santander a un espectáculo del Ballet Nacional
dirigido por Antonio Najarro. La primera parte me pareció
fantástica, flamenco con un aire fresco y nuevo que abría nuevas
posibilidades. A la tradición se le lavaba la cara con un resultado
inesperadamente radiante. Sobre la técnica de bailarines y
bailarinas, junto con el resto de profesionales que hacen posible un
espectáculo de esta envergadura ni comento, acreditan su talento
consiguiendo que aquello que es un arte difícil de realizar adopte
la apariencia de algo que fluye con naturalidad. Lo que
verdaderamente me complació es la mezcla conseguida al conjugar
creatividad y tradición. Es flamenco, es escuela bolera y también
es algo más. La creatividad sin límites ni corsés.
Este
mismo milagro ocurre en muchos ámbitos artísticos, sin él no se
puede avanzar ni encontrar nuevos caminos. La música está plagada
de ejemplos. Sin alejarnos de los aires flamencos se puede recordar
algunos de los primeros piropos que recibió Camarón cuando
decidió salirse del camino trillado, que él como nadie era capaz
de interpretar, para llevarlo a otra dimensión. Y no salgo del campo
musical para agradecer infinito a Vinicius de Moraes y a Antonio
Carlos Jobim por haber dado a luz la bossa nova, ese estallido de
sentimiento ritmado a través de la música brasileña y el jazz. Y
si nos fijamos en el ámbito de lo gastronómico que lleva camino de
llegar a los museos a través del estómago, ¿cómo poner en tela de
juicio las bondades una comida con una recua de estrellas michelín?
Muchos/as me dirán que como la comida de la abuela no hay nada. Ya
se sabe, buenos productos, excelente hechura y generosa cantidad.
Nada que objetar pero es innegable que la cocina que pinta cuadros en
el plato, consigue texturas infinitas y uniones imposibles, invita al
disfrute por su calidad sí, pero sobre todo por su creatividad,
aquella que abre sendas insospechadas que nos sorprenden mientras nos
deleitan.
Pues
bien, he sentido la misma sensación de sorpresa y fascinación al
admirar una pequeña obra maestra presentada en el último Mundialito
de Miniaturas celebrado en Leganes, presentada por “La Liga Norte”, un
grupo de esforzados artistas. El mundo de las miniaturas recrea personajes históricos, anónimos o no, con absoluta
verosimilitud. Con su fidelidad a la realidad histórica y su
maestría elevan esta afición, a penas conocida, hasta el rango de
arte. La pieza que me ha llamado poderosamente la atención,
reproduce a un par de centuriones romanos dentro de un vagón de
metro que miran pasmados un cartel que anuncia el evento del que
forman parte. Están desubicados, viviendo una realidad y un momento
histórico que no les pertenece, tomando conciencia de su propio
extrañamiento mientras observan el cartel. Inmediatamente te pones
en su lugar. Compartes su extrañeza divirtiéndote mientras intentas
adivinar la conversación que pueden estar teniendo los dos recios
militares en perfecto latín mientras se encuentran en el metro de Madrid. Si una de las ambiciones que persigue el arte es transmitir,
compartir, una escena así te lleva irremediablemente a compartir la
situación con sus protagonistas. Esto no es nada fácil
de conseguir. Se requiere oficio, maestría, imaginación y mucha,
mucha creatividad. Para avanzar por los derroteros de lo artístico
es necesario beber de la tradición y aprender de los maestros para
poder así abrir nuevos caminos y crear interpretaciones personales.
Si la creatividad y lo nuevo no aparecen se pasea indefinidamente por
los caminos trillados que otros ya transitaron. Bien es cierto que se
corre el riesgo de no ser comprendido. Los pintores impresionistas
tuvieron que realizar exposiciones paralelas a la oficial del Salón
de Paris puesto que dicho ámbito pictórico no entendía el camino
rompedor que apuntaban estos innovadores de la luz y el color.
Tampoco Braque y Picasso fueron mundialmente aplaudidos desde el
primer momento cuando el segundo pintó Las señoritas de
Avignon, poniendo aprueba la imaginación del público de
principios de siglo XX. No obstante, la producción creativa
requiere abrir nuevos caminos, sobresaltarnos, ponernos a prueba,
sacarnos del tedio y ofrecernos nuevas posibilidades. Si hay alguien
que no lo ve, estará, sin duda alguna, perdiéndose una de las
facetas más poderosas del arte.
Sol
crepuscular en una playa del Cantábrico. Luz rasante que difumina
contornos, dora tonalidades y ensombrece recovecos. Escenario que no
deja de cambiar en su tozuda permanencia. La playa se ensancha y
empequeñece por puro antojo de la luna. A ratos es infinita y la
persigues en su huida para luego obligarte a retroceder con premura
suave. Y siempre el silencio sonoro que componen brisa y oleaje.
Todo se amortigua y difumina.
A
la vista de todos, todos somos invisibles. Una mujer, cómodamente
sentada en una sillita plegable, dibuja a su hija dando colores
rápidos con sus acuarelas. Una madre lee un cuento a su niña que se
seca al sol, mientras su hermano se embadurna de arena y su padre
otea vigilante al tercero que está nadando en las olas. Dos amigos
juegan con unas palas intentando que la pelota no toque el mullido
suelo. Una señora lee un libro protegida de los juguetones rayos del
sol con unas gafas que la aislan. Dos bebes, pringados de arena hasta
los ojos, caen sobre sus padres, que tumbados sobre las toallas,
intentan sin éxito dar una cabezadita. Un grupo de jóvenes juegan
mientras permanecen tumbados en círculo. Tres parejas de adultos
intentan, bajo sus toallas, ponerse el bañador creando, mediante sus
posturas, una situación cómica celebrada por todos. Una anciana,
protegida por una sombrilla, sonríe ante los juegos del nieto. Por
aquí y por allá hay solitarios, parejas y grupos que sestean
inmutables a todo lo que ocurre a su alrededor.
Todos
dejamos fluir el tiempo al ritmo de la marea. Somos invisibles en
nuestra presencia, los unos para los otros y eso concentra nuestros
esfuerzos de abandono ocioso. Estamos entregados a la tarea personal
de ver pasar el tiempo y son el agua, la luz, los que nos
recuerdan su existencia. Derrochar los minutos en tareas
insustanciales, triviales y placenteras. Ocupar el tiempo en
regalarlo. No escatimar esfuerzos en despilfarrar valiosos segundos
en nimias actividades. Observar que el tiempo pasa porque la playa
cambia. ¿Hay forma más fructífera de entregarse a lo inútil?
La
pasada noche, a las tres de la mañana, cuando todo el barrio dormía
a pierna suelta, me despertaron, a mí y otros tantos/as seguro, unos
berridos aflautados y puntiagudos de una panda de locas adolescentes
con ganas de hacer amigos. Bien, me despierto, desvelo y enfado.
Pasan los minutos y no parecen verse afectadas por lo solitario de la
calle ni lo oscuro de la situación, muy al contrario, acogidas por
la intimidad de la hora se dedican a contarse chismes (lo intuyo por
la frecuencia sonora que sube y baja de intensidad según la
categoría del cotilleo o el alcance de la confesión), chistes que
son celebrados con sonoras carcajadas y entonar cancioncillas
perpetradas con una dedicación y acierto digno de otro momento y
situación.
Están
lo suficientemente cerca como para distinguir cinco voces
pertenecientes a cinco alegres gamberras y reconocer algunas palabras
pronunciadas con notorio garbo. Pero cuando rendida ante la evidencia
de que no voy a poder dormir intento engancharme a la conversación,
cambian tono, cadencia y ritmo en la algarabía haciéndose imposible
discernir nada congruente, dejando únicamente un murmullo
atronadoramente inconexo.
Ni
entiendo ni duermo ¿qué puñetas hago? Mientras las cándidas
majaderas le han cogido querencia a mi calle y ya están establecidas
pasando un ratito a la fresca tan divertido ¿hay algo que pueda
hacer? Quizás si me levanto, saco la cabeza por la ventana, pego un
buen grito y despierto al resto del vecindario que todavía no ha
conseguido desvelar la alegre muchachada, las ahuyento y asunto
arreglado. Puede que me salga bien la maniobra o quizás también
puede que ante una reacción tan cívica como mandarlas a paseo a la
tres de la mañana, las muchachitas se vengan arriba y coreen, con
algún decibelio de más, el intercambio animado de mensajes
cordiales que mantienen entre ellas haciéndose unas risas a mi
costa. Además, es muy posible que mi presión arterial se dispare
ante el esfuerzo de ponerme al nivel requerido para la ocasión y
ante los frutos conseguidos con semejante trabajo brioso. O tal vez,
puedo, de forma limpia y aseada, llamar al servicio policial
ciudadano requerido para que tome cartas en el asunto. Esta
posibilidad desaparece de mi cabeza con mayor rapidez que la
anterior. Atenderán mi queja con pulcra educación antes de decirme
de la forma más cívica posible que tienen otras cosas mejores que
hacer que mandar a la cama a un grupo de inofensivas colegialas que
dan por el riau ante la comprensión silenciosa de todo el
concienciado y resignado barrio. Sopeso las posibilidades de éxito
de la llamada a la municipalidad, del grito desahogante por la
ventana o de la renuncia a la defensa del descanso merecido (es
decir, el acto de cobardía más empleado). No me decido y los
minutos van pasando. Y, mientras deshojo esta molesta margarita,
llega el momento en el que las animadoras nocturnas se van por donde
han venido creando un vacío sonoro perturbador.
Teniendo
delante varias soluciones a la molesta memez sustancial que me tiene
desvelada, a modo de puntilla, la molestia nocturna de nivel tres,
se soluciona por si misma dejándome con el plan de ataque
frustrado. Y ahora, ¿quién adormece mi adrenalina maltrecha, mi
mala órdiga desbocada, mi estrategia malograda? Pues nada, a
jorobarse.