Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
A la manera
del profesor de Princeton que ha hecho público el curriculm vitae de
sus fracasos, Elisenda, lápiz en mano, se dispone a componer la lista
de sus fracasos vitales. Todos los "quiero y no puedo", los
"intento y no sale", aquellos "me lo propongo y no
hay forma". Negro sobre blanco, todos juntos saltando
amenazantes desde el papel a la autoestima.
Elisenda se
reconoce dispersa, incongruente, vagabunda en ellos. Asuntos de gran
calado conviven junto a auténticas memeces. Algunos sólo han
necesitado una oportunidad para ser descartados ante lo improductivo
del intento. Otros, contumaces y repetitivos, aparecen como
obsesiones que no se convencen ante la inutilidad de sus intentos reiterados, episódicos, cíclicos.
Aunque el
resultado ha sido siempre el mismo, fracaso, el proceso le ha dejado
regustos variopintos. Algunos le han llenado de satisfacción hasta
pensar que había que hacerlo, que el resultado no importaba ante el
hecho de ponerse en funcionamiento asumiendo el "que por
intentarlo no sea". Pero otras, le han producido un regusto
amargo, vacío, una sensación de haber iniciado un camino en el que
se ha demostrado una mema integral de primer orden. Fatigas
improductivas, ilusiones desperdiciadas, proyectos fallidos,
aprendizajes de "ensayo y error", esfuerzos derrochados...
Elisenda levanta la mirada del papel, vagabunda por la habitación, y se
reconoce como materia infatigablemente fallida. Deja las hojas sobre
la mesa sabiendo que no podrá evitar el seguir intentando equivocarse.
Tarde que
hay que "sufrir" porque así lo impone mi calendario social
y los vacíos de mi ropero. Me armo de paciencia y me energitizo con
una dosis generosa de cafeína. Allá voy. En busca del pantalón
deseado y desconocido.
Mi búsqueda
está centrada en una área reducida. Bien. Pero, aún así, estudio
el territorio con minuciosidad. Paciencia por arrobas y raudales de energía positiva.
Invierto hora y media en una tienda. En este tiempo he conseguido
comprender la lógica de los expositores y he memorizado la
distribución colores y géneros. Las dependientas empiezan a
lanzarme sonrisas cómplices. Después de largas reflexiones, decido
llevarme lo que he visto en el minuto uno de mi estancia en el
establecimiento.
Fatigada,
aburrida por el desgaste que me he autoimpuesto, la recompensa
espera en la caja donde pago. Una espera generosa pasa volando
cuando mi atención, ya gastada y maltrecha, recala en la señorita
que está detrás de la mesa en la que empaqueta y cobra. Magia.
Infatigable, con unos modales intachables y una cálida sonrisa, toma
la prenda de mis manos y como si de un valioso objeto se tratara lo
manipula con esmero y precisión. Con movimientos sencillos,
precisos, mimosos, envuelve el pantalón en una suerte de papel
finísimo de crujiente sonido al que otorga al cobijarlo en él, un
valor que no posee. Una vez alisado con el dorso de la mano, lo
introduce en una bolsa que precinta con un sello adhesivo. No imagino
mejor broche para el tesoro que me llevo a casa. Me lo entrega con un
leve gesto, a la vez que me invita con su elegante espera que yo
reaccione ofreciéndole la contrapartida a semejante espectáculo.
Despierto y le doy mi tarjeta de crédito para que cobre lo que
quiera. El espectáculo ha merecido la pena. Espectadora
privilegiada, he asistido a la transfiguración de lo corriente, la
exaltación de lo mínimo, la conversión de lo mecánico en arte.
Y va a ser
verdad. Los pronósticos se han quedado en eso, presagios,
intuiciones, enjuagues de palabras e imaginación. Jordi Soler en su
artículo El futuro decimonónico habla sobre todos los
avances que se auguraban para el siglo XXI y que han
quedado en buenas intenciones mientras seguimos viviendo en un
cuerpo estándar siglo XIX. Simplemente, no ha sucedido lo esperado.
Lo único que nos ha desarmado y sorprendido por correr y avanzar más
deprisa de lo imaginado es la información y el dinero. Pues tiene
razón Soler. Comparto su desilusión, ese vago sentimiento de
saberse estafada, de haberse comido el anzuelo y no poder disfrutar
de los avances e innovaciones que nos iba a deparar el futuro.
Bueno, hay
algo que si hemos conseguido, acelerar nuestro ritmo diario. Yo
personalmente, ejemplar tipo de ciudadana totalmente integrada en el
ritmo de los tiempos, me muevo con la misma rapidez y ligereza que la
información, a la cual alcanzo pero no digiero.
Dentro de mi
vida corriente, mi velocidad de crucero es envidiable y la fórmula
que combina el aprovechamiento de los ratos tontos, con los
necesarios y los convenientes es digna de la
productividad de una empresa nipona. Pues sí, aquí donde me leéis,
corro que me las pelo en un intento por cuadrar el círculo, mientras
no dejo de darme cuenta, yo también, de que vivo en un cuerpo del
XIX, con sus servidumbres, sus necesidades y sus muy aconsejables
paradas técnicas para repostar. Pues bien, ya me he cansado de
correr para llegar tarde, de maximizar energías para luego tener que
derrocharlas. Me voy a volver zen. Mañana mismo empiezo a espiar
los devanéos de los caracoles y a observar el crecimiento de las
margaritas. Ellos no intentan forzar nada, llegar antes o crecer más
deprisa ¿para qué? Pues eso.
Una ciudad
grande ruge. Apenas ha amanecido y el ruido la hace inconfundible.
Tumbada en la cama, no puedo equivocarme sobre dónde despierto.
Sinfonía de ruidos sordos, indistintos, persistentes,
acompañamiento de solos estridentes de bocinas agudas, repiqueteos
laborales, llamadas en sordina.
La ciudad no
descansa, solo pega cabezadas para luego retomar brío a golpe de
imparable realidad. Y yo la oigo. Me llama. Su demanda hace tiempo
que dejo de ser excitante, novedosa, una caja de dulces envueltos de
sabores exóticos y enigmáticos por descubrir. En cada esquina no
me espera un acontecimiento novedoso, un personaje extravagante, un
local cosmopolita que me haga pensar en el tramo vital todavía por
recorrer. Esa exigencia por lo nuevo va mitigándose, ese tiempo ya
pasó, y no obstante, la inaplazable invitación está aquí.
Todavía en
la cama, con el cuerpo sin despertar pero con el oído despabilado,
acojo con placer lo que la ciudad rugiente me va a contar. Se algo
más, siento mucho más y entiendo algo menos, pero la promesa de lo
novedoso me llega clara, transformadoramente intacta. La ciudad me
requiere ingenua y predispuesta, y su demanda es exigente, me
avasalla con requiebros y promesas. Me rindo. Mis ojos la mirarán
con una pizca de descreimiento, de burla, pero para ella desempolvo
un buen bocado de inocencia que guardo con mimo porque sé que la
necesito. Me gana su fuerza y energía, su capacidad para
reinventarse, para ser siempre otra en la misma y no le tengo en
cuanta todos los trasiegos que trae su movimiento, su inercia
incesante.
Saco los
pies de la cama, su llamada es ineludible. Pasado mañana, cuando
despierte en casa, escucharé y no oiré nada. La cómoda rutina
mitigará la ausencia de la ensordecedora llamada de la ciudad
rugiente.
Si, lo he comprado. Llevo
mucho tiempo queriendo hacerlo y por fin ha llegado el momento. Tengo
un bolso nuevo.
Un bolso de
invierno. Los bolsos tienen estación. Uno de invierno en nada debe
parecerse a otro de verano. Yo he conseguido un fantástico bolso
negro de invierno. El color es importante. No estoy dispuesta a
comprarme uno de cada tono invernal (gris, marrón, ceniza, negro,
azul marino...) así que recurro al comodín de invierno: el negro.
Poco agraciadado, de acuerdo, pero muy práctico. Vaya, un combina
todo. La calidad de la piel también cuenta. Ni puro plástico, ni
piel curtida de borrego indostaní. Algo suave, agradable al tacto,
que se pliegue y arrugue con elegancia, que se adopte al costado con
desenvoltura. Prenda adaptativa y funcional. También hay que pensar
en la forma. Ni demasido grande, ni demasiado pequeño. Ni severo y
soso, ni con tantos abalarios, chinchetas, cremalleras y remaches que
parezca el saco de un hojalatero ambulante. Con asa corta y con
posibilidad de bandolera, para cubrir cualquier eventualidad. En fin,
se comprenderá que después de tantos requisitos, la localización
del bolso adecuado es un trabajo que requiere capacidad de búsqueda,
objetivos claros y aptitudes resolutivas.
Con el bolso
ya en casa, una vez llevado a cabo el trabajo, mi mirada se para en
el objeto codiciado. Quizás he sido demasiado exigente con la
elección en la que he derrochado un buen número de precidas
energías. Después y todo, un bolso no deja de ser eso, un saco
portatil, una bolsa de material fuerte adapatada al hombro o mano en
el que depositamos todo tipo de cachivaches. El color. Si los hay más
atrativos o meno apetecibles, pero a fin de cuentas nada combinaría
con todo y no variaría la funcionalidad. El azul del profundo mar se
come al marrón chocolate y los grises riñen a gritos con los ocres.
¿Hay que combinar con la ropa, con los zapatos, con el color de los
ojos...? Otro arduo trabajo. Y si pienso en la forma, no hay nada
perfecto. Algunos resultan demasiados pequeños cuando se trata de
hacer un transporte completo y otros grandes, que cumplen con ese
requisito, acaban con el hombro y espalda de la más musculada.
Complejo de porteador. En cuanto al material, no sé ni si quiero
abordar este asunto tan espinoso. Lo asequible, el chollo, se me
antoja plástico fino que se pela, resquebraja o tiñe la ropa sobre
la que descansa. Y claro, siempre me enamoro de quién no debo, de
las más delicadas pieles que no puedo pagar. Un asco.
¿Me lleva a
algún sitio tanta elección? ¿Para qué invertir ni tan siquiera un
minuto de dedicación en la selección del óptimo candidato, si
aunque lo fuera, el hallazgo pleno tendría un dudosa importancia?
Todas las combinaciones posibles en la elección son relativas.
¿Realmente poseo un objeto valioso, un elemento deseado que
contribuye a mi bienestar o mi felicidad será la misma
independientemente del adefesio que me cuelgue? ¡Qué zozobra! ¿Se
trata de uno más de esos centenares de cosas pequeñas que
construyen una vida muelle? Intrascendente, vana, lo sé, pero
plácida. ¿No hablaban los filósofos antiguos sobre la belleza y su
creencia en que lo bello por fuerza tenía que ser bueno, o algo así?
No estoy de prueba, solo tengo una vida. ¿Me haría mal rodearme de
lo bello, lo apropiado, lo perfecto? ¡Qué memez! ¡Todo es tan
relativo! Puñetas, yo estaba hablando de un bolso ¿no?
Sobre esto únicamente certezas, nada relativo, espero....
Como si se
tratase de un halago, de un reconocimiento a una buena práctica. Así
he recibido el eslogan que algunos multimedia emplean para recordar
al personal que va en la trayectoria óptima, que progresa
adecuadamente: eres lo que lees.
Espera
un momento. Eres lo que lees,
me repito intentando profundizar en la esencia del mensaje, buscando
el tesoro escondido. Lo primero que viene a mi mente es pensar que
la intención del emisor es complacer al pasivo receptor que traga
todo sin rechistar. Bien, para empezar se te presupone lector, actor
de una actividad valorada socialmente y poco practicada. Se
da por hecho que lo de encadenar palabras en voz baja te nutre, te
conforma como persona, imprime un sello distintivo. Pero, sin acabar
de paladear esta caricia que ha recibido
mi ego, al que siempre le vienen bien las palmaditas, me doy de
bruces con otra perla turbadora: eres lo que escuchas.
Aquí ya empiezo a alarmarme.
Si
me paro a pensarlo un momento y me veo descrita, dibujada, en mis
lecturas y mis escuchas, musicales o radiofónicas, llego a la
conclusión de que padezco una dicotomía severa. No.
Más bien es una policotomía aguda.
Vamos, que viven en mí media docena, como poco, de personajes que se
ignoran mutuamente, que no saben nada unos de los otros, y que sin
pedir el correspondiente permiso, se manifiestan de forma
imprevisible a través de mis lecturas, de todo aquello que ojeo,
devoro o desecho según el caso.
Mi
siguiente pensamiento se ha
dirigido hacia las
consultas digitales que hago,
picoteando de flor en flor,
dejando el rastro de mis personalidades múltiples. No
llego a reconocerme cuando esos buscadores me
arrojan en la cara la última ocurrencia que tuve
hace unos días. Pero la cosa no mejora cuando intentando ofrecerme
un servicio impecable
me
lanzan a la pantalla aquello que se supone me
debe interesar.
Me
quedo sin sangre.
Reclamo mi derecho a ser multipolar, poliédrica o rarita de andar
por casa, sin que ningún ente mediático me intente llevar al huerto
con mensajes bien parecidos.
En autobús de vuelta a casa. Un
montón de palabras encadenadas flotando a mi alrededor. No quiero, pero escucho.
Diez larguísimos minutos escuchando hablar sobre las bondades de las humildes
albóndigas. Carnes magras más o menos apropiadas; texturas poseedoras de la
conveniente esponjosidad; conveniencia de elegir un determinado tamaño para la
pelota en cuestión; las grandezas de una carne rica en nutrientes; prevención
de abuso en según que casos; grandes posibilidades de acompañamiento
dependiendo de las salsas… Qué derroche lingüístico. Nueve minutos de
redundancia aplastante.
Sin acabar el
trayecto, mi atención se cuela entre dos monólogos enredados. Un par de buenos
mozos se afanan por colar el uno al otro, sus historias respectivas sobre
averías reales o ficticias en sus coches. Uno habla, el otro calla. Cambian las
tornas y vuelta a empezar. Qué diálogo tan ejemplar, podría pensarse. Nada más
lejos de la realidad. Cada uno expone su discurso pero ninguno de los dos
escucha al otro. Se despiden felices después de buen rato, por el desahogo
propio, que no por el ajeno, y que nadie pregunte sobre lo que le acaba de
decir el otro. Monólogos paralelos disfrazados de diálogo. A kilos los escucho.
Estoy en racha
porque antes de llegar a mi destino, descubro un corrito encantador compuesto
por representantes de la tercera edad. En él, reina una señora poseedora de un
tono de voz contundente que, apoyada por tal arma, desgranaba sin compasión uno
tras otro todo tipo de temas. Todo pensamiento, sin previo filtro, que le viene a la cabeza, sale por su boca. Cuando alguien de su rendido público amaga abriendo la boca con la intención de intervenir, la señora sube dos octavas
acabando con cualquier conato de sublevación oratoria. Una demostración fantástica de
verborrea incontrolable.
Me quedado sorda
y tonta después de este trayecto rutinario por el mundo de la comunicación. Si
las palabras que flotan en el aire fueran tangibles, estaría perdida en una
densa niebla de vocales y consonantes sin sentido. Una inmensa cantidad de horas
gastadas en intercambios lingüísticos que malgastan palabras y contenidos;
monólogos emitidos ante un público que no quiere escuchar; avasallamientos
tiránicos de pensamientos vacíos…. ¡qué derroche!