sábado, 13 de febrero de 2016

La relatividad de un bolso


Si, lo he comprado. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo y por fin ha llegado el momento. Tengo un bolso nuevo.

Un bolso de invierno. Los bolsos tienen estación. Uno de invierno en nada debe parecerse a otro de verano. Yo he conseguido un fantástico bolso negro de invierno. El color es importante. No estoy dispuesta a comprarme uno de cada tono invernal (gris, marrón, ceniza, negro, azul marino...) así que recurro al comodín de invierno: el negro. Poco agraciadado, de acuerdo, pero muy práctico. Vaya, un combina todo. La calidad de la piel también cuenta. Ni puro plástico, ni piel curtida de borrego indostaní. Algo suave, agradable al tacto, que se pliegue y arrugue con elegancia, que se adopte al costado con desenvoltura. Prenda adaptativa y funcional. También hay que pensar en la forma. Ni demasido grande, ni demasiado pequeño. Ni severo y soso, ni con tantos abalarios, chinchetas, cremalleras y remaches que parezca el saco de un hojalatero ambulante. Con asa corta y con posibilidad de bandolera, para cubrir cualquier eventualidad. En fin, se comprenderá que después de tantos requisitos, la localización del bolso adecuado es un trabajo que requiere capacidad de búsqueda, objetivos claros y aptitudes resolutivas.

Con el bolso ya en casa, una vez llevado a cabo el trabajo, mi mirada se para en el objeto codiciado. Quizás he sido demasiado exigente con la elección en la que he derrochado un buen número de precidas energías. Después y todo, un bolso no deja de ser eso, un saco portatil, una bolsa de material fuerte adapatada al hombro o mano en el que depositamos todo tipo de cachivaches. El color. Si los hay más atrativos o meno apetecibles, pero a fin de cuentas nada combinaría con todo y no variaría la funcionalidad. El azul del profundo mar se come al marrón chocolate y los grises riñen a gritos con los ocres. ¿Hay que combinar con la ropa, con los zapatos, con el color de los ojos...? Otro arduo trabajo. Y si pienso en la forma, no hay nada perfecto. Algunos resultan demasiados pequeños cuando se trata de hacer un transporte completo y otros grandes, que cumplen con ese requisito, acaban con el hombro y espalda de la más musculada. Complejo de porteador. En cuanto al material, no sé ni si quiero abordar este asunto tan espinoso. Lo asequible, el chollo, se me antoja plástico fino que se pela, resquebraja o tiñe la ropa sobre la que descansa. Y claro, siempre me enamoro de quién no debo, de las más delicadas pieles que no puedo pagar. Un asco.


¿Me lleva a algún sitio tanta elección? ¿Para qué invertir ni tan siquiera un minuto de dedicación en la selección del óptimo candidato, si aunque lo fuera, el hallazgo pleno tendría un dudosa importancia? Todas las combinaciones posibles en la elección son relativas. ¿Realmente poseo un objeto valioso, un elemento deseado que contribuye a mi bienestar o mi felicidad será la misma independientemente del adefesio que me cuelgue? ¡Qué zozobra! ¿Se trata de uno más de esos centenares de cosas pequeñas que construyen una vida muelle? Intrascendente, vana, lo sé, pero plácida. ¿No hablaban los filósofos antiguos sobre la belleza y su creencia en que lo bello por fuerza tenía que ser bueno, o algo así? No estoy de prueba, solo tengo una vida. ¿Me haría mal rodearme de lo bello, lo apropiado, lo perfecto? ¡Qué memez! ¡Todo es tan relativo! Puñetas, yo estaba hablando de un bolso ¿no?


                         
Sobre esto únicamente certezas, nada relativo, espero....

viernes, 22 de enero de 2016

"Eres los que lees"

Como si se tratase de un halago, de un reconocimiento a una buena práctica. Así he recibido el eslogan que algunos multimedia emplean para recordar al personal que va en la trayectoria óptima, que progresa adecuadamente: eres lo que lees.

Espera un momento. Eres lo que lees, me repito intentando profundizar en la esencia del mensaje, buscando el tesoro escondido. Lo primero que viene a mi mente es pensar que la intención del emisor es complacer al pasivo receptor que traga todo sin rechistar. Bien, para empezar se te presupone lector, actor de una actividad valorada socialmente y poco practicada. Se da por hecho que lo de encadenar palabras en voz baja te nutre, te conforma como persona, imprime un sello distintivo. Pero, sin acabar de paladear esta caricia que ha recibido mi ego, al que siempre le vienen bien las palmaditas, me doy de bruces con otra perla turbadora: eres lo que escuchas. Aquí ya empiezo a alarmarme.

Si me paro a pensarlo un momento y me veo descrita, dibujada, en mis lecturas y mis escuchas, musicales o radiofónicas, llego a la conclusión de que padezco una dicotomía severa. No. Más bien es una policotomía aguda. Vamos, que viven en mí media docena, como poco, de personajes que se ignoran mutuamente, que no saben nada unos de los otros, y que sin pedir el correspondiente permiso, se manifiestan de forma imprevisible a través de mis lecturas, de todo aquello que ojeo, devoro o desecho según el caso.

Mi siguiente pensamiento se ha dirigido hacia las consultas digitales que hago, picoteando de flor en flor, dejando el rastro de mis personalidades múltiples. No llego a reconocerme cuando esos buscadores me arrojan en la cara la última ocurrencia que tuve hace unos días. Pero la cosa no mejora cuando intentando ofrecerme un servicio impecable me lanzan a la pantalla aquello que se supone me debe interesar. Me quedo sin sangre.

Reclamo mi derecho a ser multipolar, poliédrica o rarita de andar por casa, sin que ningún ente mediático me intente llevar al huerto con mensajes bien parecidos.
Oigan ustedes, qué viva la diversidad.


Y me gusta esto, y lo otro...
Boticelli (detalle de Venus)

San Francisco






domingo, 10 de enero de 2016

Ruido de fondo

En autobús de vuelta a casa. Un montón de palabras encadenadas flotando a mi alrededor. No quiero, pero escucho. Diez larguísimos minutos escuchando hablar sobre las bondades de las humildes albóndigas. Carnes magras más o menos apropiadas; texturas poseedoras de la conveniente esponjosidad; conveniencia de elegir un determinado tamaño para la pelota en cuestión; las grandezas de una carne rica en nutrientes; prevención de abuso en según que casos; grandes posibilidades de acompañamiento dependiendo de las salsas… Qué derroche lingüístico. Nueve minutos de redundancia aplastante.

Sin acabar el trayecto, mi atención se cuela entre dos monólogos enredados. Un par de buenos mozos se afanan por colar el uno al otro, sus historias respectivas sobre averías reales o ficticias en sus coches. Uno habla, el otro calla. Cambian las tornas y vuelta a empezar. Qué diálogo tan ejemplar, podría pensarse. Nada más lejos de la realidad. Cada uno expone su discurso pero ninguno de los dos escucha al otro. Se despiden felices después de buen rato, por el desahogo propio, que no por el ajeno, y que nadie pregunte sobre lo que le acaba de decir el otro. Monólogos paralelos disfrazados de diálogo. A kilos los escucho.

Estoy en racha porque antes de llegar a mi destino, descubro un corrito encantador compuesto por representantes de la tercera edad. En él, reina una señora poseedora de un tono de voz contundente que, apoyada por tal arma, desgranaba sin compasión uno tras otro todo tipo de temas. Todo pensamiento, sin previo filtro, que le viene a la cabeza, sale por su boca. Cuando alguien de su rendido público amaga abriendo la boca con la intención de intervenir, la señora sube dos octavas acabando con cualquier conato de sublevación oratoria. Una demostración fantástica de verborrea incontrolable.

Me quedado sorda y tonta después de este trayecto rutinario por el mundo de la comunicación. Si las palabras que flotan en el aire fueran tangibles, estaría perdida en una densa niebla de vocales y consonantes sin sentido. Una inmensa cantidad de horas gastadas en intercambios lingüísticos que malgastan palabras y contenidos; monólogos emitidos ante un público que no quiere escuchar; avasallamientos tiránicos de pensamientos vacíos…. ¡qué derroche!
Bridget Riley

Mareada

viernes, 1 de enero de 2016

Minutos de buen feeling

Sin aliento, acabo de ver el último Macbeth de Justin Kurzel. Tanta intensidad me ha dejado exhausta y dolorida. El problema aparece cuando al bueno Macbeth unas “brujas” le pronostican que será rey. Tal vaticinio desencadena la acción que acabará en tragedia puesto que él se va a encargar en hacerlo realidad. ¿Pues no soy yo el varón más valiente y capaz que pisa tierra por estos lares? se pregunta ¿Lo que otro hace no lo haré yo y mejor? Con la cantidad de dignidad que tengo yo entre pecho y espalda… y esa corona no tiene el diámetro adecuado a mi cabeza? Y enseguida viene la Lady a darle el empujoncito que le falta. Que sí, que el rey es un buen rey, que le has jurado fidelidad… pero con lo cacho hombre que tú eres… con lo idóneo que apareces para ese puesto… ¿te va a temblar el pulso por darle la boleta al actual? (todo esto bien dicho que para eso es un Shakespeare)

Bien, ya está Macbeth lanzado a su destino. Ambición desmedida, miedo culpable, locura… Con todas estas pasiones oscuras acaba una fatigadísima. ¿Pero quién le manda a este buen mozo hacer caso a la bestia que todos llevamos dentro, y a la de la Lady? Si es que eso de criar malos humores no trae a cuenta.

Así que aprendiendo en cabeza ajena (para eso sirven los clásicos ¿no?) voy a promocionar el buen rollo, el buen feeling dando un premio, testimonial pero muy sincero. Un reconocimiento digital a las tres historias de pocos minutejos que últimamente han conseguido hacerme sonreír y que me inunde de margaritas.

Sin más pérdida de tiempo. El tercer premio es para el señor y la silla. Un representante de la tercera edad se pasea por toda la ciudad con una silla. Cuando cree que ha encontrado un buen lugar, se para y se sienta a disfrutar del espectáculo ciudadano que toque. Ha perdido el sentido del ridículo, como el resto de sus contemporáneos, y sigue mirando al futuro como un nueva oportunidad.  De la misma manera que El Principito de Saint Exupery no perdía ni un atardecer-amanecer moviendo su silla a lo largo de su pequeño planeta, este hombrecillo establece un lugar de disfrute privilegiado allá donde le place y con la compañía que elige pensando en nuevas posibilidades. (Y me da igual la marca de muebles que se promocionan)
              
El segundo premio es para la niña en la avioneta. Una niñita, bien pequeña, que montada en un avión se ríe a carcajadas cuando el piloto inicia una pirueta de profesionales. Lo que a la mayoría de los adultos nos provocaría pavor, la pequeña lo disfruta de tal forma que es imposible no reírse con ella. Todo el mundo desaparece, para esta niña lo único que existe es disfrutar del momento intensamente y dejándose sorprender por todo. Por favor, un poquitín de esa confianza e inocencia que no sé donde se han perdido. (Y me da igual que vende el anuncio)
                


Y el primer premio es para los anónimos que se apasionan. Asistimos a un puñado de personajes normales y corrientes que se dejan llevar por un momento de sentimiento apasionado. Algo intrascendente pero que procura momentos de felicidad, ratitos maravillosamente corrientes y gratificantes.  Dejarse llevar por la pasión de lo que se hace,  por la vehemencia, por el entusiasmo.  Me gusta hasta el slogan, algo así como la increíble sensación de venirse arriba ¡qué bueno! (Y aquí, nuevamente, me da igual el refresco a vender)

Tres momentos de buen rollo a practicar, porque tanto drama, tanto drama… aunque sea de altura,  me deja acogotada.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Muerte por sobredosis de azúcar


Hasta las meninges estoy de edulcorante. Sumida en una sensación de empalago generalizado. El síndrome ha comenzado emborrachando mis papilas gustativas con una sensación vagamente placentera. Más tarde, la sensación, ambiguamente gratificante, fue inundando mis sentidos hasta anularlos y llegar a la nausea. Y finalmente lo que tanto temía se produjo, la infección de sacarosa toma posesión de mi entendimiento. Anulada mi capacidad de raciocinio, me encuentro confusa, desorientada.

Los primeros síntomas comenzaron hace unos días. Me encaminaba hacia la puerta de un establecimiento de la ciudad, cuando sin previo aviso fui rebasada por una señora. Pensé que la susodicha había perdido todo rasgo de la debida compostura y me iba a impedir la entrada. Pues no. Llegó. Me dedicó una sonrisa amplia y ensayada para, a continuación, sujetar la puerta y cederme el paso. ¿Eh? Paso fascinada.

Llego a la frutería, está atascada. Entre la multitud, rápidamente mi vista se desvía hacia el pulsador que expende el número de orden para pedir. Alargo la mano y mis dedos consiguen tocar el papelín unos milisegundos después de los de un muchacho que acaba de entrar. Con desacostumbrada amabilidad, retira su mano y dedicándome una sonrisa, ordenada impecablemente por un corrector dental, me deja coger el papel primero. ¿Eh? Desconcertante

Delante de la tele permanezco hipnotizada, más bien idiotizada. Terroristas, inmigrantes y crisis económicas han desaparecido del mundo, o al menos de los informativos. En su lugar hay una inundación de programas llenos de música  y canciones añejas perpetradas por periodistas y presentadores contratados para mejores fines. Me quedo enganchada ante la avalancha de perfumes que nos procuran con su solo uso amor infinito o sexo desenfrenado. Y qué decir de todos los reencuentros familiares televisivos, buenos deseos gratuitos, derroches de sonrisas y besos… ¿Eh? Alucinante.

La lotería es punto y aparte. Nos toca a todos ¿de verdad? No, nada más lejos de la verdad. Si a unos les toca es porque a los demás no. Pero, eso sí, nos da una alegría infinita, la  suerte ajena. Pero a todos nos toca la salud. Idea, esta última, que yo comparto, pero que en este contexto tiene un regusto a precio de consolación que no se lo merece.


Con todos estos ejemplos y alguno más, he llegado al estado en el que me encuentro: abotargada de buenos deseos y parabienes. ¿Acaso todo el mundo se ha puesto de acuerdo para morir asfixiado en puro amor empalagoso? Habrá que dejar algo para cuando la infección remita  ¿no?

                     
                      Esto sí me gusta (estoy en vías de recuperación)

jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Cómo se combate al sinvergüenza?

Hay un tipo de villano que vive emboscado tras una sonrisa perenne, escondido tras ademanes felices que invitan a la relación afable. Es una alimaña que cría acólitos, cosecha voluntades y reúne partidarios totalmente rendidos ante un don de gentes perfectamente impostado. Es el alma de las fiestas, el pegamento de las reuniones, espíritu de todo cochocho, aquél individuo  que queda bien en todo decorado.  Esa bestia parda disfrazada de oso amoroso espera agazapado en su cubil, y como la araña, aguarda que una pieza jugosa  caiga en su red. Cuando comienzas a verle una mueca agria, una mirada esquiva o un mal gesto delator, es demasiado tarde: sur red pegajosa te ha impregnado. El tiempo que se tarda en ver su verdadera naturaleza, es el que emplea  en acabar de hacer contigo el conveniente paquete necesario para ser deglutido.

Y bien, desenmascarado el sinvergüenza, una vez que tienes el puñal clavado hasta el esternón, ahogado en nuestra buena voluntad ¿qué haces? Con el getas de manual no cabe la indiferencia, hay que actuar, la cuestión es cómo.

Una posibilidad es tomar una jarra de tila, echar mano de la razón y acabar con el vampiro social a golpe de conversaciones, diálogos, intentos de razonamiento, recordatorio de testimonios, alegación de pruebas, llamadas a los pactos de honor, juramentos realizados de viva voz, compromisos adquiridos… y esperar que en ese momento, le sobrevengan los cinco minutos anuales de avenimiento.

Otra vía es aquella en la que actúas con las mismas armas. Sin desperdiciar las ocasiones de sacar ventaja, actuar allá donde más daño se va a hacer al adversario, no pensar en cómo quedará el otro tras nuestro eventual triunfo y pensar en todo momento que es lo nuestro lo que defendemos y que el lobo con piel de cordero únicamente piensa en ganar, jamás empatar. ¡Ay, ay, ay… qué me estoy pasando al lado oscuro de la fuerza!

¡Ánimo!

                                                
Para coger energía

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Riesgo de contagio

Privilegio únicamente destinado al homo sapiens. El animal irracional estúpido está muerto.  La estupidez anida en los cuerpos humanos emboscada, oculta en los pliegues de la piel, en un ademán esquivo, en una mirada perdida, en una exclamación incomprensible. Su rostro puede ser engañoso.

No tiene estatus social definido. Es flexible, adaptativa y lacerantemente democrática. Habita y fructifica en todas los ámbitos sociales. Aquí, nuestras expectativas dificultan su identificación. Prejuicios que nos nublan el entendimiento.

Tampoco tiene nacionalidad. El estúpido/a aparece en toda latitud y no hace diferencia entre la playa y la montaña. Poco importa el idioma que hable, el cuerpo en el que habita, su filiación o el color de la piel. No entiende de fronteras.

La edad, al igual que el sexo,  no son  obstáculos.  Hay imbéciles que lo han sido toda la vida. Comenzaron en la tierna infancia y juventud, pasando por la madurez sin remediarlo para llegar a la tercera edad y derramarse. En cuanto al sexo, creo que no merece la pena ni entrar. Puedo asegurar que la estupidez no le hace ascos ni a lo femenino ni a lo masculino. Bisexual. Es de gustos amplios.

La estupidez, una plaga descontrolada, infecciosa, sin vacuna posible. A menudo, el imbécil acaba sus días sin saber que lo ha sido. ¡Qué fatalidad! Sólo cabe padecerla.


Ni en la belleza natural encuentro bálsamo