Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
Mantener la
mente en off de forma permanente para convivir con la alienación laboral y acabar por no reconocerte, por no saber muy bien quién eres.
Asumir que no saber
hacer nada es algo sin importancia. No construir, no realizar un proceso
completo que te haga sentir bien con tu trabajo y con lo que eres capaz de
hacer.
Engañarse a sí
mismo perdiendo el norte y acabar por empatizar con la élite social a la que no
perteneces. Desear emularla, adquirir sus prebendas que están fuera de tú
alcance, vivir con su nivel de vida, en vez de comprender al igual,
sus problemas que son los tuyos.
Culpabilizar a
la pobreza en vez de combatirla.
Someternos sin
reserva a la lógica del “todo tiene un precio” Meternos en las meninges la
obligatoriedad de hacer dinero a cualquier precio.
Modificar
nuestra escala de valores. Supeditar familia, amigos, entorno, ciudad… a los
imperativos del trabajo, y además, estar agradecidos.
Fuentes: escuchar, mirar, leer, hacer mala órdiga y descubrir la digestión que ha hecho César Rendueles en Capitalismo Canalla.
Reflexión. ¿Cuántas vidas pensamos vivir que nos permitimos el lujo de poner en
venta ésta?
Consuelo. Agradecidos de estar en activo y formar
parte de este enloquecido engranaje.
Como él, que parece que no se plantea mucho la vida
Somos
fundamentalmente hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y carbono. Atendiendo a esa
composición y a los resultados que consiguen esos elementos al combinarse y
recombinarse, me gustaría saber en qué molécula se ha escondido mi inocencia;
en qué lugar del hidrógeno se ha extraviado mi capacidad de admiración; cuál de
ellos se ha quedado con mi creencia en lo imposible. Llevo unos días buscando
todo eso sin éxito. Tan difícil me está resultando la empresa que he llegado a
la conclusión que desde el momento que nací, no he hecho sino perderlos día a
día hasta agotarlos. Puede que cada gota que desprende mi cuerpo lleve diluida
parte de ese equipamiento precioso.
Los eché en
falta hace muy poco, y no después de un momento de iluminación sesuda, sino
mientras veía la última película de Ridley Scott, Marte. Ridley, muchacho, me has propuesto una aventura y yo me he
ido a Marte con Mark Damon. Me lo he
creído todo. La posibilidad de viajar a lejanos planetas, la existencia de
tecnología que haga posible una estancia, la fuerza inquebrantable por no
rendirse, la solidaridad sin fronteras… Me he admirado por proyectos
interestelares que pocos son capaces de imaginar. He bajado la guardia de la
racionalidad molesta y tozuda y he creído que se puede hacer lo imposible.
¿Dónde tengo el equipo
básico para admirarlo todo y creer en lo imposible? Debe estar… en el trastero seguro. Sí, sepultado
debajo de la exigencia de lo cotidiano, el rigor de la realidad, la necesidad
de lo evidente, la conveniencia de lo corriente. Allí está todo aplastujado,
descolorido y maltrecho. Una pena. ¡Para que me digan que no sirve de mucho
perder la vista leyendo y el tiempo viendo películas¡ ¿Cómo sino iba a recordar
lo que he perdido?
Y ahora, con la
música con la Conga del Fuego (Arturo Márquez) me creo que éste tiene el poder
de embriagar sin quemar. Ole, ole…
El género de
terror como elemento del sistema represor. Podría ser el titular de una un
sesudo ensayo al que da miedo asomarse. Pues no, nada de eso. En una entrevista
hecha a Guillermo Del Toro en la que hablaba de su última película (La cumbre escarlata) formulaba esta
tesis. Según Del Toro, el miedo o el terror es fomentado por el poder
establecido. Si traspasas las normas puedes encontrarte con un castigo que
viene oculto por el envoltorio del miedo, del terror. Esto es así incluso en
los cuentos creados para los niños. La
Sirenita tiene tratos con una bruja pavorosa que a cambio de que ella pueda
ir más allá de lo admitido, le cobrará
su voz. Caperucita, atravesando el
bosque prohibido, siente el aliento del lobo que tiene intención de acabar con
ella. Hay advertencias que no se hacen gratuitamente. Ese bosque lleno de seres
malignos, la buhardilla de lacasa en la
que es mejor no entrar, la puerta que no hay que abrir… Son normas que obedecer
porque de lo contrario hay que exponerse a las consecuencias. Normas,
obediencia igual a protección; desobediencia igual a castigo. El héroe o
heroína de estas historias es el trasgresor de lo establecido.
La tesis de Del
Toro me ha traído a la memoria las narraciones “los ricos también lloran”, un
género en sí mismo. Una cantidad ingente de historias en las que los protas
están forrados, tienen trabajos estupendos, casas de ensueño, y ¡ah!, se me
olvidaba, son guapos-guapísimos. Para que se produzca el drama, para que haya
chicha y aquello no parezca un reallity sobre lo bien que viven algunos, les
ocurre una desgracia que desencadena la acción. La ambición, la lujuria, el
azar… el caso es que comienzan a pasarlo mal y nosotros a empatizar con ellos
(en la parte chunga, porque a nosotros también nos pasan cosas así) Sí, lo sé,
el dinero no da la felicidad. ¡Con lo bien que estamos los demás en nuestra
anodina y justita existencia! El dinero no dará la felicidad pero su carencia
está todavía más lejos de conseguirla. Un ejemplo límite, lo sé, pero válido.
Dos hombres parapléjicos. Los personajes, basados en historias reales, de las
películas Mar adentro (2004) e Intocable (2012) ¿encaran estos hombres su dificilísima
situación de la misma manera?
Estoy
convencida, como Del Toro, aunque yo en estas historias de “los ricos también
lloran”, de que estos novelones tienen el objetivo de aplacar a la masa,
apaciguarnos, hacernos conformar con lo que tenemos. Adoctrinamiento directo al
subconsciente. A qué punto de convencimiento he llegado que la última vez que
volví a ver mi adorada Retorno a
Brideshead, comencé a ver en ella una obra de arte protagonizada por una
cuadrilla de pijos sin remedio.
La calle es
ancha. Camino detrás de una ciudadana que sin previa invitación me incluye en
su comunicación. Me hace partícipe, a mí y al resto, de los problemas que tiene
con el más pequeño que no come nada y duerme fatal. ¿Para qué necesita el
teléfono si su interlocutora la escucharía sin él tal y como estamos haciendo
el resto de la ciudad? Me niego a llevar sobre mis espaldas todo el peso del
sinnúmero de problemillas de todo aquel con el que comparto el suelo urbano.
Llueve. Se
encienden todas las alarmas. Atontamiento generalizado al volante. Las vías se
convierten en un circuito atascado en el que solo hay una norma: pasar antes
que vecino. Desde esas cápsulas de
anonimato mal entendido, sólo se adivinan miradas a cuchillo. Sálvese quien
pueda.
Los primeros
vientos. La floresta se ha vuelto, también, hostil. Paseo bajo los castaños del
parque. Están preciosos y asesinos. El norte húmedo los bambolea y recibo en mi
cabeza un bombardeo de castañas que me obligan a huir
Anochece. Se
degrada la luz y aproxima el relax. A tomar viento la magia. Como si de
vampiros visuales se tratara, despiertan los neones que agreden mi subconsciente
colmatándolo de mensajes de importancia intrascendente que me emborrachan.
Cierro los ojos y me atonto.
¿Qué va a ser de
ti, pobrecito mío? Base y sostén de toda la industria desde que Watt inventara
la máquina de vapor allá por el siglo XVIII. Sufrido peón que ha hecho posible
desarrollos industriales inimaginables. Conformista de vocación y levantisco
por obligación. El humilde eslabón de la cadena que primero quiebra cuando
vienen mal dadas. Tan necesario como prescindible.
Futuro incierto,
pronóstico chungo. Y es que no corren buenos tiempos para el currela de a pie.
El empresario industrial del siglo XXI es capaz de hacer más con menos. Esto es
algo fantástico, pero lo que si es un hecho cierto es que las empresas cada vez contratan menos y sus beneficios se incrementan de
forma abrumadora.
Y es que la
producción se tecnifica y robotiza. La penúltima: una empresa japonesa de
componentes para Smartphone, cuyo nombre no recuerdo, fue noticia a principios
en el verano por haber pasado de un plumazo de tener 600 trabajadores en nómina
a 60, manteniendo la misma producción claro está. Y esa es la tendencia.
Que no se me
trate de moñas, pues sé que desde que la maquinización tomó posesión de nuestras vidas de mano de la
industrialización, no nos ha ido tan mal. No obstante también sé que en
este proceso la plantilla base tiene
todas las de perder. Que no me digan que es el signo de los tiempos, porque es
la perfecta frase comodín para admitir cosas inadmisibles con la misma
resignación que aceptamos el paso del tiempo. Así que siguiendo la “deriva” de
los tiempos ¿vamos encargando estudios etnográficos y sociológicos que documenten
al “sufrido currela” en vías de extinción?
Mientras, me
pongo a mirar la luna. Nada que ver pero reconforta.
Tengo la cabeza
cosida a balazos. Pequeños agujeros por los que fluye sin remedio memoria,
concentración, sosiego. Diminutos, medianejos o grandes boquetes causados por
una ingente morralla de insignificantes cosas cotidianas de las que no se puede
huir. Son un mal sueño del que no puedes escapar. Sin darte cuenta pasan al
estado “on” y la única forma de evitarlos es cumplirlos. A las nueve la agenda
está vacía, inmaculada, promesa de un encantador vagabundeo ocioso. A las diez
empiezan a aparecer los primeros signos de incordio. Los avisos de pequeñas
tareas que no hay que hacer ya ¡uf, bien! pero que si no son atendidas a corto,
no van a desaparecer a medio ni a largo plazo. No. Se instalarán en la neurona
activa que poseo, ocupando un espacio precioso, molestando a cualquier amago lúdico que se asome, dando
codazos para desalojar los escasos instantes de paladeo común y corriente. A las
siete ya podré hacer listas de prioridades insignificantes y las nueve las
habré distribuido en varios días como
una medicina que debe ser dosificada para su correcta asimilación. Las pospongo, ordeno, reubico. Así parecen
menos molestas. Pero ellas siguen allí, infatigables en su persistencia ¡qué
latazo!
Soy una Sísifo urbanita
empujada diariamente a solucionar problemillas de medio pelo, memeces sin
cuento, menudencias sin importancia con la ufana alegría de haber podido haber
hecho una bola con todos esos incordios cotidianos y haberla empujado hasta la
meta, para comprobar al otro día, que hay un nuevo cargamento dispuesto a
dejarse llevar nuevamente a lo más alto.
No sé cuándo
fiché como solucionadora de pequeñeces ineludibles, si yo había encargado
para mí una misión brillante en su planteamiento, arriesgada en su realización,
gloriosa en sus resultados. La petición fue apasionada y ambiciosa: dar
ocupación a mi neurona resolviendo encargos como el Teorema matemático de Fermat, la cura del cáncer o dar con el elixir de la eterna
juventud. Ni idea de dónde se ha
producido el error, pero aquí me
encuentro, aplastada sin remedio por la cotidianidad tontuna. ¡Ole y ole!
¡Socorro!
Anda, aquí por lo menos las cosas pequeñas sirven
para algo…
Se me han
perdido las vacaciones del próximo año. Si alguien las encuentra que no dude en
avisarme. ¿Dónde estarán? Sí, esos días que hasta ayer parecían infinitos; valiosos
no por cómo se ocupan sino por lograr romper la rutina; plenos de posibilidades
aunque no abandonaran el universo de los posibles y no se materializaban; flexibles
y adaptables en todas y cada uno de sus horas; teñidos de holganza y reposo; un
puñado de jornadas para malgastar de la forma más deliciosa que a una se le
ocurra; ratos y ratos de actividad frenética improductiva; minutos
cuidadosamente almacenados para ser desperdiciados. Pues bien, acabado,
consumido, pura historia.
Y aquí estamos de
nuevo. Ya ni el más pintado está de vacaciones. Por delante tengo 89 días de
otoño, otros tanto de invierno y por el estilo de jornadas primaverales hasta
poder llegar, otra vez, al verano, veranito. ¡Qué vértigo! Me afano en
buscarlos, en dar con ellos, en planificarlos o dejarlos que se sucedan uno
detrás de otro a su libre albedrío.
Mientras tanto
¿qué? Pues nada, eso, lo demás. La bendita rutina que aplasta y achata la
creatividad a la vez que tranquiliza y da confort. Quizás me venga bien una
sobredosis de realidad rutinaria para luego poder paladear hasta saciarme, los futuribles días espontáneos. Bien, perfecto, espero. Pero ¿dónde estarán mis
días del próximo verano?
Mientras espero,
me quedo con algo bueno de la que ya está aquí.