jueves, 29 de octubre de 2015

Máximas del esclavo/a feliz

Mantener la mente en off de forma permanente para convivir con la alienación laboral y acabar por no reconocerte, por no saber muy bien quién eres.

Asumir que no saber hacer nada es algo sin importancia. No construir, no realizar un proceso completo que te haga sentir bien con tu trabajo y con lo que eres capaz de hacer.

Engañarse a sí mismo perdiendo el norte y acabar por empatizar con la élite social a la que no perteneces. Desear emularla, adquirir sus prebendas que están fuera de tú alcance, vivir con su nivel de vida, en vez de comprender al igual, sus problemas que son los tuyos.

Culpabilizar a la pobreza en vez de combatirla.

Someternos sin reserva a la lógica del “todo tiene un precio” Meternos en las meninges la obligatoriedad de hacer dinero a cualquier precio.

Modificar nuestra escala de valores. Supeditar familia, amigos, entorno, ciudad… a los imperativos del trabajo, y además, estar agradecidos.

Fuentes: escuchar, mirar, leer,  hacer mala órdiga y descubrir  la digestión que ha hecho César Rendueles en Capitalismo Canalla.

Reflexión. ¿Cuántas vidas pensamos  vivir que nos permitimos el lujo de poner en venta ésta?

Consuelo. Agradecidos de estar en activo y formar parte de este enloquecido engranaje.

Como él, que parece que no se plantea mucho la vida



jueves, 22 de octubre de 2015

Como una niña

Somos fundamentalmente hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y carbono. Atendiendo a esa composición y a los resultados que consiguen esos elementos al combinarse y recombinarse, me gustaría saber en qué molécula se ha escondido mi inocencia; en qué lugar del hidrógeno se ha extraviado mi capacidad de admiración; cuál de ellos se ha quedado con mi creencia en lo imposible. Llevo unos días buscando todo eso sin éxito. Tan difícil me está resultando la empresa que he llegado a la conclusión que desde el momento que nací, no he hecho sino perderlos día a día hasta agotarlos. Puede que cada gota que desprende mi cuerpo lleve diluida parte de ese equipamiento precioso.

Los eché en falta hace muy poco, y no después de un momento de iluminación sesuda, sino mientras veía la última película de Ridley Scott, Marte. Ridley, muchacho, me has propuesto una aventura y yo me he ido a Marte con Mark  Damon. Me lo he creído todo. La posibilidad de viajar a lejanos planetas, la existencia de tecnología que haga posible una estancia, la fuerza inquebrantable por no rendirse, la solidaridad sin fronteras… Me he admirado por proyectos interestelares que pocos son capaces de imaginar. He bajado la guardia de la racionalidad molesta y tozuda y he creído que se puede hacer lo imposible.

¿Dónde tengo el equipo básico para admirarlo todo y creer en lo imposible?  Debe estar… en el trastero seguro. Sí, sepultado debajo de la exigencia de lo cotidiano, el rigor de la realidad, la necesidad de lo evidente, la conveniencia de lo corriente. Allí está todo aplastujado, descolorido y maltrecho. Una pena. ¡Para que me digan que no sirve de mucho perder la vista leyendo y el tiempo viendo películas¡ ¿Cómo sino iba a recordar lo que he perdido?



Y ahora, con la música con la Conga del Fuego (Arturo Márquez) me creo que éste tiene el poder de embriagar sin quemar. Ole, ole…
                      

viernes, 16 de octubre de 2015

Historias manipulables

El género de terror como elemento del sistema represor. Podría ser el titular de una un sesudo ensayo al que da miedo asomarse. Pues no, nada de eso. En una entrevista hecha a Guillermo Del Toro en la que hablaba de su última película (La cumbre escarlata) formulaba esta tesis. Según Del Toro, el miedo o el terror es fomentado por el poder establecido. Si traspasas las normas puedes encontrarte con un castigo que viene oculto por el envoltorio del miedo, del terror. Esto es así incluso en los cuentos creados para los niños. La Sirenita tiene tratos con una bruja pavorosa que a cambio de que ella pueda ir  más allá de lo admitido, le cobrará su voz. Caperucita, atravesando el bosque prohibido, siente el aliento del lobo que tiene intención de acabar con ella. Hay advertencias que no se hacen gratuitamente. Ese bosque lleno de seres malignos, la buhardilla de la  casa en la que es mejor no entrar, la puerta que no hay que abrir… Son normas que obedecer porque de lo contrario hay que exponerse a las consecuencias. Normas, obediencia igual a protección; desobediencia igual a castigo. El héroe o heroína de estas historias es el trasgresor de lo establecido.

La tesis de Del Toro me ha traído a la memoria las narraciones “los ricos también lloran”, un género en sí mismo. Una cantidad ingente de historias en las que los protas están forrados, tienen trabajos estupendos, casas de ensueño, y ¡ah!, se me olvidaba, son guapos-guapísimos. Para que se produzca el drama, para que haya chicha y aquello no parezca un reallity sobre lo bien que viven algunos, les ocurre una desgracia que desencadena la acción. La ambición, la lujuria, el azar… el caso es que comienzan a pasarlo mal y nosotros a empatizar con ellos (en la parte chunga, porque a nosotros también nos pasan cosas así) Sí, lo sé, el dinero no da la felicidad. ¡Con lo bien que estamos los demás en nuestra anodina y justita existencia! El dinero no dará la felicidad pero su carencia está todavía más lejos de conseguirla. Un ejemplo límite, lo sé, pero válido. Dos hombres parapléjicos. Los personajes, basados en historias reales, de las películas Mar adentro (2004) e Intocable (2012)  ¿encaran estos hombres su dificilísima situación de la misma manera?

Estoy convencida, como Del Toro, aunque yo en estas historias de “los ricos también lloran”, de que estos novelones tienen el objetivo de aplacar a la masa, apaciguarnos, hacernos conformar con lo que tenemos. Adoctrinamiento directo al subconsciente. A qué punto de convencimiento he llegado que la última vez que volví a ver mi adorada Retorno a Brideshead, comencé a ver en ella una obra de arte protagonizada por una cuadrilla de pijos sin remedio.

Después de lo ya dicho, voy a ver 

         

miércoles, 7 de octubre de 2015

Ciudad peligrosa


La calle es ancha. Camino detrás de una ciudadana que sin previa invitación me incluye en su comunicación. Me hace partícipe, a mí y al resto, de los problemas que tiene con el más pequeño que no come nada y duerme fatal. ¿Para qué necesita el teléfono si su interlocutora la escucharía sin él tal y como estamos haciendo el resto de la ciudad? Me niego a llevar sobre mis espaldas todo el peso del sinnúmero de problemillas de todo aquel con el que  comparto el suelo urbano.

Llueve. Se encienden todas las alarmas. Atontamiento generalizado al volante. Las vías se convierten en un circuito atascado en el que solo hay una norma: pasar antes que  vecino. Desde esas cápsulas de anonimato mal entendido, sólo se adivinan miradas a cuchillo. Sálvese quien pueda.

Los primeros vientos. La floresta se ha vuelto, también, hostil. Paseo bajo los castaños del parque. Están preciosos y asesinos. El norte húmedo los bambolea y recibo en mi cabeza un bombardeo de castañas que me obligan a huir

Anochece. Se degrada la luz y aproxima el relax. A tomar viento la magia. Como si de vampiros visuales se tratara, despiertan los neones que agreden mi subconsciente colmatándolo de mensajes de importancia intrascendente que me emborrachan. Cierro los ojos y me atonto.


¡Estoy buena para nuevayores!

Mira, este sí me gusta


jueves, 1 de octubre de 2015

Canto al operario raso

¿Qué va a ser de ti, pobrecito mío? Base y sostén de toda la industria desde que Watt inventara la máquina de vapor allá por el siglo XVIII. Sufrido peón que ha hecho posible desarrollos industriales inimaginables. Conformista de vocación y levantisco por obligación. El humilde eslabón de la cadena que primero quiebra cuando vienen mal dadas. Tan necesario como prescindible.

Futuro incierto, pronóstico chungo. Y es que no corren buenos tiempos para el currela de a pie. El empresario industrial del siglo XXI es capaz de hacer más con menos. Esto es algo fantástico, pero lo que si es un hecho cierto es que las empresas  cada vez contratan  menos y sus beneficios se incrementan de forma abrumadora.

Y es que la producción se tecnifica y robotiza. La penúltima: una empresa japonesa de componentes para Smartphone, cuyo nombre no recuerdo, fue noticia a principios en el verano por haber pasado de un plumazo de tener 600 trabajadores en nómina a 60, manteniendo la misma producción  claro está. Y esa es la tendencia.

Que no se me trate de moñas, pues sé que desde que la maquinización  tomó posesión de nuestras vidas de mano de la industrialización, no nos ha ido tan mal. No obstante también sé que en este  proceso la plantilla base tiene todas las de perder. Que no me digan que es el signo de los tiempos, porque es la perfecta frase comodín para admitir cosas inadmisibles con la misma resignación que aceptamos el paso del tiempo. Así que siguiendo la “deriva” de los tiempos ¿vamos encargando estudios etnográficos y sociológicos que documenten al “sufrido currela” en vías de extinción?


Mientras, me pongo a mirar la luna. Nada que ver pero reconforta. 
Eclipse Lunar
José Antonio Hervás

jueves, 24 de septiembre de 2015

Estado: hasta el pico la boina

Tengo la cabeza cosida a balazos. Pequeños agujeros por los que fluye sin remedio memoria, concentración, sosiego. Diminutos, medianejos o grandes boquetes causados por una ingente morralla de insignificantes cosas cotidianas de las que no se puede huir. Son un mal sueño del que no puedes escapar. Sin darte cuenta pasan al estado “on” y la única forma de evitarlos es cumplirlos. A las nueve la agenda está vacía, inmaculada, promesa de un encantador vagabundeo ocioso. A las diez empiezan a aparecer los primeros signos de incordio. Los avisos de pequeñas tareas que no hay que hacer ya ¡uf, bien! pero que si no son atendidas a corto, no van a desaparecer a medio ni a largo plazo. No. Se instalarán en la neurona activa que poseo, ocupando un espacio precioso, molestando  a cualquier amago lúdico que se asome, dando codazos para desalojar los escasos instantes de paladeo común y corriente. A las siete ya podré hacer listas de prioridades insignificantes y las nueve las habré distribuido  en varios días como una medicina que debe ser dosificada para su correcta asimilación.  Las pospongo, ordeno, reubico. Así parecen menos molestas. Pero ellas siguen allí, infatigables en su persistencia ¡qué latazo!

Soy una Sísifo urbanita empujada diariamente a solucionar problemillas de medio pelo, memeces sin cuento, menudencias sin importancia con la ufana alegría de haber podido haber hecho una bola con todos esos incordios cotidianos y haberla empujado hasta la meta, para comprobar al otro día, que hay un nuevo cargamento dispuesto a dejarse llevar nuevamente a lo más alto.

No sé cuándo fiché como solucionadora de pequeñeces ineludibles, si yo había encargado para mí una misión brillante en su planteamiento, arriesgada en su realización, gloriosa en sus resultados. La petición fue apasionada y ambiciosa: dar ocupación a mi neurona resolviendo encargos como  el Teorema matemático de Fermat, la  cura del cáncer o dar con el elixir de la eterna juventud.  Ni idea de dónde se ha producido el error,  pero aquí me encuentro,  aplastada sin remedio  por la cotidianidad  tontuna. ¡Ole y ole!

¡Socorro!
Anda,  aquí por lo menos las cosas pequeñas sirven para algo…
La Alhambra




jueves, 17 de septiembre de 2015

Verano, veranito

Se me han perdido las vacaciones del próximo año. Si alguien las encuentra que no dude en avisarme. ¿Dónde estarán? Sí, esos días que hasta ayer parecían infinitos; valiosos no por cómo se ocupan sino por lograr romper la rutina; plenos de posibilidades aunque no abandonaran el universo de los posibles y no se materializaban; flexibles y adaptables en todas y cada uno de sus horas; teñidos de holganza y reposo; un puñado de jornadas para malgastar de la forma más deliciosa que a una se le ocurra; ratos y ratos de actividad frenética improductiva; minutos cuidadosamente almacenados para ser desperdiciados. Pues bien, acabado, consumido, pura historia.

Y aquí estamos de nuevo. Ya ni el más pintado está de vacaciones. Por delante tengo 89 días de otoño, otros tanto de invierno y por el estilo de jornadas primaverales hasta poder llegar, otra vez, al verano, veranito. ¡Qué vértigo! Me afano en buscarlos, en dar con ellos, en planificarlos o dejarlos que se sucedan uno detrás de otro a su libre albedrío.

Mientras tanto ¿qué? Pues nada, eso, lo demás. La bendita rutina que aplasta y achata la creatividad a la vez que tranquiliza y da confort. Quizás me venga bien una sobredosis de realidad rutinaria para luego poder paladear hasta saciarme, los futuribles días espontáneos. Bien, perfecto, espero. Pero ¿dónde estarán mis días del próximo verano?


Mientras espero, me quedo con algo bueno de la que ya está aquí.