jueves, 25 de mayo de 2017

Paciencia I

He empezado a buscar sin éxito el puré por el cuarto de estar. Aparecerá dentro de unos días, sólido y maloliente, en una estantería o en un cajón, y pensaré ¿cómo no he mirado antes ahí? 

Ludmila Yilmaz

sábado, 13 de mayo de 2017

SÍ!!!

Por breve tiempo, allá va. No como viajera sino como turista. Lleva la maleta llena de expectativas, de la inquietud de la sorpresa, de la disposición a entenderlo todo, de no cerrarse ante nada, de no cansarse ni cuando la cabeza embotada le pida un respiro o el cuerpo tregua. Está ahí y delante su futuro. Si el lugar le defrauda o no es lo esperado, no importará  porque está en camino, con la brújula direccionada. No hay posibilidad de error, aunque no sea lo imaginado será especial. Es irrepetible y ella todavía no lo sabe.  


             

lunes, 17 de abril de 2017

Viajeros mudos

¿Ha matado el turismo "low cost" a la literatura de viajes? Título de un artículo del último Babelia de El País y pregunta para la que, por descontado, no tengo contestación. Cierto es que cada vez se viaja más y más lejos. No hay rincón sin patear y casi todo va adquiriendo un aroma similar te encuentres en la latitud que elijas o a la longitud que te puedas pagar. Es indiscutible que hay cierto abuso de mucho lanzado y lanzada que se aventuran a contar su experiencia en soportes similares a éste y con afanes parejos, olvidando que no vale únicamente con una detallada relación de dónde y cuándo se hizo tal cosa o se vio tal otra. El autor del citado artículo, Jacinto Antón, que sabe algo más que yo sobre el particular, concluye que sigue habiendo muy buenos autores sobre el género y en todos ellos se observa la innegable ambición literaria y un afán por ir más allá de lo que se ve a primera vista.

Degustado y digerido el artículo, he hecho uno de esos saltos mortales que de cuando en cuando me asaltan y me he acordado de la compra de hace unos días en la pescadería. Esperando mi turno me deje llevar por ese acto reflejo de leer hasta en las etiquetas y me encontré viajando, increiblemente low cost, por todos los mares del mundo.

Dejé como señal y testigo mi cuerpo presente y pude trasladarme, mientras la eficiente pescatera despachaba a tres personas que me precedían, a lugares lejanos. Ante mi se desplegaron un buen número de viajeros mudos, bueno más bien cadáveres, que contaban historias dramáticas, relatos de personajes que entablan una lucha a vida y muerte en lugares exóticos, narraciones portentosas sobre hombres y animales enfrentados en luchas cotidianas y fatales, pero también historias corrientes que no dicen más que lo que cuentan.

¿Qué mal rato habría pasado la bacaladilla noruega antes de entrar en las bodegas del barco y juntar lomo con lomo con el resto de sus colegas? Y esos salmones vecinos de aguas frías, incansables viajeros, que acaban su periplo en un horno bien templado y maridados con un vino con el que ni en sueños habrían pensado rozarse? El halibut del Atlántico y el gallo del mar de Irlanda tal vez fueron pescados por un barco al que una buena marea le salvó en una situación económica apurada, ya todos los años los peces no acuden como solían. También estaban lo bravos peces espada del Atlántico que aunque de la misma zona son ejemplares que me hablan de un despiste fatal al dejarse capturar entre otras peces sin tanto abolengo. Con las corvinas y los látigos me fui al Mediterráneo, el mar en el que Ulises se extravió, o se dejó extraviar, durante veinte años. Mar que ha dado de comer, hasta ahora, a los habitantes de sus orillas con carne e historias. Con los langostinos del Pacífico cierro los ojos y me voy en una travesía por el mar más grandón que tenemos, dispuesta a mirar al agua de día e intentar adivinar la cantidad de litros sobre los me deslizo y de noche al cielo, un cielo sin límites de perfiles de edificios ni montañas. La almeja portuguesa, desconozco su calidad y si está acabando con el mercado de otros ejemplares patrios más cercanos, me presenta un mundo de algas de fuerte olor, arena suave y mareas incansables. Mariscadoras de espalda doblada y piel curtida. El chipirón del Índico me produce un escalofrío al recordar esos monstruosos calamares de esas latitudes que calentaban la cabeza de todo el que escuchaba sus historias y los estómagos de los ejemplares que perdían la batalla con el avezado pescador. ¿Y la perca de Tanzania? Con ella voy derechita al medio de África, allá donde nacen fábulas y ríos llegando a Europa transformados en mitos.

Sí, me dejé llevar un poquitín por semejante plantel de viajeros mudos. La pescatera, seguramente al verme un poco vagabunda, me trajo de vuelta al preguntarme: ¿llevará hoy merluza del Cantábrico? está buenísima, no tiene anisaki ni nada. Puñetas, el último baño de realidad del viaje.

Clara Peeters
S. XVI






domingo, 26 de marzo de 2017

Contracorriente


¿Y si asoma el verano y todavía no me apetece?
¿Y si la amenaza de días infinitos y noches mínimas, sí esas jornadas en las que la luz a fuerza de insistir se hace pesada, son ya una visita imparable que no quiero recibir?
¿Y si aún no me he hartado de calzarme mis acolchadas y calentitas botas ojo de perdiz y arrebujarme dentro del abrigo rojo llama que resplandece en el mustio invierno norteño?
¿Y si todavía no consigo reprogramarme a la manera “helado estival” porque sigo muy cómoda en el modo "chocolate con churros"?
¿Y si unos rayos de sol fuera de lugar me expulsan imperiosamente de mi cómodo cubil arrojándome a la calles y plazas que ya empiezan a estar abarratodas de lagartijas humanas que aclimatan su sangre fría esperando que todo llegue antes de tiempo?
¿Y si no he cogido el número suficiente de setas, ni me he hartado de castañas, ni he doblado bastantes varillas de paraguas, no he criado los habituales sabañones ni pillado el cupo de catarros?
¿Y si mi cuerpo animal, éste en el que vivo, todavía está hibernado y no está preparado para la revolución cíclica a la que se somete mansamente todos los años?
¿Y si no quiero que el invierno acabe ya?
Las he visto y me han dicho que es imparable.

viernes, 3 de marzo de 2017

Contadora de viajes de la rutina

Como buena reincidente, he caído en las redes del último Reverte que me he topado en la librería. Puedo apostar algo serio a que he leído todos sus relatos de viajes y siempre siento una envidia sana, si eso existe, por este tipo. Del periodismo a la literatura sin red, o con ella, no lo sé muy bien, pero lo que si está claro es que Javier es uno de esos afortunados que ha hecho de su pasión su trabajo. Un triunfador, seguro que con sus peajes y sus precios pagados, pero lo ha conseguido: viajar, escribir y vivir de ello. !Olé y olé¡

El último Reverte me lleva a Nueva York (otro destino en mi lista de pendientes). Javier, que por edad, ganas o apetencias (o por todo ello) en sus últimos destinos viaja acompañado o con más tranquilidad, para el destino americano ha elegido una estancia de tres meses en la capi del mundo libre para deambular, observar, asombrarse, aprender, admirarse o lamentarse, según caso y ocasión. !Olé y olé! Otra vez.

Y aquí estoy yo, con otra aventura prestada de papel y temiéndome que mi odisea particular no va a ir más allá de unos garbeos imaginarios al saltar de un párrafo a otro. ¿Pudiera ser que me falte compromiso con el asunto y suficiente ímpetu para hacer realidad los deseos y me sobran varios kilos de practicidad y realismo aplastante?

Esta situación frustrante está a punto de acabar. Como ya he dicho que no estoy en la esfera, ni en la estela, ni en el camino, ni nada de nada, del escritor viajero, yo voy a acompasar mis aspiraciones con mis circunstancias poniéndome como objetivo no morir sin haberme convertido en contadora de viajes de la rutina, ambición a mi medida. Bien, he fijado mi objetivo y puede que con mis modestos medios y mis grandes anhelos, esté en el camino correcto. Fijaré una rutina, otra más que añadir a mi vida, como escribir todos los días (bueno o día sí, día no, también hay que hacer cosas más prosaicas) sobre todo lo asombroso o cotidiano que me suceda en la jornada, no le haré ascos a nada. No dejaré de apuntar todo lo reseñable que acontezca en mi barrio (puedo ampliar el radio a la comarca, aunque no lo sé puesto que debería observarlo de primera mano y no veo cómo voy a coordinar horarios de rutina ineludible con inspiración literaria) Miraré con verdadera expectación a todo y todos en el trabajo, a aquel que me tope en la frutería o a la vecina de butaca en el cine y que pueda llegar a convertirse en personaje de mis crónicas (para eso deberá expresar algún pensamiento digno de la filosofía de andar por casa o hacer algo que permita que yo haga la oportuna reflexión). Pasearé y deambularé por calles y plazas con los oídos bien abiertos (sin auriculares que me informen sobre lo sucedido en medio mundo o me inunden con música aislándome de lo que me rodea). Pondré especial cuidado en los trayectos de casa al trabajo y viceversa puesto que son los desplazamientos que más se asemejan al viaje, fundamento para mis crónicas posteriores. Y con todas las reflexiones, cavilaciones y deliberaciones, tanto propias como ajenas; con las observaciones hechas con nuevos ojos sobre lo ya conocido; con un renovado interés sobre lo ya trillado, una gran capacidad para sorprenderme sobre lo ya cansinamente transitado, me lanzaré, lo prometo, a la escritura. No puedo errar. Estoy absolutamente convencida de que habrá mucho público que se sienta identificado ¿Quién no va a estar interesado en recrear, durante su tiempo de asueto, lo que ya vive todos y cada uno de sus días? Pues eso.


A rellenar...










domingo, 12 de febrero de 2017

Pintan bastos

Pintan bastos y el cielo es ceniza. Las gotas que comienzan a caer son frías como el aluminio. El viento que arremolina ramas y papeles se lleva la armonía y los escasos refugios que a fuerza de tiempo y cesiones Elisenda ha construido.

Pintan bastos y lo que mantenía un color verde manzana muda y se transforma en el gris que anuncia la caducidad. Ella intenta ponerse las gafas de color promesa pero se encuentra con un cristal roto.

Pintan bastos y las certezas se erosionan mostrando las líneas de la grieta que se traga todo. Se abre la boca del abismo de las dudas. Elisenda se pregunta si ha visto únicamente lo que quería y no lo que realmente había.

Pintan bastos y la sensación de error permanente se le apodera. Sí, un bucle constante que se retroalimenta con el primer descuido y a fuerza de repetirse adquiere apariencia de acierto. Una caracola que no presenta su verdadera cara hasta que adopta la perspectiva adecuada.

Pintan bastos y se pone caro mostrarse altruista cuando las tripas piden revancha. Elisenda camina entre la animalidad o el olvido para digerir el sabor agrio que le invade.

Pintan bastos y no hay refugio donde lo había. Los lugares balsamo que permanecían como constante faro se desmayan.


Pintan bastos y Elisenda se desahoga.


The laundress
Toulose Lautrec

jueves, 12 de enero de 2017

Principio

Permanezco expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.

Por unos instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo definido.

Libertad sin trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo, eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada es un hechizo irresistible.

El descubrir la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza, comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.

Descubrir que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.

Mientras tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi principio.