domingo, 26 de marzo de 2017

Contracorriente


¿Y si asoma el verano y todavía no me apetece?
¿Y si la amenaza de días infinitos y noches mínimas, sí esas jornadas en las que la luz a fuerza de insistir se hace pesada, son ya una visita imparable que no quiero recibir?
¿Y si aún no me he hartado de calzarme mis acolchadas y calentitas botas ojo de perdiz y arrebujarme dentro del abrigo rojo llama que resplandece en el mustio invierno norteño?
¿Y si todavía no consigo reprogramarme a la manera “helado estival” porque sigo muy cómoda en el modo "chocolate con churros"?
¿Y si unos rayos de sol fuera de lugar me expulsan imperiosamente de mi cómodo cubil arrojándome a la calles y plazas que ya empiezan a estar abarratodas de lagartijas humanas que aclimatan su sangre fría esperando que todo llegue antes de tiempo?
¿Y si no he cogido el número suficiente de setas, ni me he hartado de castañas, ni he doblado bastantes varillas de paraguas, no he criado los habituales sabañones ni pillado el cupo de catarros?
¿Y si mi cuerpo animal, éste en el que vivo, todavía está hibernado y no está preparado para la revolución cíclica a la que se somete mansamente todos los años?
¿Y si no quiero que el invierno acabe ya?
Las he visto y me han dicho que es imparable.

viernes, 3 de marzo de 2017

Contadora de viajes de la rutina

Como buena reincidente, he caído en las redes del último Reverte que me he topado en la librería. Puedo apostar algo serio a que he leído todos sus relatos de viajes y siempre siento una envidia sana, si eso existe, por este tipo. Del periodismo a la literatura sin red, o con ella, no lo sé muy bien, pero lo que si está claro es que Javier es uno de esos afortunados que ha hecho de su pasión su trabajo. Un triunfador, seguro que con sus peajes y sus precios pagados, pero lo ha conseguido: viajar, escribir y vivir de ello. !Olé y olé¡

El último Reverte me lleva a Nueva York (otro destino en mi lista de pendientes). Javier, que por edad, ganas o apetencias (o por todo ello) en sus últimos destinos viaja acompañado o con más tranquilidad, para el destino americano ha elegido una estancia de tres meses en la capi del mundo libre para deambular, observar, asombrarse, aprender, admirarse o lamentarse, según caso y ocasión. !Olé y olé! Otra vez.

Y aquí estoy yo, con otra aventura prestada de papel y temiéndome que mi odisea particular no va a ir más allá de unos garbeos imaginarios al saltar de un párrafo a otro. ¿Pudiera ser que me falte compromiso con el asunto y suficiente ímpetu para hacer realidad los deseos y me sobran varios kilos de practicidad y realismo aplastante?

Esta situación frustrante está a punto de acabar. Como ya he dicho que no estoy en la esfera, ni en la estela, ni en el camino, ni nada de nada, del escritor viajero, yo voy a acompasar mis aspiraciones con mis circunstancias poniéndome como objetivo no morir sin haberme convertido en contadora de viajes de la rutina, ambición a mi medida. Bien, he fijado mi objetivo y puede que con mis modestos medios y mis grandes anhelos, esté en el camino correcto. Fijaré una rutina, otra más que añadir a mi vida, como escribir todos los días (bueno o día sí, día no, también hay que hacer cosas más prosaicas) sobre todo lo asombroso o cotidiano que me suceda en la jornada, no le haré ascos a nada. No dejaré de apuntar todo lo reseñable que acontezca en mi barrio (puedo ampliar el radio a la comarca, aunque no lo sé puesto que debería observarlo de primera mano y no veo cómo voy a coordinar horarios de rutina ineludible con inspiración literaria) Miraré con verdadera expectación a todo y todos en el trabajo, a aquel que me tope en la frutería o a la vecina de butaca en el cine y que pueda llegar a convertirse en personaje de mis crónicas (para eso deberá expresar algún pensamiento digno de la filosofía de andar por casa o hacer algo que permita que yo haga la oportuna reflexión). Pasearé y deambularé por calles y plazas con los oídos bien abiertos (sin auriculares que me informen sobre lo sucedido en medio mundo o me inunden con música aislándome de lo que me rodea). Pondré especial cuidado en los trayectos de casa al trabajo y viceversa puesto que son los desplazamientos que más se asemejan al viaje, fundamento para mis crónicas posteriores. Y con todas las reflexiones, cavilaciones y deliberaciones, tanto propias como ajenas; con las observaciones hechas con nuevos ojos sobre lo ya conocido; con un renovado interés sobre lo ya trillado, una gran capacidad para sorprenderme sobre lo ya cansinamente transitado, me lanzaré, lo prometo, a la escritura. No puedo errar. Estoy absolutamente convencida de que habrá mucho público que se sienta identificado ¿Quién no va a estar interesado en recrear, durante su tiempo de asueto, lo que ya vive todos y cada uno de sus días? Pues eso.


A rellenar...










domingo, 12 de febrero de 2017

Pintan bastos

Pintan bastos y el cielo es ceniza. Las gotas que comienzan a caer son frías como el aluminio. El viento que arremolina ramas y papeles se lleva la armonía y los escasos refugios que a fuerza de tiempo y cesiones Elisenda ha construido.

Pintan bastos y lo que mantenía un color verde manzana muda y se transforma en el gris que anuncia la caducidad. Ella intenta ponerse las gafas de color promesa pero se encuentra con un cristal roto.

Pintan bastos y las certezas se erosionan mostrando las líneas de la grieta que se traga todo. Se abre la boca del abismo de las dudas. Elisenda se pregunta si ha visto únicamente lo que quería y no lo que realmente había.

Pintan bastos y la sensación de error permanente se le apodera. Sí, un bucle constante que se retroalimenta con el primer descuido y a fuerza de repetirse adquiere apariencia de acierto. Una caracola que no presenta su verdadera cara hasta que adopta la perspectiva adecuada.

Pintan bastos y se pone caro mostrarse altruista cuando las tripas piden revancha. Elisenda camina entre la animalidad o el olvido para digerir el sabor agrio que le invade.

Pintan bastos y no hay refugio donde lo había. Los lugares balsamo que permanecían como constante faro se desmayan.


Pintan bastos y Elisenda se desahoga.


The laundress
Toulose Lautrec

jueves, 12 de enero de 2017

Principio

Permanezco expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.

Por unos instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo definido.

Libertad sin trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo, eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada es un hechizo irresistible.

El descubrir la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza, comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.

Descubrir que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.

Mientras tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi principio.


           

jueves, 29 de diciembre de 2016

Tiempo de tensión

Cálida, musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible. Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella, apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar fagotizada por ella. En todo lugar y situación  enseñorea su presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada pensamiento y acción. Seguro y cierto

Primer punto de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo, seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación la de citano!) El menú genera una tensión insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno hay algo más, seguro.

Segundo punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras, y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué? ¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el corazón tan solo de pensarlo.

El tercer punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos: conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en un ejercicio diplomático a la altura  de una cumbre de política internacional, la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la mejor de las intenciones.

Si, tiempo de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.


Los sones suaves que amortiguan

jueves, 22 de diciembre de 2016

El pendiente

Hace un mes perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente, aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación. Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.

Dando un corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente. Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada, lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi atención.


Mi pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más preciada.



  
¿Qué le gustaría a J. Vermeer?
La chica de la perla
J. Vermeer

sábado, 12 de noviembre de 2016

Chachareando


Mejor callar si no hay nada interesante que decir. Dogma y paradigma del buen gusto y el saber estar. Signo inequívoco de inteligencia. Señal de mesura, comedimiento, proporción. Manifestación de empatía con el otro, de consideración y generosidad a la hora de no invadir con razonamientos vacíos, observaciones superfluas, avasallamientos lingüísticos que  no aportan ni suman.

Cierto. La no observancia de esa práctica tan recomendable lleva a lamentar meteduras de pata sin cuento, salidas de tono de todo pelaje y a recitados engorrosos o directamente absurdos. Oportunidades perdidas de haberse callado en momentos tan poco propicios y que generan lamentaciones posteriores. Conversaciones en múltiples pistas que en vez de confluir y sumar se convierten en monólogos que nadie escucha, mejor así, puesto que nada hay que decir. Regodearse en el placer de oírse así mismo articulando palabras que nada dicen. Y aún sabiendo esto, seguimos hambrientos de situaciones en las que poder abrir la boca para emitir únicamente sonidos sin contenido. Podríamos catalogarnos mayoritariamente como perdidos y yo a cabeza. Teoría, asimilada. Consecuencias nefastas de la no observancia a esta regla de oro de la prudencia, experimentadas. Propósito de enmienda, a diario. Logros, ninguno.

¿No debería entablar una conversación ligera con la frutera del barrio puesto que nada profundo se me ocurre de buena mañana (el resto del día tampoco)? ¿Qué se puede decir de hondura con el vecino en el ascensor? ¿A qué nivel de reflexión es necesario llegar para que el diálogo entre conocidas y amigos sea adecuado al canon y evitar así caer en la vana charleta? Me rindo. Me gusta la charla intrascendente entre amigas, con atropellos dialécticos, pisotones de palabras y empujones de vocablos. Me encanta comenzar a lo tonto y disfrutar de la simpleza. Poner en la conversación todo tipo de banalidades divertidas, esas coloridas tonterías. Hablar por hablar.

Este placer de encadenar intrascendencias me ha llevado incluso a encontrar en este ejercicio habitual que me hace como practicante fiel, boceras de lo insustancial, transmisora de lo trivial,  momentos de creatividad de andar por casa. Me sorprendo furtiva, mientras coso bobadas, creando argumentos nuevos, despertando conocimiento dormidos, recogiendo voces nuevas y elaborando explicaciones, consideraciones y razonamientos a partir de soberanas memeces. Vamos, práctica medicinal. Pero es que además, me gusta ¡corcho!



Una más