Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
¿Y si la amenaza de días infinitos y noches mínimas, sí esas
jornadas en las que la luz a fuerza de insistir se hace pesada, son
ya una visita imparable que no quiero recibir?
¿Y si aún no me he hartado de calzarme mis acolchadas y calentitas
botas ojo de perdiz y arrebujarme dentro del abrigo rojo llama que
resplandece en el mustio invierno norteño?
¿Y si todavía no consigo reprogramarme a la manera “helado
estival” porque sigo muy cómoda en el modo "chocolate con
churros"?
¿Y si unos rayos de sol fuera de lugar me expulsan imperiosamente de
mi cómodo cubil arrojándome a la calles y plazas que ya empiezan a
estar abarratodas de lagartijas humanas que aclimatan su sangre fría
esperando que todo llegue antes de tiempo?
¿Y si no he cogido el número suficiente de setas, ni me he hartado
de castañas, ni he doblado bastantes varillas de paraguas, no he
criado los habituales sabañones ni pillado el cupo de catarros?
¿Y si mi cuerpo animal, éste en el que vivo, todavía está
hibernado y no está preparado para la revolución cíclica a la que
se somete mansamente todos los años?
Como buena
reincidente, he caído en las redes del último Reverte que me he
topado en la librería. Puedo apostar algo serio a que he leído
todos sus relatos de viajes y siempre siento una envidia sana, si eso
existe, por este tipo. Del periodismo a la literatura sin red, o con
ella, no lo sé muy bien, pero lo que si está claro es que Javier
es uno de esos afortunados que ha hecho de su pasión su trabajo. Un
triunfador, seguro que con sus peajes y sus precios pagados, pero lo
ha conseguido: viajar, escribir y vivir de ello. !Olé y olé¡
El último
Reverte me lleva a Nueva York (otro destino en mi lista de
pendientes). Javier, que por edad, ganas o apetencias (o por todo
ello) en sus últimos destinos viaja acompañado o con más
tranquilidad, para el destino americano ha elegido una estancia de
tres meses en la capi del mundo libre para deambular, observar,
asombrarse, aprender, admirarse o lamentarse, según caso y ocasión.
!Olé y olé! Otra vez.
Y aquí
estoy yo, con otra aventura prestada de papel y temiéndome que mi
odisea particular no va a ir más allá de unos garbeos imaginarios
al saltar de un párrafo a otro. ¿Pudiera ser que me falte
compromiso con el asunto y suficiente ímpetu para hacer realidad los
deseos y me sobran varios kilos de practicidad y realismo aplastante?
Esta
situación frustrante está a punto de acabar. Como ya he dicho que
no estoy en la esfera, ni en la estela, ni en el camino, ni nada de
nada, del escritor viajero, yo voy a acompasar mis aspiraciones con
mis circunstancias poniéndome como objetivo no morir sin haberme
convertido en contadora de viajes de la rutina, ambición
a mi medida.
Bien, he fijado mi objetivo y puede que con mis modestos medios y mis
grandes anhelos, esté en el camino correcto. Fijaré una rutina,
otra más que añadir a mi vida, como escribir todos los días
(bueno o día sí, día no, también hay que hacer cosas más
prosaicas) sobre todo lo asombroso o cotidiano que me suceda en la
jornada, no le haré ascos a nada. No dejaré de apuntar todo lo
reseñable que acontezca en mi barrio (puedo ampliar el radio a la
comarca, aunque no lo sé puesto que debería observarlo de primera
mano y no veo cómo voy a coordinar horarios de rutina ineludible con
inspiración literaria) Miraré con verdadera expectación a todo y
todos en el trabajo, a aquel que me tope en la frutería o a la
vecina de butaca en el cine y que pueda llegar a convertirse en
personaje de mis crónicas (para eso deberá expresar algún
pensamiento digno de la filosofía de andar por casa o hacer algo que
permita que yo haga la oportuna reflexión). Pasearé y deambularé
por calles y plazas con los oídos bien abiertos (sin auriculares
que me informen sobre lo sucedido en medio mundo o me inunden con
música aislándome de lo que me rodea). Pondré especial cuidado en
los trayectos de casa al trabajo y viceversa puesto que son los
desplazamientos que más se asemejan al viaje, fundamento
para mis
crónicas posteriores. Y con todas las reflexiones, cavilaciones
y deliberaciones, tanto
propias como
ajenas; con las observaciones
hechas con
nuevos ojos sobre lo ya conocido; con un renovado interés sobre lo
ya trillado, una gran capacidad para sorprenderme sobre lo ya
cansinamente transitado, me lanzaré, lo
prometo, a la escritura. No
puedo errar.
Estoy absolutamente convencida de que habrá mucho público que se
sienta identificado ¿Quién
no va a estar interesado en recrear, durante su tiempo de asueto, lo
que ya vive todos y cada uno de sus días? Pues eso.
Pintan
bastos y el cielo es ceniza. Las gotas que comienzan a caer son frías
como el aluminio. El viento que arremolina ramas y papeles se lleva
la armonía y los escasos refugios que a fuerza de tiempo y cesiones
Elisenda ha construido.
Pintan
bastos y lo que mantenía un color verde manzana muda y se transforma
en el gris que anuncia la caducidad. Ella intenta ponerse las gafas
de color promesa pero se encuentra con un cristal roto.
Pintan
bastos y las certezas se erosionan mostrando las líneas de la grieta
que se traga todo. Se abre la boca del abismo de las dudas. Elisenda
se pregunta si ha visto únicamente lo que quería y no lo que
realmente había.
Pintan
bastos y la sensación de error permanente se le apodera. Sí, un
bucle constante que se retroalimenta con el primer descuido y a
fuerza de repetirse adquiere apariencia de acierto. Una caracola que
no presenta su verdadera cara hasta que adopta la perspectiva
adecuada.
Pintan
bastos y se pone caro mostrarse altruista cuando las tripas piden
revancha. Elisenda camina entre la animalidad o el olvido para
digerir el sabor agrio que le invade.
Pintan
bastos y no hay refugio donde lo había. Los lugares balsamo que
permanecían como constante faro se desmayan.
Permanezco
expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un
torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.
Por unos
instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en
las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por
delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una
dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el
trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo
definido.
Libertad sin
trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo,
eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos
círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que
cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar
y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada
es un hechizo irresistible.
El descubrir
la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las
tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi
sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza,
comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve
mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera
disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando
preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el
que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.
Descubrir
que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo
está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan
sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.
Mientras
tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi
principio.
Cálida,
musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en
época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para
todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época
de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible.
Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el
ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella,
apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar
fagotizada por ella. En todo lugar y situación enseñorea su
presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de
terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no
meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de
estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te
pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada
pensamiento y acción. Seguro y cierto
Primer punto
de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el
o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este
apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus
invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer
objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una
Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una
sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el
tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo,
seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación
la de citano!) El menú genera una tensión
insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno
hay algo más, seguro.
Segundo
punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de
espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere
acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras,
y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el
año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué?
¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué
buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la
sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza
fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo
de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el
corazón tan solo de pensarlo.
El tercer
punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que
pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos:
conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no
traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de
madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado
pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios
cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya
cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se
puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en
un ejercicio diplomático a la altura de una cumbre de política internacional,
la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un
invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa
mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que
habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la
mejor de las intenciones.
Si, tiempo
de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de
presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el
carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias
señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año
cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia
cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.
Hace un mes
perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente,
aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad
al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a
la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte
esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte
posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura
ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí
sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no
andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché
un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación.
Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner
patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más
tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la
búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el
intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar
la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a
partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar
visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.
Dando un
corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias
en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente.
Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba
en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con
mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina
doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un
extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No
lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi
pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues
bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a
miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo
ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas
estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada,
lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que
espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi
atención.
Mi
pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo
día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas
del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha
perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una
voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un
pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido
entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín
sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se
sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después
de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía
ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más
preciada.
Mejor callar
si no hay nada interesante que decir. Dogma y paradigma del buen
gusto y el saber estar. Signo inequívoco de inteligencia. Señal de
mesura, comedimiento, proporción. Manifestación de empatía con el
otro, de consideración y generosidad a la hora de no invadir con
razonamientos vacíos, observaciones superfluas, avasallamientos
lingüísticos que no aportan ni suman.
Cierto. La
no observancia de esa práctica tan recomendable lleva a lamentar
meteduras de pata sin cuento, salidas de tono de todo pelaje y a
recitados engorrosos o directamente absurdos. Oportunidades perdidas
de haberse callado en momentos tan poco propicios y que generan
lamentaciones posteriores. Conversaciones en múltiples pistas que en
vez de confluir y sumar se convierten en monólogos que nadie
escucha, mejor así, puesto que nada hay que decir. Regodearse en el
placer de oírse así mismo articulando palabras que nada dicen. Y
aún sabiendo esto, seguimos hambrientos de situaciones en las que
poder abrir la boca para emitir únicamente sonidos sin contenido.
Podríamos catalogarnos mayoritariamente como perdidos y yo a cabeza.
Teoría, asimilada. Consecuencias nefastas de la no observancia a
esta regla de oro de la prudencia, experimentadas. Propósito de
enmienda, a diario. Logros, ninguno.
¿No debería
entablar una conversación ligera con la frutera del barrio puesto que
nada profundo se me ocurre de buena mañana (el resto del día
tampoco)? ¿Qué se puede decir de hondura con el vecino en el
ascensor? ¿A qué nivel de reflexión es necesario llegar para que
el diálogo entre conocidas y amigos sea adecuado al canon y evitar
así caer en la vana charleta? Me rindo. Me gusta la charla
intrascendente entre amigas, con atropellos dialécticos, pisotones
de palabras y empujones de vocablos. Me encanta comenzar a lo tonto y
disfrutar de la simpleza. Poner en la conversación todo tipo de banalidades divertidas, esas coloridas tonterías. Hablar por hablar.
Este placer
de encadenar intrascendencias me ha llevado incluso a encontrar en
este ejercicio habitual que me hace como practicante fiel, boceras de lo
insustancial, transmisora de lo trivial, momentos de
creatividad de andar por casa. Me sorprendo furtiva, mientras coso
bobadas, creando argumentos nuevos, despertando
conocimiento dormidos, recogiendo voces nuevas y elaborando
explicaciones, consideraciones y razonamientos a partir de soberanas
memeces. Vamos, práctica medicinal. Pero es que además, me gusta
¡corcho!