Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
Permanezco
expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un
torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.
Por unos
instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en
las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por
delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una
dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el
trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo
definido.
Libertad sin
trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo,
eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos
círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que
cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar
y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada
es un hechizo irresistible.
El descubrir
la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las
tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi
sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza,
comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve
mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera
disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando
preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el
que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.
Descubrir
que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo
está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan
sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.
Mientras
tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi
principio.
Cálida,
musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en
época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para
todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época
de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible.
Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el
ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella,
apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar
fagotizada por ella. En todo lugar y situación enseñorea su
presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de
terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no
meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de
estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te
pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada
pensamiento y acción. Seguro y cierto
Primer punto
de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el
o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este
apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus
invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer
objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una
Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una
sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el
tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo,
seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación
la de citano!) El menú genera una tensión
insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno
hay algo más, seguro.
Segundo
punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de
espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere
acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras,
y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el
año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué?
¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué
buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la
sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza
fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo
de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el
corazón tan solo de pensarlo.
El tercer
punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que
pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos:
conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no
traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de
madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado
pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios
cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya
cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se
puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en
un ejercicio diplomático a la altura de una cumbre de política internacional,
la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un
invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa
mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que
habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la
mejor de las intenciones.
Si, tiempo
de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de
presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el
carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias
señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año
cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia
cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.
Hace un mes
perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente,
aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad
al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a
la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte
esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte
posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura
ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí
sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no
andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché
un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación.
Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner
patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más
tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la
búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el
intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar
la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a
partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar
visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.
Dando un
corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias
en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente.
Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba
en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con
mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina
doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un
extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No
lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi
pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues
bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a
miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo
ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas
estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada,
lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que
espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi
atención.
Mi
pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo
día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas
del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha
perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una
voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un
pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido
entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín
sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se
sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después
de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía
ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más
preciada.
Mejor callar
si no hay nada interesante que decir. Dogma y paradigma del buen
gusto y el saber estar. Signo inequívoco de inteligencia. Señal de
mesura, comedimiento, proporción. Manifestación de empatía con el
otro, de consideración y generosidad a la hora de no invadir con
razonamientos vacíos, observaciones superfluas, avasallamientos
lingüísticos que no aportan ni suman.
Cierto. La
no observancia de esa práctica tan recomendable lleva a lamentar
meteduras de pata sin cuento, salidas de tono de todo pelaje y a
recitados engorrosos o directamente absurdos. Oportunidades perdidas
de haberse callado en momentos tan poco propicios y que generan
lamentaciones posteriores. Conversaciones en múltiples pistas que en
vez de confluir y sumar se convierten en monólogos que nadie
escucha, mejor así, puesto que nada hay que decir. Regodearse en el
placer de oírse así mismo articulando palabras que nada dicen. Y
aún sabiendo esto, seguimos hambrientos de situaciones en las que
poder abrir la boca para emitir únicamente sonidos sin contenido.
Podríamos catalogarnos mayoritariamente como perdidos y yo a cabeza.
Teoría, asimilada. Consecuencias nefastas de la no observancia a
esta regla de oro de la prudencia, experimentadas. Propósito de
enmienda, a diario. Logros, ninguno.
¿No debería
entablar una conversación ligera con la frutera del barrio puesto que
nada profundo se me ocurre de buena mañana (el resto del día
tampoco)? ¿Qué se puede decir de hondura con el vecino en el
ascensor? ¿A qué nivel de reflexión es necesario llegar para que
el diálogo entre conocidas y amigos sea adecuado al canon y evitar
así caer en la vana charleta? Me rindo. Me gusta la charla
intrascendente entre amigas, con atropellos dialécticos, pisotones
de palabras y empujones de vocablos. Me encanta comenzar a lo tonto y
disfrutar de la simpleza. Poner en la conversación todo tipo de banalidades divertidas, esas coloridas tonterías. Hablar por hablar.
Este placer
de encadenar intrascendencias me ha llevado incluso a encontrar en
este ejercicio habitual que me hace como practicante fiel, boceras de lo
insustancial, transmisora de lo trivial, momentos de
creatividad de andar por casa. Me sorprendo furtiva, mientras coso
bobadas, creando argumentos nuevos, despertando
conocimiento dormidos, recogiendo voces nuevas y elaborando
explicaciones, consideraciones y razonamientos a partir de soberanas
memeces. Vamos, práctica medicinal. Pero es que además, me gusta
¡corcho!
En una cita
de algún filósofo, pensador... que de vez en cuando recoge la
propaganda bancaria intentándose darse lustre pero con el objetivo
nada disimulado de hacerte cliente cautivo, me llamó la atención
una que decía algo así: ¿para qué desear la inmortalidad si
luego no se sabe qué hacer una tarde de domingo lluviosa? Domingo
tarde. Imposible de entender tan mala fama cuando sigue
siendo uno de los ratos festivos por excelencia. Siendo así ¿por
qué hay un elevado número de personas que se despista y acaba con
la posibilidad real por disfrutar pensando en la rutina laboral
próxima? ¿Será privilegio de los que disfrutan esa tarde festiva
ocasionalmente el poder gozar de ella con intensidad?
Lo cierto es
que estoy viviendo una de esas tardes dominicales, con lluvia
incluida y mi perspectiva se resume a deambular por la casa
comprobando en qué zona o lugar se acopla mi cuerpo a la mejor forma de no hacer nada. Pero dan las
5,30 y tengo que salir con el coche para hacer de acompañante
familiar. Miro por la ventana, sigue lloviendo. ¿Hará también frío
para completar el panorama desalentador? Me preparo y hago el
trabajito llevando a uno de mis familiares al otro lado de la ciudad.
Nada más
salir, el cielo se enfurece, pero sólo lo justo pues aparecen rotos
desde los que se cuela una claridad mañanera que ensancha el ánimo.
Los gotones que se han escapado han dado brillo a las calles que
refulgen bajo los rayos transfugas. La ciudad vegetal se ha vestido
de color. Rojos, verdes, amarillos, cenizas, cárdenas, oros... toman
posesión de los espacios dejados por la falta de coches y
transeúntes. El escenario es perfecto, vacío para poder deslumbrar, pintado en colores por si la luz crepuscular quiere hacer los
honores.
Y sí, no
hay nadie. Apenas algún rarito que se decide a salir un
domingo por la tarde, algún grupo juvenil que no tiene noción del
tiempo, los padres presos de la demanda de los más pequeños que
necesitan calle, un grupo de monjas con falda de integración sin éxito
al mando de paraguas díscolos. Nadie más. La ciudad se engrandece
mientras todo el mundo desaparece. La mayoría decide consumir,
aprovechar o asesinar sus tardes finde en casa donde puede que
también suspire con la eternidad sin saber con qué llenarla.
He alargado
el servicio familiar que me ha hecho salir de casa esta tarde con tan
mala prensa. Volante en mano, con la música tristemente alegre de
Simply Red a toda pastilla, a la manera de una road movie urbana.
Banda sonora, personajes secundarios que entran y salen de pantalla,
escenarios naturales únicos y mi mirada que pone la acción y la
trama al drama dominical que se sucede cada siete días como si de un
castigo trágico se tratara. !Qué no se puede derrochar los días de
iniciativa personal, los a nuestra entera disposición, los en
blanco, los a rellenar, como si fuéramos inmortales¡
¡Pero
bueno! ¿Esto será una broma, no? Aquí hay un error ¿si? Alguien
se ha equivocado ¿qué si, no? Perdón, me explico. Acabo de
sufrir una conmoción y estoy confusamente alelada (algo más de lo
habitual) Hace unos días, cumpliendo una norma no escrita, paseaba
la mirada entre un montón de libros apilados en la feria del libro
antiguo que períodicamente llega a la ciudad. Me encantan los libros
antiguos, no así los viejos que me traen olores de almacén húmedo
mal ventilado. Merodeando, como acostumbro, me quedé paralizaba ante
un cajón que contenía unos cuantos libros de lomo colorista y
dibujos juveniles. ¡Repuñetas, son mis libros! Algunas de mis
primeras lecturas, aquellas que me hacían viajar sin moverme del
sofá, las que me procuraban aventuras cualquier día y en cualquier
momento. Que alguien me explique qué significa encontrar tus títulos
primeros, tus lecturas preferidas, aquellas con las que te
introdujiste en la lectura en una feria del libro antiguo. !Antiguo!
Mis orígenes
ya forman parte de la historia, catalogados como producto antiguo,
demodé, añejo, anticuado, trasnochado. Como es comprensible, me
quedé petrificada. ¿Debo tomarlo como una señal o quizá es
simplemente un error? ¿He entrado de lleno en el pleistoceno
existencial y mis orígenes ya forman parte de una era geológica a
punto de la extinción? ¿Tendré que expresarme ya siempre con
pretéritos perfectos muy perfectos, para referirme a cualquier cosa
de mi lejano pasado? ¿Cada opinión sobre mi vida anterior se tomará
como criterio de autoridad imposible de verificar porque se hunde en
tiempos vetustos? ¿Mis pareceres van a adquirir ya el tufillo de
consejos de abuelita patata? Sin aliento, costernada, sobrepasada por
esta señal del paso del tiempo que me coloca donde todavía no estoy
(que no) me fui a meditar.
Estoy
desenfocando la cuestión, seguro. Una mujer con pasado, eso sí. He
acumulado un buen número de experiencias que me han dado criterio
(sí, eso está mejor). Un recorrido vital en el que adquirir
seguridad y sabiduría sobre lo que querer y esperar (bien). El
transcurso de un buen puñado de días que dejan en mi rostro una
sonrisa enigmática y seductora (voy bien). Pocas cosas hacen más
atractiva a una mujer que tener un pasado, a ver si un puñado de
lecturas juveniles clasificadas sin ninguna delicadeza me van a
fastidiar la imagen literariamente fabulosa que esforzadamente cada
día construyo de mí (hasta ahí).
Rebosante de
color, masa y ruido se presenta la plaza. Un polígono regular en el
que confluyen todos los caminos. La plaza se sabe imprescindible para
la ciudad. El comodín que todo el mundo reclama cuando de festejar o
de protestar se trata. Lugar viejo que cada día se reinventa.
Espacio de saludos y despedidas, de encuentros y separaciones. A la
plaza todo le va bien. Es agradecida y al que la transita le ofrece
siempre su mejor versión. Cuerpo muerto que palpita con distinta
intensidad a cada instante.
Hoy su ritmo
es festivo y crepuscular. Sábado plácido, tibio, luminoso. El otoño
asoma pero el verano todavía no se ha despedido y nuestra condición
animal nos hace disfrutar de las últimas tardes tibias con la
urgencia del que se sabe a punto de la despedida. Recreo, ocio y
descanso toman la apariencia de familias, parejas, solitarios...
todos tienen su hueco en la plaza que se ofrece sencilla y dispuesta.
Todos participamos del ritmo urbano, del ver y ser visto, del formar
parte.
Las terrazas
están al completo. Sentada, bebo un sorbo amplio de mi cerveza. Miro
al cielo para que mi mirada no distraiga el paladeo intenso.
Concentrada en el sabor y anclada en primera fila del mejor
espectáculo ciudadano, sé que esta cerveza sabe aquí como en
ninguna parte. Cierro los ojos un instante. Gritos infantiles,
conversaciones fragmentarias, risas. Es el sonido de un animal vivo.
Todo adquiere forma y movimiento al observar lo que estoy mirando.
Mezcla de edades, estéticas y condiciones. Nadie encaja con su
vecino pero todo funciona como una sinfonía bien acoplada. Y la
plaza ruge satisfecha. Seductora y hechicera, todos caemos ante su
embrujo.