jueves, 12 de enero de 2017

Principio

Permanezco expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.

Por unos instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo definido.

Libertad sin trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo, eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada es un hechizo irresistible.

El descubrir la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza, comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.

Descubrir que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.

Mientras tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi principio.


           

jueves, 29 de diciembre de 2016

Tiempo de tensión

Cálida, musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible. Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella, apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar fagotizada por ella. En todo lugar y situación  enseñorea su presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada pensamiento y acción. Seguro y cierto

Primer punto de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo, seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación la de citano!) El menú genera una tensión insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno hay algo más, seguro.

Segundo punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras, y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué? ¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el corazón tan solo de pensarlo.

El tercer punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos: conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en un ejercicio diplomático a la altura  de una cumbre de política internacional, la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la mejor de las intenciones.

Si, tiempo de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.


Los sones suaves que amortiguan

jueves, 22 de diciembre de 2016

El pendiente

Hace un mes perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente, aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación. Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.

Dando un corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente. Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada, lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi atención.


Mi pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más preciada.



  
¿Qué le gustaría a J. Vermeer?
La chica de la perla
J. Vermeer

sábado, 12 de noviembre de 2016

Chachareando


Mejor callar si no hay nada interesante que decir. Dogma y paradigma del buen gusto y el saber estar. Signo inequívoco de inteligencia. Señal de mesura, comedimiento, proporción. Manifestación de empatía con el otro, de consideración y generosidad a la hora de no invadir con razonamientos vacíos, observaciones superfluas, avasallamientos lingüísticos que  no aportan ni suman.

Cierto. La no observancia de esa práctica tan recomendable lleva a lamentar meteduras de pata sin cuento, salidas de tono de todo pelaje y a recitados engorrosos o directamente absurdos. Oportunidades perdidas de haberse callado en momentos tan poco propicios y que generan lamentaciones posteriores. Conversaciones en múltiples pistas que en vez de confluir y sumar se convierten en monólogos que nadie escucha, mejor así, puesto que nada hay que decir. Regodearse en el placer de oírse así mismo articulando palabras que nada dicen. Y aún sabiendo esto, seguimos hambrientos de situaciones en las que poder abrir la boca para emitir únicamente sonidos sin contenido. Podríamos catalogarnos mayoritariamente como perdidos y yo a cabeza. Teoría, asimilada. Consecuencias nefastas de la no observancia a esta regla de oro de la prudencia, experimentadas. Propósito de enmienda, a diario. Logros, ninguno.

¿No debería entablar una conversación ligera con la frutera del barrio puesto que nada profundo se me ocurre de buena mañana (el resto del día tampoco)? ¿Qué se puede decir de hondura con el vecino en el ascensor? ¿A qué nivel de reflexión es necesario llegar para que el diálogo entre conocidas y amigos sea adecuado al canon y evitar así caer en la vana charleta? Me rindo. Me gusta la charla intrascendente entre amigas, con atropellos dialécticos, pisotones de palabras y empujones de vocablos. Me encanta comenzar a lo tonto y disfrutar de la simpleza. Poner en la conversación todo tipo de banalidades divertidas, esas coloridas tonterías. Hablar por hablar.

Este placer de encadenar intrascendencias me ha llevado incluso a encontrar en este ejercicio habitual que me hace como practicante fiel, boceras de lo insustancial, transmisora de lo trivial,  momentos de creatividad de andar por casa. Me sorprendo furtiva, mientras coso bobadas, creando argumentos nuevos, despertando conocimiento dormidos, recogiendo voces nuevas y elaborando explicaciones, consideraciones y razonamientos a partir de soberanas memeces. Vamos, práctica medicinal. Pero es que además, me gusta ¡corcho!



Una más







martes, 25 de octubre de 2016

El estigma de la tarde de domingo

En una cita de algún filósofo, pensador... que de vez en cuando recoge la propaganda bancaria intentándose darse lustre pero con el objetivo nada disimulado de hacerte cliente cautivo, me llamó la atención una que decía algo así: ¿para qué desear la inmortalidad si luego no se sabe qué hacer una tarde de domingo lluviosa? Domingo tarde. Imposible de entender tan mala fama cuando sigue siendo uno de los ratos festivos por excelencia. Siendo así ¿por qué hay un elevado número de personas que se despista y acaba con la posibilidad real por disfrutar pensando en la rutina laboral próxima? ¿Será privilegio de los que disfrutan esa tarde festiva ocasionalmente el poder gozar de ella con intensidad?

Lo cierto es que estoy viviendo una de esas tardes dominicales, con lluvia incluida y mi perspectiva se resume a deambular por la casa comprobando en qué zona o lugar se acopla mi cuerpo a la mejor forma de no hacer nada.   Pero dan las 5,30 y tengo que salir con el coche para hacer de acompañante familiar. Miro por la ventana, sigue lloviendo. ¿Hará también frío para completar el panorama desalentador? Me preparo y hago el trabajito llevando a uno de mis familiares al otro lado de la ciudad.

Nada más salir, el cielo se enfurece, pero sólo lo justo pues aparecen rotos desde los que se cuela una claridad mañanera que ensancha el ánimo. Los gotones que se han escapado han dado brillo a las calles que refulgen bajo los rayos transfugas. La ciudad vegetal se ha vestido de color. Rojos, verdes, amarillos, cenizas, cárdenas, oros... toman posesión de los espacios dejados por la falta de coches y transeúntes. El escenario es perfecto, vacío para poder deslumbrar, pintado en colores por si la luz crepuscular quiere hacer los honores.

Y sí, no hay nadie. Apenas algún rarito que se decide a salir un domingo por la tarde, algún grupo juvenil que no tiene noción del tiempo, los padres presos de la demanda de los más pequeños que necesitan calle, un grupo de monjas con falda de integración sin éxito al mando de paraguas díscolos. Nadie más. La ciudad se engrandece mientras todo el mundo desaparece. La mayoría decide consumir, aprovechar o asesinar sus tardes finde en casa donde puede que también suspire con la eternidad sin saber con qué llenarla.


He alargado el servicio familiar que me ha hecho salir de casa esta tarde con tan mala prensa. Volante en mano, con la música tristemente alegre de Simply Red a toda pastilla, a la manera de una road movie urbana. Banda sonora, personajes secundarios que entran y salen de pantalla, escenarios naturales únicos y mi mirada que pone la acción y la trama al drama dominical que se sucede cada siete días como si de un castigo trágico se tratara. !Qué no se puede derrochar los días de iniciativa personal, los a nuestra entera disposición, los en blanco, los a rellenar, como si fuéramos inmortales¡


           

domingo, 16 de octubre de 2016

A punto de shock


¡Pero bueno! ¿Esto será una broma, no? Aquí hay un error ¿si? Alguien se ha equivocado ¿qué si, no? Perdón, me explico. Acabo de sufrir una conmoción y estoy confusamente alelada (algo más de lo habitual) Hace unos días, cumpliendo una norma no escrita, paseaba la mirada entre un montón de libros apilados en la feria del libro antiguo que períodicamente llega a la ciudad. Me encantan los libros antiguos, no así los viejos que me traen olores de almacén húmedo mal ventilado. Merodeando, como acostumbro, me quedé paralizaba ante un cajón que contenía unos cuantos libros de lomo colorista y dibujos juveniles. ¡Repuñetas, son mis libros! Algunas de mis primeras lecturas, aquellas que me hacían viajar sin moverme del sofá, las que me procuraban aventuras cualquier día y en cualquier momento. Que alguien me explique qué significa encontrar tus títulos primeros, tus lecturas preferidas, aquellas con las que te introdujiste en la lectura en una feria del libro antiguo. !Antiguo!

Mis orígenes ya forman parte de la historia, catalogados como producto antiguo, demodé, añejo, anticuado, trasnochado. Como es comprensible, me quedé petrificada. ¿Debo tomarlo como una señal o quizá es simplemente un error? ¿He entrado de lleno en el pleistoceno existencial y mis orígenes ya forman parte de una era geológica a punto de la extinción? ¿Tendré que expresarme ya siempre con pretéritos perfectos muy perfectos, para referirme a cualquier cosa de mi lejano pasado? ¿Cada opinión sobre mi vida anterior se tomará como criterio de autoridad imposible de verificar porque se hunde en tiempos vetustos? ¿Mis pareceres van a adquirir ya el tufillo de consejos de abuelita patata? Sin aliento, costernada, sobrepasada por esta señal del paso del tiempo que me coloca donde todavía no estoy (que no) me fui a meditar.

Estoy desenfocando la cuestión, seguro. Una mujer con pasado, eso sí. He acumulado un buen número de experiencias que me han dado criterio (sí, eso está mejor). Un recorrido vital en el que adquirir seguridad y sabiduría sobre lo que querer y esperar (bien). El transcurso de un buen puñado de días que dejan en mi rostro una sonrisa enigmática y seductora (voy bien). Pocas cosas hacen más atractiva a una mujer que tener un pasado, a ver si un puñado de lecturas juveniles clasificadas sin ninguna delicadeza me van a fastidiar la imagen literariamente fabulosa que esforzadamente cada día construyo de mí (hasta ahí).



Otro consuelo

             

sábado, 8 de octubre de 2016

Plaza mayor


Rebosante de color, masa y ruido se presenta la plaza. Un polígono regular en el que confluyen todos los caminos. La plaza se sabe imprescindible para la ciudad. El comodín que todo el mundo reclama cuando de festejar o de protestar se trata. Lugar viejo que cada día se reinventa. Espacio de saludos y despedidas, de encuentros y separaciones. A la plaza todo le va bien. Es agradecida y al que la transita le ofrece siempre su mejor versión. Cuerpo muerto que palpita con distinta intensidad a cada instante.

Hoy su ritmo es festivo y crepuscular. Sábado plácido, tibio, luminoso. El otoño asoma pero el verano todavía no se ha despedido y nuestra condición animal nos hace disfrutar de las últimas tardes tibias con la urgencia del que se sabe a punto de la despedida. Recreo, ocio y descanso toman la apariencia de familias, parejas, solitarios... todos tienen su hueco en la plaza que se ofrece sencilla y dispuesta. Todos participamos del ritmo urbano, del ver y ser visto, del formar parte.


Las terrazas están al completo. Sentada, bebo un sorbo amplio de mi cerveza. Miro al cielo para que mi mirada no distraiga el paladeo intenso. Concentrada en el sabor y anclada en primera fila del mejor espectáculo ciudadano, sé que esta cerveza sabe aquí como en ninguna parte. Cierro los ojos un instante. Gritos infantiles, conversaciones fragmentarias, risas. Es el sonido de un animal vivo. Todo adquiere forma y movimiento al observar lo que estoy mirando. Mezcla de edades, estéticas y condiciones. Nadie encaja con su vecino pero todo funciona como una sinfonía bien acoplada. Y la plaza ruge satisfecha. Seductora y hechicera, todos caemos ante su embrujo.