sábado, 8 de octubre de 2016

Plaza mayor


Rebosante de color, masa y ruido se presenta la plaza. Un polígono regular en el que confluyen todos los caminos. La plaza se sabe imprescindible para la ciudad. El comodín que todo el mundo reclama cuando de festejar o de protestar se trata. Lugar viejo que cada día se reinventa. Espacio de saludos y despedidas, de encuentros y separaciones. A la plaza todo le va bien. Es agradecida y al que la transita le ofrece siempre su mejor versión. Cuerpo muerto que palpita con distinta intensidad a cada instante.

Hoy su ritmo es festivo y crepuscular. Sábado plácido, tibio, luminoso. El otoño asoma pero el verano todavía no se ha despedido y nuestra condición animal nos hace disfrutar de las últimas tardes tibias con la urgencia del que se sabe a punto de la despedida. Recreo, ocio y descanso toman la apariencia de familias, parejas, solitarios... todos tienen su hueco en la plaza que se ofrece sencilla y dispuesta. Todos participamos del ritmo urbano, del ver y ser visto, del formar parte.


Las terrazas están al completo. Sentada, bebo un sorbo amplio de mi cerveza. Miro al cielo para que mi mirada no distraiga el paladeo intenso. Concentrada en el sabor y anclada en primera fila del mejor espectáculo ciudadano, sé que esta cerveza sabe aquí como en ninguna parte. Cierro los ojos un instante. Gritos infantiles, conversaciones fragmentarias, risas. Es el sonido de un animal vivo. Todo adquiere forma y movimiento al observar lo que estoy mirando. Mezcla de edades, estéticas y condiciones. Nadie encaja con su vecino pero todo funciona como una sinfonía bien acoplada. Y la plaza ruge satisfecha. Seductora y hechicera, todos caemos ante su embrujo.  


domingo, 18 de septiembre de 2016

Cowboys y marinos

No hay forma de mantener la compostura. En cuanto bajo la guardia, mi neurona querida me traiciona abandonando la vigilia. Entonces, mi atención se extravía, mi mirada queda errática y entro en un  estado me mema integral de lo más inconveniente.

Excursión al desierto de Tabernas, Almería. Calor, tierra seca y matojos. Tras un recodo, en una carretera polvorienta aparece un espejismo con apariencia de pueblo del Oeste americano. Es real, bueno todo lo real que  puede ser un decorado de películas de bajo coste y ambiciones acomodadas. Intentando ganarse la vida se encuentra un puñado de cowboys y chicas de saloon. El grupo del oeste almeriense trabaja durante unas calurosas horas al día, no sé cuántos días a la semana y desconozco durante cuántos meses al año. Se meten en su papel con la intención de transportarnos a todos los mirones que allí nos encontrábamos al territorio de spaghetti western. Cuando la función termina, en el momento de quitarse los sombreros, despojarse de las botas camperas y del rifle, seguro que los cowboys se transforman en almerienses de a pie que van a comprar al DIA del barrio en vez de cultivar el rancho y frecuentan la gasolinera de turno en lugar de hacerse con herraduras para su caballo. Y claro, dispersa como suele acostumbrar a estar una cuando no toca, al compás en el que se celebraba el espectáculo no podía dejar de interrogarme sobre aquella excentricidad laboral. ¿Imprime carácter una ocupación de tal calado o por el contrario ni tan siquiera roza la epidermis? ¿Al entrar en la tasca de su pueblo lo hacen lanzando duras y esquivas miradas, utilizando monosílabos secos al pedir el carajillo mañanero? ¿Los paseos por las calles del barrio se convierten en una demostración de como avanza por la vida, con paso seguro e indiferente, el feo, fuerte y formal del lugar?

Cabo de Gata, sureste español. Del desierto al mar sin solución de continuidad. Después de visitar una de las playas del Cabo me quedan ganas de más. A la caza de una playa inaccesible (luego no resulta tanto, pero bueno eso es otro tema) a la que sólo se puede llegar por mar. Para arribar a la ansiada cala es necesario contratar los servicios de un curtido barquero que armado de experiencia y paciencia se dedica a proporcionar dicho servicio a los turistas que lo invadimos todo. El atezado lobo de mar maneja con soltura y seguridad la barquichuela haciendo recortes a las olas que se empeñan en poner interesante la breve excursión. En un momento en que una ola nos hace dar un buen bote, el marino cambia su gesto impertérrito confesando al pasaje que el Levante que nos obliga a cabalgar sobre las ola sin descanso, no le está dejando trabajar este verano puesto que está empeñado en soplar sin descanso. Ya está. Entre bote y bote náutico, otra vez se me confunde la atención y abisma la mirada. ¿Éste halcón de los siete mares al volver a casa se desprenderá del sabor a sal y aventura tomando una ducha y pensando en lo mal que está el negocio? ¿Se evadirá soñando en dar caza al navegante enemigo visitando todas las costas tal y como lo hacía Rusell Crowe en su navegación de caza y captura del gabacho enemigo? ¿Fantaseará con la llegada de esa ocasión en la que podrá hacerse a la mar en busca de nuevas tierras a las que llegar después de innumerables peligros?

Pongo el pie en la playa y el embrujo desaparece. ¿Serán el cowboy y el marino quijotes almerienses, románticos aventureros en espera de que se presente la andanza de su vida, aquella que poder relatar a todo el que quiera oír, esa que hace posible aguantar una vida gris y rutinaria? O ¿Simplemente son dos ejemplos más de esforzados pluriempleados que se buscan la vida metiéndose en la piel de quién haga falta intentando no acabar con un síndrome de personalidad múltiple que les extravíe de por vida?

!Ay, ay... qué ya he llegado a casa y sigo con cara de boba¡





lunes, 5 de septiembre de 2016

Charla de agua

Sentada en el sofá de casa, en una noche veraniega en la que la temperatura aconseja mantener abiertas las ventanas hasta la madrugada, me sorprende el estrépito de uno de los aspersores de agua de una zona ajardinada vecina. El agua, obligada a enloquecer, en su descenso choca estruendosamente con las baldosas de la acera colindante. A pesar del calor ambiente, este aguacero repentino me asusta y agradezco cuando, minutos más tarde, cesa la gota fría dejando una calma sonora que es la que demanda la noche estival. Es una agua ofendida, apurada, angustiada en su exigencia por salir la que hiere a quien la recibe.

Este rotundo fluir, me ha traído otros. No colecciono sonidos acuáticos pero ahora que lo pienso atesoro un repertorio variado, por otra parte, muy común a la experiencia general de la mayor parte del personal que agudiza el oído. Recuerdo el vital arroyo de montaña que proclama su vigor y lozanía inclemente ante el dolor de cabeza que me va creando a cada minuto de contemplación bucólica. Evoco las olas del mar batiéndose frente a la costa y como me impresionan con su majestuosidad y fortaleza. Un acompañamiento acompasado de espumarajos y gorgoteos se unen al bramido de la sintonía central. Aunque impávida e ignotizada por los sucesivos choques y retrocesos, los rugidos y rumores, el magnetismo del espectáculo acuático comienza a transformarse en el eco de un castigo divino en el que el estrépito líquido se estrella contra la dura roca con el único objeto de coger aliento para volver a empezar. Acabo fatigada y compadeciendo el denodado trabajo del impetuoso líquido. Rememoro esas corrientes sometidas en las fuentes urbanas y palaciegas en las que la cadencia sonora del agua alterna estrépitos, gorgoteos y silencios. Me entrego a su polifonía los minutos estrictamente preceptivos para que se produzca el primer momento de asombro. Al poco, acaba siendo un barullo difícil de aguantar.

He recordado otro canto de agua. Un estribillo que no supe ver ni oír hace unos días en La Alhambra. El agua de los Palacios Nazaríes granadinos no molesta ni invade sino que acompaña, sencilla y humilde. En un entorno en el que todo parece haberse diseñado para complacer los sentidos y buscar el bienestar, los canalillos fluidos son la sangre que se desplaza suave y armoniosa, recorriendo salas y patios. Siempre en segundo plano pero con una presencia esencial. Es su murmullo ligero y fresco el que marca el ritmo del palacio. No le pediría más al agua que me quiere hablar.

         

lunes, 1 de agosto de 2016

Dónde abastecerse

Me va la proximidad. Lo conocido, cómodo, trillado. Me quedo con el comercio de barrio. No es un eslogan, qué va, únicamente realidad contrastada. Como necesidad, virtud o vagancia, he llegado a esta práctica por el camino más corto y no hago más planteamientos comparativos o valorativos sobre el particular. Soy cliente cautiva de la frutería-verdulería, de la pescadería, carnicería, panadería que más cerca me brinda sus exquisiteces.

Esta costumbre cotidiana que cumplo sin rechistar entró en crisis cuando la neurona aletargada que poseo se despertó echando por tierra el paraiso de comodidad incuestionable en el que me desenvuelvo. El wake-up neuronal ocurrió al entrar la semana pasada a la frutería. Me planté delante de los coloristas amontonamientos vegetales y pedí un kilogramo de melocotones. La profesional que regenta el negocio me atendió diciendo que me ponía de los que me gustan. Palabrita del niño Jesús que yo no la frecuento todos los días y no voy proclamando a voz en cuello mis preferencia hortofrutícolas, pero la frutera me conoce. Con mis silencios, mis decisiones, mis miradas, mis mohines y reiteraciones me tiene fichada. Sin llegar a ponerme paranoica, puedo decir que sin yo quererlo, conoce mis gustos, dieta y disponibilidad económica. Todo mediante las elecciones que realizo a través de mis noes y mis sies. Aquello me inquietó un poco, pero cuando verdaderamente me preocupé fue al entrar en la carnicería, dos días después. Entonces, el diligente carnicero se dirigió a mi para decirme que tal pieza de carne, que es la que suelo comprar, y él lo sabe, claro, estaba de oferta. Puñeta él también sabe mis gustos, cómo somos de carnívoros en casa y hasta donde puedo permitirme comprar una pieza u otra.

Sé que este temor que atenta a la invasión de mi intimidad puede verse como decidida paranoia por mi parte o estupidez supina sin paliativos. La mayoría de parroquianas/as del barrio disfruta compartiendo los sucesos del fin de semana con la pescatera y regalan sonrisas cuando el panadero les atiende por su nombre. Lo sé, el problema es mío, pero es real. Así pues, intentando cortar de raíz esta invasión de mi dieta y circunstancia he vuelto mis ojos hacia el funcional y aséptico hipermercado.

Confiando en disfrutar de un deseado anonimato, cojo un carro y me lanzo al lujurioso autoabastecimiento que me brinda un buen número de pasillos por recorrer, una innumerable cantidad de marcas de productos para elegir con la mayor diversidad de precios y calidades. Comienzo animada pero mi euforia va menguando poco a poco. Me cuesta orientarme y no sé donde están los productos que necesito. Bien, paciencia, no hay prisa. Después de unos cuantos kilómetros a través de pasillos bien surtidos de cosas que no deseo, voy encontrando lo que he venido a buscar. Mi carro se va llevando y nadie repara en qué me llevo y qué desecho. Eso sí, en un par de ocasiones he tenido que correr a la caza y captura del empleado/a para que me despeje una duda o me sitúe un producto. Bien, pequeños contratiempos. Observando el tráfico rodado existente en el cruce de los pasillos no puedo entender cómo hay gente que liga en los hipers, yo he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no reñir con algún memo que lleva el carro como si fuera el gerente de la cadena. Vale, objetivo cumplido. Carro lleno. Espero pacientemente en la fila para pagar. Veinte minutos más tarde, ya en el coche, caigo en la cuenta de que comprar en una gran superficie puede contribuir a desarrollar mis bíceps (he sacado toda la compra para luego volver a guardarla cuatro veces y todavía me resta llevarla a casa)

Desfondada por la experiencia, ya en mi cocina, me doy cuenta de que he olvidado las naranjas del zumo mañanero. Puñeta, tendré que ir a la frutería. Me acerco con temor e intento leer entre mirada y sonrisa de la frutera. ¿Estará pensando que le he sido infiel o que me ha salido diabetes y debo reducir mi ingesta de azúcares naturales? En ese preciso instante, cuando ya me disponía a pagar, veo mi cara reflejada en un espejo de la estantería que cobija las peras y, decididamente, contemplo la encarnación de la estupidez superlativa que a la frutera socióloga, a buen seguro, no se le escapa.


Perfecto. A ver si pongo en hibernación a la neurona que alimento con el objetivo de que no me de más disgustos, repuñeta.  


            

Para que se me pase el mal rato

miércoles, 20 de julio de 2016

Me aburro

Tarde de julio, vacaciones. Ola de calor africana. No sé qué hacer con mi cuerpo serrano. Vagabundeo por la casa, quién se atreve a enfrentarse con el implacable calorazo del exterior. Con precaución saco la cabeza por la ventana por ver si un vientecillo norteño ha equivocado su curso y recala en mi barrio ¡Puñetas! el ardiente Sáhara me da una bofetada asfixiante y se cuela en mi dormitorio. Aprendo de la escaramuza y cierro persianas, ventanas y practico la estrategia defensiva vista en el cine: inmovilidad total, me aletargo con la esperanza de que mis constantes vitales se queden al mínimo.

Ubicada en el córner más fresco de mi morada y adoptada la posición defensiva más ventajosa ahora ¿qué? Ocasión de lujo: leo, leo y leo. Después de un rato, de un buen rato... me aburro. Ya no tengo más interés por saber en qué puñetero lío se ha vuelto a meter el prota de la novela, y el libro se me escurre de las manos. Entonces le doy su oportunidad a la música. Luz tenue (qué remedio), melodías elegidas, volumen a voluntad... La embriaguez sonora me dura un rato para caer en el tedio que llega antes de lo previsto. Idea arriesgada: probaré con la tele. Zapping convulsivo para convencerme de que no es el momento y no me decido entre meterme en la vida de una pandilla de petardos/as, conocer el mundo apasionante de la oruga negra brasileña, participar en una vaquerada por los ardientes territorios de Texas o esquivar balazos  en la peligrosamente y atractiva Miami !Puaf, qué asquito¡ Cómo va subiendo el grado de sopor que incluso se me ocurre lanzarme a la cocina para hacer un bizcocho o similar. Rápidamente lo desestimo, tendría que batir, amasar, acalorarme con el horno !quita, quita, ni hablar¡ El caso es que el armario ropero necesita una urgente operación de reubicación de contenidos que postpongo sine die... y así va a seguir.

Algo falla. ¿No es el verano la estación del todo es posible, un tiempo soñado durante el resto del año, una meta que comienza a anhelarse a uno de septiembre, el periodo en el que todo el mundo está alegre, el tiempo es perfecto, las actividades postergadas por fín toman cuerpo, se conocen países lejanos y se crean relaciones exóticas con las cuales regodearse durante los once meses posteriores? ¿Cómo entonces puedo estar aquí yo como un monstruo pelón dejando pasar las bondades de un verano sin igual? ¿De qué forma tan grosera me aburro como una ostra en roca aislada? ¿Qué actividad apasionante me ha pasado inadvertida y ahora me resulta imposible reorientar mis preciados días vacacionales? Vuelvo a mi posición defensiva inactiva esperando una gloriosa iluminación, aguardando que llegue antes de que el próximo periodo de apasionante actividad forzosa me rescate se este espejismo de jubiloso descanso.

Forges





jueves, 14 de julio de 2016

Más que café

Estoy cogiendo una mala costumbre. Veo disyuntivas filosóficas en cualquier nadería cotidiana. El último debate existencial se me planteó hace dos días tomando café. Tardecita de solatera estival. ¿Dónde mejor para asesinar un ratín vespertino que en una aseada cafetería provista de aire acondicionado? No hay nadie. Pido un café y elijo una mesa para ver la vida pasar. Al momento entra un ciudadano que por la proximidad con que se relaciona con la encargada es un asiduo además de conocido. Entre sorbo y sorbo de él y ordenación y limpieza de mostrador de ella se inicia un diálogo. Yo intento abstraerme de lo que ocurre en la barra mirando al asfalto sin conseguirlo.
- Ya me he comprado el vestido, le anuncia ella. Me ha costado, continúa, después de probarme más de diez me decidí por uno de fiesta pero sin pasarme. Tiene un volante que le da gracia y un poco de cola de sirena. No demasiada, no quiero ir exagerada. Además, he cogido un bolso de lentejuelas con zapatos a juego. Tampoco voy a ir disfrazada. No es lo mío.
Él sigue atentamente la descripción del atuendo para a continuación preguntarle por la ropa que llevará él, entiendo que él es el amigo en común y pareja de ella.
Agradecida por el ofrecimiento a seguir, ella le informa.
- Ya he pensado lo que le voy a coger. Un traje, un traje... ¡pero si él no es de traje! Bueno no sé. No quiero el típico traje negro con camisa blanca. Lo quiero elegante pero moderno, que sea muy él. Eso sí con corbata. Él solo quiere ir a Massimo Dutti, pero jolín eso es caro.
- Bueno, ya encontraréis algo, tercia el otro, que con el monólogo de la encargada ha tenido tiempo de sobra para acabar su café.
- Sí, contesta ella agradecida por la atención y comprensión del otro.
Acto seguido, él se levanta y después de despedirse sale reconfortado por la cafeina consumida e informado de la cuitas de su amiga.

Y entonces yo, que no he podido ver la vida desde mi puesto de vigilancia al verme obligada a ser testigo mudo del diálogo, me encuentro inmersa en una deliberación filosófica de altura: ¿se puede vivir en una continua contradicción y no caer en el desaliento? Vestido festivo pero sin pasarse. Con volante y traje de cola de sirena pero sin sentirse disfrazada. Con lentejuelas (pack zapatos y bolso) pero con normalidad. Traje de caballero moderno, barato, elegante, con personalidad que encontrará y elegirá ella.

Me sorprendo al comprobar que una gran parte de la humanidad nos vemos a diario en situaciones tan nimias y contradictorias como ésta. El sí pero..., bien no obstante... , perfecto sin embargo...
!Cuánta energía derrochada en nimias paradojas¡ !Qué cansancio el moverse en el campo de las certezas para hacer inmediatamente lo que las contradice¡

Aunque, sigo divagando, si por otra parte, estas ocupaciones pequeñas, intrascendentes e ineludibles que nos acorralan a diario proporcionan pequeñas satifacciones, chispazos alegres que se reparten por la abrumadora cotidianidad... y aunque estén cosidas de sutiles o aplastantes, según el caso, contradicciones, si les damos acomodo con toda naturalidad como es el caso...


Bien, no sé. No dejo de pensar en vestido cola de sirena.


Las tres hermanas
Sorolla
Una belleza cierta. Si ¿no?

lunes, 4 de julio de 2016

Imprescindibles e invisibles

Llegan las fiestas de Pamplona y todo el mundo se vuelve loco o idiota, según el caso. Cita obligada para bullangueros, curiosos, juerguistas, simpaticones y merluzos de todo sexo, condición y nacionalidad. Fecha señalada en muchos calendarios cuyos poseedores se preparan para cumplir con todos y cada uno de los protocolos, actos sociales y requerimientos a los que la Fiesta obliga. La vestimenta es algo de lo que nadie se ocupa puesto que todo el mundo la da por hecho: blanco y rojo, por favor. Estar en forma para aguantar el vagabundeo constante por las calles de la ciudad, nada de recogiditos en un cuco local privado: no, todos a la calle a invadirla, a inundarla de gente con ganas de guasa. Rodearse del grupo habitual de amistades o familia para compartir los raticos, o variante muy usada estos días, crear otros grupos alternativos que dan mucho juego puesto que suponen la diversión sin complicación. Manejar una buena provisión económica, se va a necesitar. Dotarse con la mejor de las sonrisas.... y a disfrutar.

Pero hay algunos aspectos que se escapan al disfrutador ocasional, e incluso al permanente, que enloquece estos días en la ciudad. ¿Hay alguien que cree que la Fiesta nace sola, que es fruto de un hechizo que se produce el 6 de julio y como si de una Cenicienta se tratara desaparece el 14 de julio a las doce de la noche? Yo, que soy conocedora de la fiesta, creo que sí. Muchos no piensan en nada, puro milagro. Otros piensan que debe haber mucho personal preparándola y haciéndola posible durante el transcurso de los días, pero dedica a este pensamiento cinco minutos. Los menos, valoran en su justa medida el esfuerzo ciudadano que supone un fiestorro de este calado. Me quedo con estos últimos. De entre estos, a los que más se les reconoce el trabajo realizado es a políticos, gestores municipales, policía y al sector sanitario. Previsible. Los políticos se reconocen y se dan parabienes entre ellos e incluso, los días previos, henchidos de una generosidad propiciada por la cercanía de la fiesta que a todos hermana, se acuerdan de agradecer su labor en las fiestas al sector policial y al sanitario, y en los últimos tiempos, en ocasiones, también a los esforzados miembros del sector de la limpieza ciudadana y a la hostelería.


Hasta ahí nada que objetar y mucho que echar de menos. Pero bueno ¿esta ciudad se paraliza durante las fiestas? ¿Quién une a unos barrios con otros? ¿Quién sigue transportando tanto a los que trabajan durante las fiestas como a los que las disfrutan? ¿Quién lleva a miles de personas de una diversión a otra, de los toros a las verbenas, del encierro al almuerzo, de los fuegos artificiales a casa? ¿Quién aguanta a los graciosillos que se hacen los simpaticones y a los borrachuzos que se ponen peligrosos? ¿Quién trabaja prestando un servicio de 24 horas diarias, durante todos los días, en las fiestas de su pueblo? Pues según constato, por el inexistente agradecimiento y reconocimiento de medios de comunicación y sectores políticos y administrativos, nadie. Los trabajadores y trabajadores del Servicio Público de Transportes de Pamplona, son imprescindibles e invisibles a un tiempo. ¡Qué paradoja! Nadie repara en ellos y ellas, se da por hecho que estarán allá, y muy pocas personas son capaces de imaginar cómo sería la Fiesta sin su trabajo estos días. Pues ya está bien. Están a todas las horas del día y de la noche, inundan las calles, están bien presentes y su trabajo es imprescindible. Siendo así ¿cómo la ciudad es tan poco generosa al no reconocer su papel? Señores y señoras encargados de la gestión pública, a ver si dan un poco de ejemplo mirando con otros ojos todos los servicios que hacen de esta ciudad lo que es. Medios de comunicación, ustedes que informan y constatan el pulso de la ciudad, a ver si observan más lo evidente, hay mucho que decir a cerca de la gente que hace posible la locura colectiva anual y no son los de siempre. Al ciudadano de a pie, si vuestro reconocimiento en estas fechas, en las que casi todo el mundo está de fiesta, se torna en una sonrisa en vez de una exigencia, seguro que ellos y ellas, los trabajadores y trabajadoras del transporte público de Pamplona sentirán que también contribuyen a la Fiesta de una manera decisiva. Va por ellos/as.