Sentada en este diván digital, inicio una terapia como desahogo y para poder salir del extrañamiento al que me lleva la observación del homo sapiens. Me daré un tiempo con la esperanza de no caer en una ignorancia perpleja que me deje cara de mema de por vida. Necesitaré ayuda... ¡Socorro!
La
lagartija de acelerados movimientos busca las solanas para activarse
y yo no sé cómo esquivar la calorina y seguir funcionando con
cierta normalidad.
El
grano de uva se derrite con la subida de la temperatura y seducido
ante el calorcito se vuelve dulce y pleno, mientras por mi frente se
desliza una gota redondita de sudor.
La
cigarra está pletórica y en sintonía con la elevación del
mercurio emite la más elaborada sinfonía. En cambio, mientras
sigo la banda sonora animal, la percepción del calor se hace más
intensa y así consigo tener varios sentidos completamente
desestabilizados.
El
trigo verde que tapizaba laderas y llanos se ha vuelto dorado de puro
placer mientras mi rostro se congestiona y comienza a adquirir un
tono rojizo que habla claramente de mi inadecuación a la
transpiración en climas cálidos.
Estoy
hasta el capirote de este calor estival en latitudes patrias frías y
de esta naturaleza inclemente que funciona impasible ante mis
pesares.
Con una
mínima esperanza de paliar la situación me voy a poner a leer a
Javier Cacho y su Admundsen-Scott: duelo en la Antártida. No
se me ocurre otro mejor remedio a mi alcance.
Salgo,
camino, miro. La retina se vuelve verde. Las calles y avenidas se
estrechan. Retrocede el duro asfalto. Avanza el verde móvil de mil
tonalidades. Se esponjan los volúmenes vegetales que limitan y
contornean los paseos. Progresan, intimidan, imponen un roce
pasajero. Amenazan con devorar al gris, marrón, pardo.
Pieles
vegetales nudosas, callosas, dan a luz delicados capullos rosáceos
antes de decidirse por transformarse en viva esmeralda. Doseles de
pétalos malva tiemblan antes caer sobre los bancos de parques y
plazas. Se incendian setos de hoja rojiza. Alineaciones de arbolillos
de hoja infantil conquistan las medianas. Aristocráticos lirios
violeta franquean parterres. Nadie los había visto hasta ahora y
volverán en breve a su mutismo anual. Tulipanes multicolores bailan
junto a pequeños pensamientos ritmos coloridos dentro de jardines de
todos los tamaños. Arbolillos de tupida copa-nido se ofrecen a los
ruidosos gorriones del barrio. Alfombras vivas de margaritas y
amarillas son estrellas fugaces en el césped ciudadano.
Mientras
el altavoz anuncia con tono cantarín las bondades de la leche del
país, empujo hacia la caja el carro del supermercado mirando en
ambas direcciones y esperando no haber olvidado nada. Alcanzo la
altura de la cinta, donde volver a sacar todo lo comprado, pagar y
volver a meterlo para poder volver guardarlo en el coche y
posteriormente, ya en casa, volver a sacarlo. En ese momento,
una
señora delante mía, reacciona furibunda con un grito y un
improperio ante la caída de una botella de plástico que se rompe
en la caída. Después de una lluvia de quejas desproporcionadas, su
ira se dirige hacia un señor que había depositado la botella en la
cinta y, al moverse ésta, se había caído salpicando el pan de la
femina gritona. El estupefacto caballero acaba por contestar airado a
la hidra vestida de leggins poniéndose a su nivel y convirtiendo la
compra semanal en un barrizal dialéctico.
Una vez
en el coche, con la compra bien asegurada en el maletero, me dirijo
a casa. Pasados unos minutos de conducción inicio la deceleración
ante un semáforo amarillo-casi rojo, ese color ambivalente que tan
frecuentemente invita al pecado. La opción elegida por mi compañero
de carril parecer ser la misma que la mía. En ese mismo instante
aparece una distraída treintañera que inicia el paso, cuando mi
compañero parece cambiar de opinión y suavemente, como si nadie
fuéramos capaces de ver la maniobra, continúa la marcha. La
muchacha reacciona con un gesto de sorpresa y enfado que se
materializa en una lindeza castiza que no voy a repetir. Es entonces
cuando el conductor responde parando unos metros más adelante,
sacando la cabeza por la ventanilla y respondiendo con vocabulario
de nivel académico chabolista su particular interpretación del
código de circulación. Los segundos que median entre el rojo y el
verde del se convierten en una competición de ademanes para
adultos.
Pero
cuando ya estoy llegando a casa veo apostada en una esquina, una
pareja de veinteañeros que, abrazados como si no hubiera mañana, se
están dando un beso de los que te reconfortan con el género humano.
Carpe díem.
Eloisa
se prepara con rapidez, como acostumbra a hacer todos lo lunes y
jueves por la tarde. Estos días lleva a su hija a la actividad
extraescolar de turno. Dos minutos antes de salir de casa, todo se
torna apresuramiento y urgencia para la adolescente que siempre deja
para el último momento algo absolutamente imprescindible.
Una vez
en el ascensor, Eloisa mira de reojo los últimos retoques de su hija
delante del espejo. En el garaje sigue una carrerita apresurada antes
de que la puerta se cierre dejándola con la cara pegada a la luna.
Invariablemente, el acomodo en el coche se hace de forma rápida y
eficaz, cada una sabe su papel. Conversación breve, quizá
monólogos. Y prosigue el ritual. Ocho minutos de acicalamiento
mecánico, bien ensayado, se celebra a través del espejo pequeño
del interior del coche. El pelo es el protagonista en este ritual
aunque también la muchacha ensaya miradas y alguna que otra
sonrisa. Cuando ya van llegando al destino, la joven desvía su
atención del espejo para centrarlo en el teléfono. Un chispazo, un
visto y no visto, pero sí lo suficiente como para volverse a ver
reflejada en la pantalla del aparato.
El
coche se detiene al mismo momento que la hija de Eloisa cesa en su
arreglo. Eloisa le dirige la mirada cotidiana de despedida mientras
comprueba los cambios operados en el acicalamiento de su hija en el
ascensor, en el coche y en el teléfono. Como todos los días, se
esfuerza en descubrir alteraciones que no aparecen, pero su hija se
aleja con una sonrisa que demuestra el acierto de haber empleado
estos últimos quince minutos en recomponerse.
Eloisa
pone en marcha su coche para iniciar la vuelta a casa mientras no
deja de pensar en cómo le damos vuelta a las cosas para que todo
siga igual.
Mujeres en la ventana (Murillo, 1670) El Murillo más sugerente y moderno.
Es
insensible a todo. Funciona con una lógica
apabullante y una indiferencia desconcertante. No está en su
naturaleza considerar situaciones o reaccionar de forma instintiva
guiado/a por
necesidades o situaciones gratas.
El mar, la mar, curiosa ambivalencia,
existe y actúa según sus reglas, flemático/a
e insensible a lo que opinemos o deseemos el resto de las criaturas
de la creación.
La última constatación,
nada reseñable por otra parte, la he tenido estos
días paseando por las orillas del
Cantábrico al observar
su actuación aliado con la geografía el lugar. Observo el
agua en movimiento sabedora de que este
mar, como todos, es insensible a sus espectadores y me sigo admirando
por la determinación que demuestra en su tarea de ir y venir cada
seis horas. Muy
cerca de una marisma, con un café y un libro, levanto la vista de
cuando en cuando únicamente para constatar la determinación de este
vaivén suave que se acerca y se
aleja de mí. El baile se produce tranquilo.
Es un jazz de piano y voz. Casi ni lo percibo pero ahí está,
alejándose para dentro de un rato volver. Cada seis horas de cada
día, de cada semana, de cada mes, de cada año… Me mareo. Es
inmune al muelle construido, el paseo ampliado o a
la marisma modificada con el último
temporal. Subirá y bajará inalterable, sereno, inmune.
Su actuación en la playa es similar pero se
percibe distinta. Las olas, que se atropellan por subir y bajar unos
centímetros cada vez, forman un tumulto que los días de viento,
cuando el mar parece estar enfadado, aunque no lo está, no puede
estarlo, crean un escándalo
sonoro que me desconcierta. ¿A qué semejante alboroto? Soy
sensible al clamor y el aparato, el
mar no, simplemente va y viene con una
tozudez impropia de su naturaleza.
La ostentación de fuerza se produce cuando,
asomada a un acantilado, compruebo como ese mar, en ocasiones
apacible y otras bullicioso, se empeña en manifestar
su fuerza realizando una demostración ostentosa de su
furia estrellándose
contra las duras rocas del precipicio. Furia
y fuerza arremetiendo contra la piedra
que aguanta cada embestida
haciéndose merecedora
de semejante desafío. No es cierto, el mar
no se obstina en nada. Ni tan siquiera es
consciente si se estrella contra la roca, inunda suavemente
la marisma o juguetea ruidosamente
en la playa. Sencillamente, llega
para poder irse. Hora tras hora, día tras
día, año tras año, siglo tras siglo… Ante tal espectáculo de
grandeza indiferente, imperturbable,
inconsciente, me
hago animal que sólo contempla.
En
medio de una gran dique seco, en mitad del puerto de Pourtsmouht, el
señorial HMS Victory se encuentra bien dispuesto a compartir todos
sus entresijos con curiosos o entendidos con igual generosidad.
Veterano que no viejo. Antiguo no, histórico. El aroma que desprende
el fantástico HMS Victory, que fue el buque insignia del almirante
Nelson en la batalla de Trafalgar de 1805, es el de los relatos y las
crónicas. Esquivando el paso del tiempo y aprovechándose de ese
afán tan británico por conservar todo lo que cuente algo sobre su
pasado patrio, la visita al navío de línea se convierte en una
experiencia en 3D real que te lleva a un día rutinario en alta mar,
porgamos por caso, o a un momento de la batalla de Trafalgar. que tan
buenos resultados dio a Nelsón a costa de nuestras fuerzas patrias
aliadas a las napoleónicas.
Pisos,
paredes, techos de madera y refuerzos de hierro constituyen la
estructura y piel del navío. Tres pisos ocupados en su mayor parte
por filas de cañones (hasta 100) alineados a los costados y mirando
por estrechos ventanucos en salas diáfanas. Cierro los oídos
evitando el parloteo de los otros turistas y toco la superficie de
uno de los cañones. Puedo sentir el estrés, la incertidumbre, el
miedo de la batalla que apenas se ve pero se siente presente. Oigo
las órdenes dadas intentando sobresalir de entre los estrépitos de
los cañones, los gritos de los soldados y los lamentos de los
heridos. Huelo la pólvora, el sudor de los soldados, el calor de la
madera frotada. Veo la aparente confusión de movimientos entre el
humo de las explosiones. Ni lo dudo, foto aquí.
A
continuación paso al camarote de Nelson y al comedor de oficiales.
Son habitaciones no demasiado grandes pero están llenas de
conversaciones atrapadas en las hendiduras de la madera con que están
hechas. Con una leve inclinación pego mi oreja a un lateral de una
de las paredes y escucho como los oficiales debaten acerca de la
estrategia en el planteamiento de la batalla, cuanto discuten sobre
que maniobra será la mejor para, inmediatamente, guardar silencio en
espera de la opinión de Nelson que zanjara la cuestión, está en
juego la vida de muchos hombres y el despegue o declive de algunos
imperios. Aunque suene irreverente, me hago un selfi esquinado ahora
que no hay nadie.
Imagino
el trasiego diario de marinería, tropa y oficiales. Comida,
mantenimiento, aseo, descanso… Tanta gente (alrededor de mil
personas) conviviendo en no demasiados metros cuadrados. Los dos
niveles inferiores del barco estaban destinados a gran parte de estos
menesteres. Cocinas, despensas, enfermería (para heridas de la
batalla), almacenes. Me siento en uno de los bancos móviles que
hacían las veces de mesas para la marinería y ya oigo los ruidos y
olores propios de un comedor e imagino otros que se darían en un
espacio reducido como éste. Supongo que el orden primaría en estas
acciones cotidianas ¿cómo funcionar de otra manera? Y la comida,
frugal pero sustanciosa, sin adornos pero nutritiva, la imagino y con
alguna que otra alegría etílica que haría las funciones de evadir
y/o envalentonar. Foto en ademán de departir una conversación con
la socarronería que se les supone a los grandes marineros.
El
vientre de la ballena, la parte que siempre está sumergida guarda el
mecanismo que guía la nave, la estructura del timón al descubierto.
Un artilugio sencillo en apariencia y que dirige el barco gracias a
las órdenes dadas cuatro pisos más arriba y realizadas por el
timonel. Grados en las cuatro direcciones que marcan el rumbo de la
nave. Lo toco y siento el crujir del giro. Foto con detalle que no
mira nadie.
Con
esto subo rápidamente a cubierta para embobarme con el dispositivo
que aprovecha la energía del viento y hace que el barco se mueva:
la arboladura y el velamen. El HMS Victory enseña cuatro palos
imponentes ¡cómo sería con las velas desplegadas! Mientras lo
pienso, ayudada por la postura que mira al cielo adopto un gesto de
atontamiento admirativo. El espectáculo debía ser impresionante. La
sensación de deslizarte por las aguas con el sonido del viento, la
imagino fantástica. No obstante donde siento una grandísima
admiración es al imaginar la pericia necesaria para, desplegadas
todas la velas, conseguir el máximo de velocidad y maniobrabilidad.
Paños y timón. Y una noche de tormenta… no quiero ni pensar.
Junto a unos cabos enormes, tomo una de mis últimas fotos.
El HMS
Victory es un trozo de historia al que poder ir a soñar y sentir.
Está vivo y cuenta un montón de historias a todo el que quiera ir a
escucharlas. Como otra más de los turistas que a diario lo visitan,
me llevo un buen puñado de fotos sin valor alguno pero con mucho
poder. Al descender, cuando mi mano se despide de este cacho de
historia me pregunto: ¿dónde están nuestros buques? ¿qué se
hizo de ellos? No tenemos ni uno donde ir a soñar.
Estoy
en un avión. Hacía tiempo pero aquí estoy otra vez, dispuesta para
el espectáculo. Los preparativos comenzaron hace ya dos horas y los
vivo como parte de un ritual que observo pacientemente.
La
primera parte se desarrolla en la terminal del aeropuerto. Entro con
una vaga sensación de desorientación e invariablemente mi mirada se
dirige hacia lo alto, en busca del desplegable que contiene un sinfín
de destinos. Mientras busco mi avión mi imaginación vuela detrás
de destinos clásicos (aquellos que ya debería haber hecho pero que
siguen en mi lista de pendientes), insólitos (de esos que con solo
pronunciarlos vuelo), desconocidos (lugares que no sitúo en el mapa
y es entonces cuando más poderosamente llaman mi atención)…
consigo encontrar mi vuelo entre todas las posibilidades.
Con
paso ligero esquivo al personal que también mira al techo, mientras
acarrea aquello que considera imprescindible. Facturación o no,
control de billetes, detector de metales, saludo al personal de
control y ya estoy dentro. Esquivo todos los chiringuitos de perfume
exclusivo, dulces gourmet y licores para paladar fino. Voy directa a
la cristalera que asoma a la pista. Cada minuto despega un avión.
Como si se tratara de la salida de escena en una coreografía de
ballet, cada uno de ellos realiza su despegue con una precisión y
ligereza impropias de esas masas de hierro.
Llega
el momento del embarque, la primera parte de la ceremonia está a
punto de finalizar. Se forman las inevitables colas que, con un
desorden metódico similar al de las hormigas, se agolpan para subir
por fin al avión.
Una vez
en la aeronave, comienza la segunda parte del ritual. Mis esfuerzos
en días anteriores fructifican, tengo asiento en ventanilla. Un
ratito para que todo el mundo tome acomodo y las azafatas realizan su
trabajo primero de convencerme de lo fácil que es conservar mis
constantes vitales en casos de emergencia. Ya falta poco.
En unos
segundos el avión rueda por la pista hacia el punto de despegue. Me
preparo como si fuera una velocista en la línea de salida. Estamos
en la pista asignada y sin mediar otra señal, el comandante pide a
la nave toda su fuerza, yo siempre ayudo con un buen pisotón como si
del acelerador de mi coche se tratara, y el avión rueda de una forma
brutal. Casi sin darme cuenta, con una ligera inclinación inicial,
dejamos el suelo atrás. Esta fracción de segundo siempre es mágica.
¿Cómo conseguimos esquivar la fuerza de la gravedad, adelantar
nubes y empequeñecer paisajes mientras volamos por un camino trazado
por grados de latitud y longitud? Existe una explicación física que
hace posible volar. La desconozco, solo siento. Siempre de la
admiración a la emoción, sin cabida para las ideas. Absolutamente
fantástico.
Hace un
par de años, deseando cambiar el ritmo de las vacaciones de playa y
jajas, asistí en Santander a un espectáculo del Ballet Nacional
dirigido por Antonio Najarro. La primera parte me pareció
fantástica, flamenco con un aire fresco y nuevo que abría nuevas
posibilidades. A la tradición se le lavaba la cara con un resultado
inesperadamente radiante. Sobre la técnica de bailarines y
bailarinas, junto con el resto de profesionales que hacen posible un
espectáculo de esta envergadura ni comento, acreditan su talento
consiguiendo que aquello que es un arte difícil de realizar adopte
la apariencia de algo que fluye con naturalidad. Lo que
verdaderamente me complació es la mezcla conseguida al conjugar
creatividad y tradición. Es flamenco, es escuela bolera y también
es algo más. La creatividad sin límites ni corsés.
Este
mismo milagro ocurre en muchos ámbitos artísticos, sin él no se
puede avanzar ni encontrar nuevos caminos. La música está plagada
de ejemplos. Sin alejarnos de los aires flamencos se puede recordar
algunos de los primeros piropos que recibió Camarón cuando
decidió salirse del camino trillado, que él como nadie era capaz
de interpretar, para llevarlo a otra dimensión. Y no salgo del campo
musical para agradecer infinito a Vinicius de Moraes y a Antonio
Carlos Jobim por haber dado a luz la bossa nova, ese estallido de
sentimiento ritmado a través de la música brasileña y el jazz. Y
si nos fijamos en el ámbito de lo gastronómico que lleva camino de
llegar a los museos a través del estómago, ¿cómo poner en tela de
juicio las bondades una comida con una recua de estrellas michelín?
Muchos/as me dirán que como la comida de la abuela no hay nada. Ya
se sabe, buenos productos, excelente hechura y generosa cantidad.
Nada que objetar pero es innegable que la cocina que pinta cuadros en
el plato, consigue texturas infinitas y uniones imposibles, invita al
disfrute por su calidad sí, pero sobre todo por su creatividad,
aquella que abre sendas insospechadas que nos sorprenden mientras nos
deleitan.
Pues
bien, he sentido la misma sensación de sorpresa y fascinación al
admirar una pequeña obra maestra presentada en el último Mundialito
de Miniaturas celebrado en Leganes, presentada por “La Liga Norte”, un
grupo de esforzados artistas. El mundo de las miniaturas recrea personajes históricos, anónimos o no, con absoluta
verosimilitud. Con su fidelidad a la realidad histórica y su
maestría elevan esta afición, a penas conocida, hasta el rango de
arte. La pieza que me ha llamado poderosamente la atención,
reproduce a un par de centuriones romanos dentro de un vagón de
metro que miran pasmados un cartel que anuncia el evento del que
forman parte. Están desubicados, viviendo una realidad y un momento
histórico que no les pertenece, tomando conciencia de su propio
extrañamiento mientras observan el cartel. Inmediatamente te pones
en su lugar. Compartes su extrañeza divirtiéndote mientras intentas
adivinar la conversación que pueden estar teniendo los dos recios
militares en perfecto latín mientras se encuentran en el metro de Madrid. Si una de las ambiciones que persigue el arte es transmitir,
compartir, una escena así te lleva irremediablemente a compartir la
situación con sus protagonistas. Esto no es nada fácil
de conseguir. Se requiere oficio, maestría, imaginación y mucha,
mucha creatividad. Para avanzar por los derroteros de lo artístico
es necesario beber de la tradición y aprender de los maestros para
poder así abrir nuevos caminos y crear interpretaciones personales.
Si la creatividad y lo nuevo no aparecen se pasea indefinidamente por
los caminos trillados que otros ya transitaron. Bien es cierto que se
corre el riesgo de no ser comprendido. Los pintores impresionistas
tuvieron que realizar exposiciones paralelas a la oficial del Salón
de Paris puesto que dicho ámbito pictórico no entendía el camino
rompedor que apuntaban estos innovadores de la luz y el color.
Tampoco Braque y Picasso fueron mundialmente aplaudidos desde el
primer momento cuando el segundo pintó Las señoritas de
Avignon, poniendo aprueba la imaginación del público de
principios de siglo XX. No obstante, la producción creativa
requiere abrir nuevos caminos, sobresaltarnos, ponernos a prueba,
sacarnos del tedio y ofrecernos nuevas posibilidades. Si hay alguien
que no lo ve, estará, sin duda alguna, perdiéndose una de las
facetas más poderosas del arte.
Sol
crepuscular en una playa del Cantábrico. Luz rasante que difumina
contornos, dora tonalidades y ensombrece recovecos. Escenario que no
deja de cambiar en su tozuda permanencia. La playa se ensancha y
empequeñece por puro antojo de la luna. A ratos es infinita y la
persigues en su huida para luego obligarte a retroceder con premura
suave. Y siempre el silencio sonoro que componen brisa y oleaje.
Todo se amortigua y difumina.
A
la vista de todos, todos somos invisibles. Una mujer, cómodamente
sentada en una sillita plegable, dibuja a su hija dando colores
rápidos con sus acuarelas. Una madre lee un cuento a su niña que se
seca al sol, mientras su hermano se embadurna de arena y su padre
otea vigilante al tercero que está nadando en las olas. Dos amigos
juegan con unas palas intentando que la pelota no toque el mullido
suelo. Una señora lee un libro protegida de los juguetones rayos del
sol con unas gafas que la aislan. Dos bebes, pringados de arena hasta
los ojos, caen sobre sus padres, que tumbados sobre las toallas,
intentan sin éxito dar una cabezadita. Un grupo de jóvenes juegan
mientras permanecen tumbados en círculo. Tres parejas de adultos
intentan, bajo sus toallas, ponerse el bañador creando, mediante sus
posturas, una situación cómica celebrada por todos. Una anciana,
protegida por una sombrilla, sonríe ante los juegos del nieto. Por
aquí y por allá hay solitarios, parejas y grupos que sestean
inmutables a todo lo que ocurre a su alrededor.
Todos
dejamos fluir el tiempo al ritmo de la marea. Somos invisibles en
nuestra presencia, los unos para los otros y eso concentra nuestros
esfuerzos de abandono ocioso. Estamos entregados a la tarea personal
de ver pasar el tiempo y son el agua, la luz, los que nos
recuerdan su existencia. Derrochar los minutos en tareas
insustanciales, triviales y placenteras. Ocupar el tiempo en
regalarlo. No escatimar esfuerzos en despilfarrar valiosos segundos
en nimias actividades. Observar que el tiempo pasa porque la playa
cambia. ¿Hay forma más fructífera de entregarse a lo inútil?
La
pasada noche, a las tres de la mañana, cuando todo el barrio dormía
a pierna suelta, me despertaron, a mí y otros tantos/as seguro, unos
berridos aflautados y puntiagudos de una panda de locas adolescentes
con ganas de hacer amigos. Bien, me despierto, desvelo y enfado.
Pasan los minutos y no parecen verse afectadas por lo solitario de la
calle ni lo oscuro de la situación, muy al contrario, acogidas por
la intimidad de la hora se dedican a contarse chismes (lo intuyo por
la frecuencia sonora que sube y baja de intensidad según la
categoría del cotilleo o el alcance de la confesión), chistes que
son celebrados con sonoras carcajadas y entonar cancioncillas
perpetradas con una dedicación y acierto digno de otro momento y
situación.
Están
lo suficientemente cerca como para distinguir cinco voces
pertenecientes a cinco alegres gamberras y reconocer algunas palabras
pronunciadas con notorio garbo. Pero cuando rendida ante la evidencia
de que no voy a poder dormir intento engancharme a la conversación,
cambian tono, cadencia y ritmo en la algarabía haciéndose imposible
discernir nada congruente, dejando únicamente un murmullo
atronadoramente inconexo.
Ni
entiendo ni duermo ¿qué puñetas hago? Mientras las cándidas
majaderas le han cogido querencia a mi calle y ya están establecidas
pasando un ratito a la fresca tan divertido ¿hay algo que pueda
hacer? Quizás si me levanto, saco la cabeza por la ventana, pego un
buen grito y despierto al resto del vecindario que todavía no ha
conseguido desvelar la alegre muchachada, las ahuyento y asunto
arreglado. Puede que me salga bien la maniobra o quizás también
puede que ante una reacción tan cívica como mandarlas a paseo a la
tres de la mañana, las muchachitas se vengan arriba y coreen, con
algún decibelio de más, el intercambio animado de mensajes
cordiales que mantienen entre ellas haciéndose unas risas a mi
costa. Además, es muy posible que mi presión arterial se dispare
ante el esfuerzo de ponerme al nivel requerido para la ocasión y
ante los frutos conseguidos con semejante trabajo brioso. O tal vez,
puedo, de forma limpia y aseada, llamar al servicio policial
ciudadano requerido para que tome cartas en el asunto. Esta
posibilidad desaparece de mi cabeza con mayor rapidez que la
anterior. Atenderán mi queja con pulcra educación antes de decirme
de la forma más cívica posible que tienen otras cosas mejores que
hacer que mandar a la cama a un grupo de inofensivas colegialas que
dan por el riau ante la comprensión silenciosa de todo el
concienciado y resignado barrio. Sopeso las posibilidades de éxito
de la llamada a la municipalidad, del grito desahogante por la
ventana o de la renuncia a la defensa del descanso merecido (es
decir, el acto de cobardía más empleado). No me decido y los
minutos van pasando. Y, mientras deshojo esta molesta margarita,
llega el momento en el que las animadoras nocturnas se van por donde
han venido creando un vacío sonoro perturbador.
Teniendo
delante varias soluciones a la molesta memez sustancial que me tiene
desvelada, a modo de puntilla, la molestia nocturna de nivel tres,
se soluciona por si misma dejándome con el plan de ataque
frustrado. Y ahora, ¿quién adormece mi adrenalina maltrecha, mi
mala órdiga desbocada, mi estrategia malograda? Pues nada, a
jorobarse.
Me
mantengo en tranquila espera delante de un semáforo. Obedezco al
rojo que me impide avanzar. Movimiento en potencia hasta que los
colores me indiquen que tengo que hacer. Un pestañeo y el verde me
impone ponerme en movimiento. Mientras cruzo la vía, mi vista
distraída se posa en unos coches aparcados en la cera de enfrente,
un poco más arriba de donde me encuentro. Uno es negro y el otro
rosa flor fucsia. Sobre el negro mi atención resbala sin dejar
huella pero ante el rosa me quedo totalmente enganchada. ¿Quién se
pasea por una ciudad de provincias con un vociferante coche rosa
atrayendo miradas e incitando comentarios a su paso? ¿A quién no le
tiembla el pulso al mando de un bólido con ese tono?
Un
coche con ese color es una declaración de intenciones. Es un porque
sí, un qué viva la diversidad, un verso suelto en el plomizo parque
automovilístico en el que abundan los tonos sosainas hasta la
depresión. El color marca estilo y derrama personalidad en la
uniformidad del asfalto urbano.
Ahí está. Una piedra rara, una gema preciosa con ruedas
que invita a lo festivo y habla de su propietario/a. Indudablemente
al jefe/a al volante le importa un bledo el qué dirán o quizá eso
es lo que busca, nunca se sabe, aunque me inclino por el sujeto con
personalidad (al exhibicionista no le doy ni un mes al volante de ese
cartel anunciador algodón de azúcar). Sí, con personalidad y
extrovertido/a, sin miedo a las opiniones ajenas. A buen seguro que
también tiene un toque flower power. Un recalcitrante realista no se
soportaría a sí mismo/a dentro de un habitáculo caramelo de fresa.
No veo al individuo/a que siempre se empeña en ver la botella medio
vacía sosteniendo miradas de curiosidad y devolviendo sonrisas
cómplices mientras callejea al mando del utilitario. Con
personalidad, extrovertido/a pelín idealista y amante de la música.
Eso seguro. Este sujeto/a, mientras derrama tonos perla rosada por la
vía, no escucha la cascada de fatalidades de las noticias diarias
sino que tamborilea su dedo índice sobre el volante al ritmo de la
banda sonora que esparce entre la hostilidad del tráfico diario.
Dispuesto a aceptar otras opciones y flexibilizar posturas, seguro.
Alguien que conduce un “pink panther” ha tenido que aceptar otras
opiniones, adaptarse o directamente minimizar la importancia de la
mayoría. Se apunta a la diversidad y a la diferencia.
Me
alejo pensando que yo siempre tengo coches blancos. Me lo voy a hacer
mirar.
He empezado a buscar sin éxito el puré por el
cuarto de estar. Aparecerá dentro de unos días, sólido y
maloliente, en una estantería o en un cajón, y pensaré ¿cómo no
he mirado antes ahí?
Por breve
tiempo, allá va. No como viajera sino como turista. Lleva la maleta
llena de expectativas, de la inquietud de la sorpresa, de la
disposición a entenderlo todo, de no cerrarse ante nada, de no
cansarse ni cuando la cabeza embotada le pida un respiro o el
cuerpo tregua. Está ahí y delante su futuro. Si el lugar le
defrauda o no es lo esperado, no importará porque está en camino, con la brújula
direccionada. No hay posibilidad de error, aunque no sea lo
imaginado será especial. Es irrepetible y ella todavía no lo
sabe.
¿Ha
matado el turismo "low cost" a la literatura de viajes?
Título de un artículo del último Babelia de El País y
pregunta para la que, por descontado, no tengo contestación. Cierto
es que cada vez se viaja más y más lejos. No hay rincón sin patear
y casi todo va adquiriendo un aroma similar te encuentres en la
latitud que elijas o a la longitud que te puedas pagar. Es
indiscutible que hay cierto abuso de mucho lanzado y lanzada que se
aventuran a contar su experiencia en soportes similares a éste y con
afanes parejos, olvidando que no vale únicamente con una detallada
relación de dónde y cuándo se hizo tal cosa o se vio tal otra. El
autor del citado artículo, Jacinto Antón, que sabe algo más que
yo sobre el particular, concluye que sigue habiendo muy buenos
autores sobre el género y en todos ellos se observa la innegable
ambición literaria y un afán por ir más allá de lo que se ve a
primera vista.
Degustado
y digerido el artículo, he hecho uno de esos saltos mortales que de
cuando en cuando me asaltan y me he acordado de la compra de hace
unos días en la pescadería. Esperando mi turno me deje llevar por
ese acto reflejo de leer hasta en las etiquetas y me encontré
viajando, increiblemente low cost, por todos los mares del mundo.
Dejé
como señal y testigo mi cuerpo presente y pude trasladarme, mientras
la eficiente pescatera despachaba a tres personas que me precedían,
a lugares lejanos. Ante mi se desplegaron un buen número de viajeros
mudos, bueno más bien cadáveres, que contaban historias dramáticas,
relatos de personajes que entablan una lucha a vida y muerte en
lugares exóticos, narraciones portentosas sobre hombres y animales
enfrentados en luchas cotidianas y fatales, pero también historias
corrientes que no dicen más que lo que cuentan.
¿Qué
mal rato habría pasado la bacaladilla noruega antes de entrar en las
bodegas del barco y juntar lomo con lomo con el resto de sus colegas?
Y esos salmones vecinos de aguas frías, incansables viajeros, que
acaban su periplo en un horno bien templado y maridados con un vino
con el que ni en sueños habrían pensado rozarse? El halibut del
Atlántico y el gallo del mar de Irlanda tal vez fueron pescados por
un barco al que una buena marea le salvó en una situación
económica apurada, ya todos los años los peces no acuden como
solían. También estaban lo bravos peces espada del Atlántico que
aunque de la misma zona son ejemplares que me hablan de un despiste
fatal al dejarse capturar entre otras peces sin tanto abolengo. Con
las corvinas y los látigos me fui al Mediterráneo, el mar en el que
Ulises se extravió, o se dejó extraviar, durante veinte años. Mar
que ha dado de comer, hasta ahora, a los habitantes de sus orillas
con carne e historias. Con los langostinos del Pacífico cierro los
ojos y me voy en una travesía por el mar más grandón que tenemos,
dispuesta a mirar al agua de día e intentar adivinar la cantidad de
litros sobre los me deslizo y de noche al cielo, un cielo sin límites
de perfiles de edificios ni montañas. La almeja portuguesa,
desconozco su calidad y si está acabando con el mercado de otros
ejemplares patrios más cercanos, me presenta un mundo de algas de
fuerte olor, arena suave y mareas incansables. Mariscadoras de
espalda doblada y piel curtida. El chipirón del Índico me produce
un escalofrío al recordar esos monstruosos calamares de esas
latitudes que calentaban la cabeza de todo el que escuchaba sus
historias y los estómagos de los ejemplares que perdían la batalla
con el avezado pescador. ¿Y la perca de Tanzania? Con ella voy
derechita al medio de África, allá donde nacen fábulas y ríos
llegando a Europa transformados en mitos.
Sí,
me dejé llevar un poquitín por semejante plantel de viajeros mudos.
La pescatera, seguramente al verme un poco vagabunda, me trajo de
vuelta al preguntarme: ¿llevará hoy merluza del Cantábrico? está
buenísima, no tiene anisaki ni nada. Puñetas, el último baño de
realidad del viaje.
¿Y si la amenaza de días infinitos y noches mínimas, sí esas
jornadas en las que la luz a fuerza de insistir se hace pesada, son
ya una visita imparable que no quiero recibir?
¿Y si aún no me he hartado de calzarme mis acolchadas y calentitas
botas ojo de perdiz y arrebujarme dentro del abrigo rojo llama que
resplandece en el mustio invierno norteño?
¿Y si todavía no consigo reprogramarme a la manera “helado
estival” porque sigo muy cómoda en el modo "chocolate con
churros"?
¿Y si unos rayos de sol fuera de lugar me expulsan imperiosamente de
mi cómodo cubil arrojándome a la calles y plazas que ya empiezan a
estar abarratodas de lagartijas humanas que aclimatan su sangre fría
esperando que todo llegue antes de tiempo?
¿Y si no he cogido el número suficiente de setas, ni me he hartado
de castañas, ni he doblado bastantes varillas de paraguas, no he
criado los habituales sabañones ni pillado el cupo de catarros?
¿Y si mi cuerpo animal, éste en el que vivo, todavía está
hibernado y no está preparado para la revolución cíclica a la que
se somete mansamente todos los años?
Como buena
reincidente, he caído en las redes del último Reverte que me he
topado en la librería. Puedo apostar algo serio a que he leído
todos sus relatos de viajes y siempre siento una envidia sana, si eso
existe, por este tipo. Del periodismo a la literatura sin red, o con
ella, no lo sé muy bien, pero lo que si está claro es que Javier
es uno de esos afortunados que ha hecho de su pasión su trabajo. Un
triunfador, seguro que con sus peajes y sus precios pagados, pero lo
ha conseguido: viajar, escribir y vivir de ello. !Olé y olé¡
El último
Reverte me lleva a Nueva York (otro destino en mi lista de
pendientes). Javier, que por edad, ganas o apetencias (o por todo
ello) en sus últimos destinos viaja acompañado o con más
tranquilidad, para el destino americano ha elegido una estancia de
tres meses en la capi del mundo libre para deambular, observar,
asombrarse, aprender, admirarse o lamentarse, según caso y ocasión.
!Olé y olé! Otra vez.
Y aquí
estoy yo, con otra aventura prestada de papel y temiéndome que mi
odisea particular no va a ir más allá de unos garbeos imaginarios
al saltar de un párrafo a otro. ¿Pudiera ser que me falte
compromiso con el asunto y suficiente ímpetu para hacer realidad los
deseos y me sobran varios kilos de practicidad y realismo aplastante?
Esta
situación frustrante está a punto de acabar. Como ya he dicho que
no estoy en la esfera, ni en la estela, ni en el camino, ni nada de
nada, del escritor viajero, yo voy a acompasar mis aspiraciones con
mis circunstancias poniéndome como objetivo no morir sin haberme
convertido en contadora de viajes de la rutina, ambición
a mi medida.
Bien, he fijado mi objetivo y puede que con mis modestos medios y mis
grandes anhelos, esté en el camino correcto. Fijaré una rutina,
otra más que añadir a mi vida, como escribir todos los días
(bueno o día sí, día no, también hay que hacer cosas más
prosaicas) sobre todo lo asombroso o cotidiano que me suceda en la
jornada, no le haré ascos a nada. No dejaré de apuntar todo lo
reseñable que acontezca en mi barrio (puedo ampliar el radio a la
comarca, aunque no lo sé puesto que debería observarlo de primera
mano y no veo cómo voy a coordinar horarios de rutina ineludible con
inspiración literaria) Miraré con verdadera expectación a todo y
todos en el trabajo, a aquel que me tope en la frutería o a la
vecina de butaca en el cine y que pueda llegar a convertirse en
personaje de mis crónicas (para eso deberá expresar algún
pensamiento digno de la filosofía de andar por casa o hacer algo que
permita que yo haga la oportuna reflexión). Pasearé y deambularé
por calles y plazas con los oídos bien abiertos (sin auriculares
que me informen sobre lo sucedido en medio mundo o me inunden con
música aislándome de lo que me rodea). Pondré especial cuidado en
los trayectos de casa al trabajo y viceversa puesto que son los
desplazamientos que más se asemejan al viaje, fundamento
para mis
crónicas posteriores. Y con todas las reflexiones, cavilaciones
y deliberaciones, tanto
propias como
ajenas; con las observaciones
hechas con
nuevos ojos sobre lo ya conocido; con un renovado interés sobre lo
ya trillado, una gran capacidad para sorprenderme sobre lo ya
cansinamente transitado, me lanzaré, lo
prometo, a la escritura. No
puedo errar.
Estoy absolutamente convencida de que habrá mucho público que se
sienta identificado ¿Quién
no va a estar interesado en recrear, durante su tiempo de asueto, lo
que ya vive todos y cada uno de sus días? Pues eso.
Pintan
bastos y el cielo es ceniza. Las gotas que comienzan a caer son frías
como el aluminio. El viento que arremolina ramas y papeles se lleva
la armonía y los escasos refugios que a fuerza de tiempo y cesiones
Elisenda ha construido.
Pintan
bastos y lo que mantenía un color verde manzana muda y se transforma
en el gris que anuncia la caducidad. Ella intenta ponerse las gafas
de color promesa pero se encuentra con un cristal roto.
Pintan
bastos y las certezas se erosionan mostrando las líneas de la grieta
que se traga todo. Se abre la boca del abismo de las dudas. Elisenda
se pregunta si ha visto únicamente lo que quería y no lo que
realmente había.
Pintan
bastos y la sensación de error permanente se le apodera. Sí, un
bucle constante que se retroalimenta con el primer descuido y a
fuerza de repetirse adquiere apariencia de acierto. Una caracola que
no presenta su verdadera cara hasta que adopta la perspectiva
adecuada.
Pintan
bastos y se pone caro mostrarse altruista cuando las tripas piden
revancha. Elisenda camina entre la animalidad o el olvido para
digerir el sabor agrio que le invade.
Pintan
bastos y no hay refugio donde lo había. Los lugares balsamo que
permanecían como constante faro se desmayan.
Permanezco
expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un
torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.
Por unos
instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en
las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por
delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una
dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el
trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo
definido.
Libertad sin
trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo,
eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos
círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que
cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar
y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada
es un hechizo irresistible.
El descubrir
la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las
tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi
sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza,
comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve
mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera
disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando
preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el
que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.
Descubrir
que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo
está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan
sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.
Mientras
tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi
principio.
Cálida,
musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en
época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para
todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época
de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible.
Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el
ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella,
apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar
fagotizada por ella. En todo lugar y situación enseñorea su
presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de
terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no
meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de
estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te
pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada
pensamiento y acción. Seguro y cierto
Primer punto
de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el
o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este
apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus
invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer
objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una
Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una
sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el
tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo,
seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación
la de citano!) El menú genera una tensión
insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno
hay algo más, seguro.
Segundo
punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de
espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere
acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras,
y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el
año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué?
¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué
buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la
sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza
fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo
de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el
corazón tan solo de pensarlo.
El tercer
punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que
pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos:
conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no
traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de
madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado
pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios
cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya
cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se
puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en
un ejercicio diplomático a la altura de una cumbre de política internacional,
la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un
invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa
mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que
habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la
mejor de las intenciones.
Si, tiempo
de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de
presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el
carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias
señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año
cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia
cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.
Hace un mes
perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente,
aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad
al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a
la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte
esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte
posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura
ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí
sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no
andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché
un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación.
Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner
patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más
tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la
búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el
intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar
la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a
partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar
visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.
Dando un
corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias
en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente.
Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba
en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con
mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina
doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un
extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No
lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi
pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues
bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a
miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo
ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas
estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada,
lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que
espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi
atención.
Mi
pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo
día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas
del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha
perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una
voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un
pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido
entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín
sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se
sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después
de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía
ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más
preciada.