miércoles, 24 de julio de 2019

ODA A LA CALOR, QUE LE DEN.


La lagartija de acelerados movimientos busca las solanas para activarse y yo no sé cómo esquivar la calorina y seguir funcionando con cierta normalidad.
El grano de uva se derrite con la subida de la temperatura y seducido ante el calorcito se vuelve dulce y pleno, mientras por mi frente se desliza una gota redondita de sudor.
La cigarra está pletórica y en sintonía con la elevación del mercurio emite la más elaborada sinfonía. En cambio, mientras sigo la banda sonora animal, la percepción del calor se hace más intensa y así consigo tener varios sentidos completamente desestabilizados.
El trigo verde que tapizaba laderas y llanos se ha vuelto dorado de puro placer mientras mi rostro se congestiona y comienza a adquirir un tono rojizo que habla claramente de mi inadecuación a la transpiración en climas cálidos.
Estoy hasta el capirote de este calor estival en latitudes patrias frías y de esta naturaleza inclemente que funciona impasible ante mis pesares.
Con una mínima esperanza de paliar la situación me voy a poner a leer a Javier Cacho y su Admundsen-Scott: duelo en la Antártida. No se me ocurre otro mejor remedio a mi alcance.



domingo, 28 de abril de 2019

Verde


Salgo, camino, miro. La retina se vuelve verde. Las calles y avenidas se estrechan. Retrocede el duro asfalto. Avanza el verde móvil de mil tonalidades. Se esponjan los volúmenes vegetales que limitan y contornean los paseos. Progresan, intimidan, imponen un roce pasajero. Amenazan con devorar al gris, marrón, pardo.

Pieles vegetales nudosas, callosas, dan a luz delicados capullos rosáceos antes de decidirse por transformarse en viva esmeralda. Doseles de pétalos malva tiemblan antes caer sobre los bancos de parques y plazas. Se incendian setos de hoja rojiza. Alineaciones de arbolillos de hoja infantil conquistan las medianas. Aristocráticos lirios violeta franquean parterres. Nadie los había visto hasta ahora y volverán en breve a su mutismo anual. Tulipanes multicolores bailan junto a pequeños pensamientos ritmos coloridos dentro de jardines de todos los tamaños. Arbolillos de tupida copa-nido se ofrecen a los ruidosos gorriones del barrio. Alfombras vivas de margaritas y amarillas son estrellas fugaces en el césped ciudadano.

Cómo contaminarme de esta energía.




miércoles, 27 de marzo de 2019

Quizás


Mientras el altavoz anuncia con tono cantarín las bondades de la leche del país, empujo hacia la caja el carro del supermercado mirando en ambas direcciones y esperando no haber olvidado nada. Alcanzo la altura de la cinta, donde volver a sacar todo lo comprado, pagar y volver a meterlo para poder volver guardarlo en el coche y posteriormente, ya en casa, volver a sacarlo. En ese momento,
una señora delante mía, reacciona furibunda con un grito y un improperio ante la caída de una botella de plástico que se rompe en la caída. Después de una lluvia de quejas desproporcionadas, su ira se dirige hacia un señor que había depositado la botella en la cinta y, al moverse ésta, se había caído salpicando el pan de la femina gritona. El estupefacto caballero acaba por contestar airado a la hidra vestida de leggins poniéndose a su nivel y convirtiendo la compra semanal en un barrizal dialéctico.

Una vez en el coche, con la compra bien asegurada en el maletero, me dirijo a casa. Pasados unos minutos de conducción inicio la deceleración ante un semáforo amarillo-casi rojo, ese color ambivalente que tan frecuentemente invita al pecado. La opción elegida por mi compañero de carril parecer ser la misma que la mía. En ese mismo instante aparece una distraída treintañera que inicia el paso, cuando mi compañero parece cambiar de opinión y suavemente, como si nadie fuéramos capaces de ver la maniobra, continúa la marcha. La muchacha reacciona con un gesto de sorpresa y enfado que se materializa en una lindeza castiza que no voy a repetir. Es entonces cuando el conductor responde parando unos metros más adelante, sacando la cabeza por la ventanilla y respondiendo con vocabulario de nivel académico chabolista su particular interpretación del código de circulación. Los segundos que median entre el rojo y el verde del se convierten en una competición de ademanes para adultos.

Pero cuando ya estoy llegando a casa veo apostada en una esquina, una pareja de veinteañeros que, abrazados como si no hubiera mañana, se están dando un beso de los que te reconfortan con el género humano. Carpe díem.





sábado, 29 de diciembre de 2018

Cambios


Eloisa se prepara con rapidez, como acostumbra a hacer todos lo lunes y jueves por la tarde. Estos días lleva a su hija a la actividad extraescolar de turno. Dos minutos antes de salir de casa, todo se torna apresuramiento y urgencia para la adolescente que siempre deja para el último momento algo absolutamente imprescindible.

Una vez en el ascensor, Eloisa mira de reojo los últimos retoques de su hija delante del espejo. En el garaje sigue una carrerita apresurada antes de que la puerta se cierre dejándola con la cara pegada a la luna. Invariablemente, el acomodo en el coche se hace de forma rápida y eficaz, cada una sabe su papel. Conversación breve, quizá monólogos. Y prosigue el ritual. Ocho minutos de acicalamiento mecánico, bien ensayado, se celebra a través del espejo pequeño del interior del coche. El pelo es el protagonista en este ritual aunque también la muchacha ensaya miradas y alguna que otra sonrisa. Cuando ya van llegando al destino, la joven desvía su atención del espejo para centrarlo en el teléfono. Un chispazo, un visto y no visto, pero sí lo suficiente como para volverse a ver reflejada en la pantalla del aparato.

El coche se detiene al mismo momento que la hija de Eloisa cesa en su arreglo. Eloisa le dirige la mirada cotidiana de despedida mientras comprueba los cambios operados en el acicalamiento de su hija en el ascensor, en el coche y en el teléfono. Como todos los días, se esfuerza en descubrir alteraciones que no aparecen, pero su hija se aleja con una sonrisa que demuestra el acierto de haber empleado estos últimos quince minutos en recomponerse.

Eloisa pone en marcha su coche para iniciar la vuelta a casa mientras no deja de pensar en cómo le damos vuelta a las cosas para que todo siga igual.



Mujeres en la ventana (Murillo, 1670)
El Murillo más sugerente y moderno.


martes, 28 de agosto de 2018

Ese mar indiferente


Es insensible a todo. Funciona con una lógica apabullante y una indiferencia desconcertante. No está en su naturaleza considerar situaciones o reaccionar de forma instintiva guiado/a por necesidades o situaciones gratas. El mar, la mar, curiosa ambivalencia, existe y actúa según sus reglas, flemático/a e insensible a lo que opinemos o deseemos el resto de las criaturas de la creación.

La última constatación, nada reseñable por otra parte, la he tenido estos días paseando por las orillas del Cantábrico al observar su actuación aliado con la geografía el lugar. Observo el agua en movimiento sabedora de que este mar, como todos, es insensible a sus espectadores y me sigo admirando por la determinación que demuestra en su tarea de ir y venir cada seis horas. Muy cerca de una marisma, con un café y un libro, levanto la vista de cuando en cuando únicamente para constatar la determinación de este vaivén suave que se acerca y se aleja de mí. El baile se produce tranquilo. Es un jazz de piano y voz. Casi ni lo percibo pero ahí está, alejándose para dentro de un rato volver. Cada seis horas de cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año… Me mareo. Es inmune al muelle construido, el paseo ampliado o a la marisma modificada con el último temporal. Subirá y bajará inalterable, sereno, inmune.

Su actuación en la playa es similar pero se percibe distinta. Las olas, que se atropellan por subir y bajar unos centímetros cada vez, forman un tumulto que los días de viento, cuando el mar parece estar enfadado, aunque no lo está, no puede estarlo, crean un escándalo sonoro que me desconcierta. ¿A qué semejante alboroto? Soy sensible al clamor y el aparato, el mar no, simplemente va y viene con una tozudez impropia de su naturaleza.

La ostentación de fuerza se produce cuando, asomada a un acantilado, compruebo como ese mar, en ocasiones apacible y otras bullicioso, se empeña en manifestar su fuerza realizando una demostración ostentosa de su furia estrellándose contra las duras rocas del precipicio. Furia y fuerza arremetiendo contra la piedra que aguanta cada embestida haciéndose merecedora de semejante desafío. No es cierto, el mar no se obstina en nada. Ni tan siquiera es consciente si se estrella contra la roca, inunda suavemente la marisma o juguetea ruidosamente en la playa. Sencillamente, llega para poder irse. Hora tras hora, día tras día, año tras año, siglo tras siglo… Ante tal espectáculo de grandeza indiferente, imperturbable, inconsciente, me hago animal que sólo contempla.

Marina Les Saintes Maries.
Van Gogh


La mer.
 Debussy. 






domingo, 19 de agosto de 2018

El poder de los lugares históricos




En medio de una gran dique seco, en mitad del puerto de Pourtsmouht, el señorial HMS Victory se encuentra bien dispuesto a compartir todos sus entresijos con curiosos o entendidos con igual generosidad. Veterano que no viejo. Antiguo no, histórico. El aroma que desprende el fantástico HMS Victory, que fue el buque insignia del almirante Nelson en la batalla de Trafalgar de 1805, es el de los relatos y las crónicas. Esquivando el paso del tiempo y aprovechándose de ese afán tan británico por conservar todo lo que cuente algo sobre su pasado patrio, la visita al navío de línea se convierte en una experiencia en 3D real que te lleva a un día rutinario en alta mar, porgamos por caso, o a un momento de la batalla de Trafalgar. que tan buenos resultados dio a Nelsón a costa de nuestras fuerzas patrias aliadas a las napoleónicas.

Pisos, paredes, techos de madera y refuerzos de hierro constituyen la estructura y piel del navío. Tres pisos ocupados en su mayor parte por filas de cañones (hasta 100) alineados a los costados y mirando por estrechos ventanucos en salas diáfanas. Cierro los oídos evitando el parloteo de los otros turistas y toco la superficie de uno de los cañones. Puedo sentir el estrés, la incertidumbre, el miedo de la batalla que apenas se ve pero se siente presente. Oigo las órdenes dadas intentando sobresalir de entre los estrépitos de los cañones, los gritos de los soldados y los lamentos de los heridos. Huelo la pólvora, el sudor de los soldados, el calor de la madera frotada. Veo la aparente confusión de movimientos entre el humo de las explosiones. Ni lo dudo, foto aquí.

A continuación paso al camarote de Nelson y al comedor de oficiales. Son habitaciones no demasiado grandes pero están llenas de conversaciones atrapadas en las hendiduras de la madera con que están hechas. Con una leve inclinación pego mi oreja a un lateral de una de las paredes y escucho como los oficiales debaten acerca de la estrategia en el planteamiento de la batalla, cuanto discuten sobre que maniobra será la mejor para, inmediatamente, guardar silencio en espera de la opinión de Nelson que zanjara la cuestión, está en juego la vida de muchos hombres y el despegue o declive de algunos imperios. Aunque suene irreverente, me hago un selfi esquinado ahora que no hay nadie.

Imagino el trasiego diario de marinería, tropa y oficiales. Comida, mantenimiento, aseo, descanso… Tanta gente (alrededor de mil personas) conviviendo en no demasiados metros cuadrados. Los dos niveles inferiores del barco estaban destinados a gran parte de estos menesteres. Cocinas, despensas, enfermería (para heridas de la batalla), almacenes. Me siento en uno de los bancos móviles que hacían las veces de mesas para la marinería y ya oigo los ruidos y olores propios de un comedor e imagino otros que se darían en un espacio reducido como éste. Supongo que el orden primaría en estas acciones cotidianas ¿cómo funcionar de otra manera? Y la comida, frugal pero sustanciosa, sin adornos pero nutritiva, la imagino y con alguna que otra alegría etílica que haría las funciones de evadir y/o envalentonar. Foto en ademán de departir una conversación con la socarronería que se les supone a los grandes marineros.

El vientre de la ballena, la parte que siempre está sumergida guarda el mecanismo que guía la nave, la estructura del timón al descubierto. Un artilugio sencillo en apariencia y que dirige el barco gracias a las órdenes dadas cuatro pisos más arriba y realizadas por el timonel. Grados en las cuatro direcciones que marcan el rumbo de la nave. Lo toco y siento el crujir del giro. Foto con detalle que no mira nadie.

Con esto subo rápidamente a cubierta para embobarme con el dispositivo que aprovecha la energía del viento y hace que el barco se mueva: la arboladura y el velamen. El HMS Victory enseña cuatro palos imponentes ¡cómo sería con las velas desplegadas! Mientras lo pienso, ayudada por la postura que mira al cielo adopto un gesto de atontamiento admirativo. El espectáculo debía ser impresionante. La sensación de deslizarte por las aguas con el sonido del viento, la imagino fantástica. No obstante donde siento una grandísima admiración es al imaginar la pericia necesaria para, desplegadas todas la velas, conseguir el máximo de velocidad y maniobrabilidad. Paños y timón. Y una noche de tormenta… no quiero ni pensar. Junto a unos cabos enormes, tomo una de mis últimas fotos.

El HMS Victory es un trozo de historia al que poder ir a soñar y sentir. Está vivo y cuenta un montón de historias a todo el que quiera ir a escucharlas. Como otra más de los turistas que a diario lo visitan, me llevo un buen puñado de fotos sin valor alguno pero con mucho poder. Al descender, cuando mi mano se despide de este cacho de historia me pregunto: ¿dónde están nuestros buques? ¿qué se hizo de ellos? No tenemos ni uno donde ir a soñar.



A Nelson seguro que también le gustaría.


domingo, 12 de agosto de 2018

Sentir, no saber

SENTIR, NO SABER

Estoy en un avión. Hacía tiempo pero aquí estoy otra vez, dispuesta para el espectáculo. Los preparativos comenzaron hace ya dos horas y los vivo como parte de un ritual que observo pacientemente.

La primera parte se desarrolla en la terminal del aeropuerto. Entro con una vaga sensación de desorientación e invariablemente mi mirada se dirige hacia lo alto, en busca del desplegable que contiene un sinfín de destinos. Mientras busco mi avión mi imaginación vuela detrás de destinos clásicos (aquellos que ya debería haber hecho pero que siguen en mi lista de pendientes), insólitos (de esos que con solo pronunciarlos vuelo), desconocidos (lugares que no sitúo en el mapa y es entonces cuando más poderosamente llaman mi atención)… consigo encontrar mi vuelo entre todas las posibilidades.

Con paso ligero esquivo al personal que también mira al techo, mientras acarrea aquello que considera imprescindible. Facturación o no, control de billetes, detector de metales, saludo al personal de control y ya estoy dentro. Esquivo todos los chiringuitos de perfume exclusivo, dulces gourmet y licores para paladar fino. Voy directa a la cristalera que asoma a la pista. Cada minuto despega un avión. Como si se tratara de la salida de escena en una coreografía de ballet, cada uno de ellos realiza su despegue con una precisión y ligereza impropias de esas masas de hierro.

Llega el momento del embarque, la primera parte de la ceremonia está a punto de finalizar. Se forman las inevitables colas que, con un desorden metódico similar al de las hormigas, se agolpan para subir por fin al avión.

Una vez en la aeronave, comienza la segunda parte del ritual. Mis esfuerzos en días anteriores fructifican, tengo asiento en ventanilla. Un ratito para que todo el mundo tome acomodo y las azafatas realizan su trabajo primero de convencerme de lo fácil que es conservar mis constantes vitales en casos de emergencia. Ya falta poco.

En unos segundos el avión rueda por la pista hacia el punto de despegue. Me preparo como si fuera una velocista en la línea de salida. Estamos en la pista asignada y sin mediar otra señal, el comandante pide a la nave toda su fuerza, yo siempre ayudo con un buen pisotón como si del acelerador de mi coche se tratara, y el avión rueda de una forma brutal. Casi sin darme cuenta, con una ligera inclinación inicial, dejamos el suelo atrás. Esta fracción de segundo siempre es mágica. ¿Cómo conseguimos esquivar la fuerza de la gravedad, adelantar nubes y empequeñecer paisajes mientras volamos por un camino trazado por grados de latitud y longitud? Existe una explicación física que hace posible volar. La desconozco, solo siento. Siempre de la admiración a la emoción, sin cabida para las ideas. Absolutamente fantástico.




jueves, 31 de agosto de 2017

Creatividad vs. tradición







































Hace un par de años, deseando cambiar el ritmo de las vacaciones de playa y jajas, asistí en Santander a un espectáculo  del Ballet Nacional dirigido por Antonio Najarro. La primera parte me pareció fantástica, flamenco con un aire fresco y nuevo que abría nuevas posibilidades. A la tradición se le lavaba la cara con un resultado inesperadamente radiante. Sobre la técnica de bailarines y bailarinas, junto con el resto de profesionales que hacen posible un espectáculo de esta envergadura ni comento, acreditan su talento consiguiendo que aquello que es un arte difícil de realizar adopte la apariencia de algo que fluye con naturalidad. Lo que verdaderamente me complació es la mezcla conseguida al conjugar creatividad y tradición. Es flamenco, es escuela bolera y también es algo más. La creatividad sin límites ni corsés.

Este mismo milagro ocurre en muchos ámbitos artísticos, sin él no se puede avanzar ni encontrar nuevos caminos. La música está plagada de ejemplos. Sin alejarnos de los aires flamencos se puede recordar algunos de los primeros piropos que recibió Camarón cuando decidió salirse del camino trillado, que él como nadie era capaz de interpretar, para llevarlo a otra dimensión. Y no salgo del campo musical para agradecer infinito a Vinicius de Moraes y a Antonio Carlos Jobim por haber dado a luz la bossa nova, ese estallido de sentimiento ritmado a través de la música brasileña y el jazz. Y si nos fijamos en el ámbito de lo gastronómico que lleva camino de llegar a los museos a través del estómago, ¿cómo poner en tela de juicio las bondades una comida con una recua de estrellas michelín? Muchos/as me dirán que como la comida de la abuela no hay nada. Ya se sabe, buenos productos, excelente hechura y generosa cantidad. Nada que objetar pero es innegable que la cocina que pinta cuadros en el plato, consigue texturas infinitas y uniones imposibles, invita al disfrute por su calidad sí, pero sobre todo por su creatividad, aquella que abre sendas insospechadas que nos sorprenden mientras nos deleitan.

Pues bien, he sentido la misma sensación de sorpresa y fascinación al admirar una pequeña obra maestra presentada en el último Mundialito de Miniaturas celebrado en Leganes, presentada por “La Liga Norte”, un grupo de esforzados artistas. El mundo de las miniaturas recrea personajes históricos, anónimos o no, con absoluta verosimilitud. Con su fidelidad a la realidad histórica y su maestría elevan esta afición, a penas conocida, hasta el rango de arte. La pieza que me ha llamado poderosamente la atención, reproduce a un par de centuriones romanos dentro de un vagón de metro que miran pasmados un cartel que anuncia el evento del que forman parte. Están desubicados, viviendo una realidad y un momento histórico que no les pertenece, tomando conciencia de su propio extrañamiento mientras observan el cartel. Inmediatamente te pones en su lugar. Compartes su extrañeza divirtiéndote mientras intentas adivinar la conversación que pueden estar teniendo los dos recios militares en perfecto latín mientras se encuentran en el metro de Madrid. Si una de las ambiciones que persigue el arte es transmitir, compartir, una escena así te lleva irremediablemente a compartir la situación con sus protagonistas. Esto no es nada fácil de conseguir. Se requiere oficio, maestría, imaginación y mucha, mucha creatividad. Para avanzar por los derroteros de lo artístico es necesario beber de la tradición y aprender de los maestros para poder así abrir nuevos caminos y crear interpretaciones personales. Si la creatividad y lo nuevo no aparecen se pasea indefinidamente por los caminos trillados que otros ya transitaron. Bien es cierto que se corre el riesgo de no ser comprendido. Los pintores impresionistas tuvieron que realizar exposiciones paralelas a la oficial del Salón de Paris puesto que dicho ámbito pictórico no entendía el camino rompedor que apuntaban estos innovadores de la luz y el color. Tampoco Braque y Picasso fueron mundialmente aplaudidos desde el primer momento cuando el segundo pintó Las señoritas de Avignon, poniendo aprueba la imaginación del público de principios de siglo XX. No obstante, la producción creativa requiere abrir nuevos caminos, sobresaltarnos, ponernos a prueba, sacarnos del tedio y ofrecernos nuevas posibilidades. Si hay alguien que no lo ve, estará, sin duda alguna, perdiéndose una de las facetas más poderosas del arte.  



           

viernes, 18 de agosto de 2017

Ver pasar el tiempo

Sol crepuscular en una playa del Cantábrico. Luz rasante que difumina contornos, dora tonalidades y ensombrece recovecos. Escenario que no deja de cambiar en su tozuda permanencia. La playa se ensancha y empequeñece por puro antojo de la luna. A ratos es infinita y la persigues en su huida para luego obligarte a retroceder con premura suave. Y siempre el silencio sonoro que componen brisa y oleaje. Todo se amortigua y difumina.

A la vista de todos, todos somos invisibles. Una mujer, cómodamente sentada en una sillita plegable, dibuja a su hija dando colores rápidos con sus acuarelas. Una madre lee un cuento a su niña que se seca al sol, mientras su hermano se embadurna de arena y su padre otea vigilante al tercero que está nadando en las olas. Dos amigos juegan con unas palas intentando que la pelota no toque el mullido suelo. Una señora lee un libro protegida de los juguetones rayos del sol con unas gafas que la aislan. Dos bebes, pringados de arena hasta los ojos, caen sobre sus padres, que tumbados sobre las toallas, intentan sin éxito dar una cabezadita. Un grupo de jóvenes juegan mientras permanecen tumbados en círculo. Tres parejas de adultos intentan, bajo sus toallas, ponerse el bañador creando, mediante sus posturas, una situación cómica celebrada por todos. Una anciana, protegida por una sombrilla, sonríe ante los juegos del nieto. Por aquí y por allá hay solitarios, parejas y grupos que sestean inmutables a todo lo que ocurre a su alrededor.

Todos dejamos fluir el tiempo al ritmo de la marea. Somos invisibles en nuestra presencia, los unos para los otros y eso concentra nuestros esfuerzos de abandono ocioso. Estamos entregados a la tarea personal de ver pasar el tiempo y son el agua, la luz, los que nos recuerdan su existencia. Derrochar los minutos en tareas insustanciales, triviales y placenteras. Ocupar el tiempo en regalarlo. No escatimar esfuerzos en despilfarrar valiosos segundos en nimias actividades. Observar que el tiempo pasa porque la playa cambia. ¿Hay forma más fructífera de entregarse a lo inútil? 

           

lunes, 10 de julio de 2017

Noches de verano


La pasada noche, a las tres de la mañana, cuando todo el barrio dormía a pierna suelta, me despertaron, a mí y otros tantos/as seguro, unos berridos aflautados y puntiagudos de una panda de locas adolescentes con ganas de hacer amigos. Bien, me despierto, desvelo y enfado. Pasan los minutos y no parecen verse afectadas por lo solitario de la calle ni lo oscuro de la situación, muy al contrario, acogidas por la intimidad de la hora se dedican a contarse chismes (lo intuyo por la frecuencia sonora que sube y baja de intensidad según la categoría del cotilleo o el alcance de la confesión), chistes que son celebrados con sonoras carcajadas y entonar cancioncillas perpetradas con una dedicación y acierto digno de otro momento y situación.

Están lo suficientemente cerca como para distinguir cinco voces pertenecientes a cinco alegres gamberras y reconocer algunas palabras pronunciadas con notorio garbo. Pero cuando rendida ante la evidencia de que no voy a poder dormir intento engancharme a la conversación, cambian tono, cadencia y ritmo en la algarabía haciéndose imposible discernir nada congruente, dejando únicamente un murmullo atronadoramente inconexo.

Ni entiendo ni duermo ¿qué puñetas hago? Mientras las cándidas majaderas le han cogido querencia a mi calle y ya están establecidas pasando un ratito a la fresca tan divertido ¿hay algo que pueda hacer? Quizás si me levanto, saco la cabeza por la ventana, pego un buen grito y despierto al resto del vecindario que todavía no ha conseguido desvelar la alegre muchachada, las ahuyento y asunto arreglado. Puede que me salga bien la maniobra o quizás también puede que ante una reacción tan cívica como mandarlas a paseo a la tres de la mañana, las muchachitas se vengan arriba y coreen, con algún decibelio de más, el intercambio animado de mensajes cordiales que mantienen entre ellas haciéndose unas risas a mi costa. Además, es muy posible que mi presión arterial se dispare ante el esfuerzo de ponerme al nivel requerido para la ocasión y ante los frutos conseguidos con semejante trabajo brioso. O tal vez, puedo, de forma limpia y aseada, llamar al servicio policial ciudadano requerido para que tome cartas en el asunto. Esta posibilidad desaparece de mi cabeza con mayor rapidez que la anterior. Atenderán mi queja con pulcra educación antes de decirme de la forma más cívica posible que tienen otras cosas mejores que hacer que mandar a la cama a un grupo de inofensivas colegialas que dan por el riau ante la comprensión silenciosa de todo el concienciado y resignado barrio. Sopeso las posibilidades de éxito de la llamada a la municipalidad, del grito desahogante por la ventana o de la renuncia a la defensa del descanso merecido (es decir, el acto de cobardía más empleado). No me decido y los minutos van pasando. Y, mientras deshojo esta molesta margarita, llega el momento en el que las animadoras nocturnas se van por donde han venido creando un vacío sonoro perturbador.


Teniendo delante varias soluciones a la molesta memez sustancial que me tiene desvelada, a modo de puntilla, la molestia nocturna de nivel tres, se soluciona por si misma dejándome con el plan de ataque frustrado. Y ahora, ¿quién adormece mi adrenalina maltrecha, mi mala órdiga desbocada, mi estrategia malograda? Pues nada, a jorobarse. 


          

Relaxing

domingo, 4 de junio de 2017

Flor fucsia


Me mantengo en tranquila espera delante de un semáforo. Obedezco al rojo que me impide avanzar. Movimiento en potencia hasta que los colores me indiquen que tengo que hacer. Un pestañeo y el verde me impone ponerme en movimiento. Mientras cruzo la vía, mi vista distraída se posa en unos coches aparcados en la cera de enfrente, un poco más arriba de donde me encuentro. Uno es negro y el otro rosa flor fucsia. Sobre el negro mi atención resbala sin dejar huella pero ante el rosa me quedo totalmente enganchada. ¿Quién se pasea por una ciudad de provincias con un vociferante coche rosa atrayendo miradas e incitando comentarios a su paso? ¿A quién no le tiembla el pulso al mando de un bólido con ese tono?

Un coche con ese color es una declaración de intenciones. Es un porque sí, un qué viva la diversidad, un verso suelto en el plomizo parque automovilístico en el que abundan los tonos sosainas hasta la depresión. El color marca estilo y derrama personalidad en la uniformidad del asfalto urbano.

Ahí está. Una piedra rara, una gema preciosa con ruedas que invita a lo festivo y habla de su propietario/a. Indudablemente al jefe/a al volante le importa un bledo el qué dirán o quizá eso es lo que busca, nunca se sabe, aunque me inclino por el sujeto con personalidad (al exhibicionista no le doy ni un mes al volante de ese cartel anunciador algodón de azúcar). Sí, con personalidad y extrovertido/a, sin miedo a las opiniones ajenas. A buen seguro que también tiene un toque flower power. Un recalcitrante realista no se soportaría a sí mismo/a dentro de un habitáculo caramelo de fresa. No veo al individuo/a que siempre se empeña en ver la botella medio vacía sosteniendo miradas de curiosidad y devolviendo sonrisas cómplices mientras callejea al mando del utilitario. Con personalidad, extrovertido/a pelín idealista y amante de la música. Eso seguro. Este sujeto/a, mientras derrama tonos perla rosada por la vía, no escucha la cascada de fatalidades de las noticias diarias sino que tamborilea su dedo índice sobre el volante al ritmo de la banda sonora que esparce entre la hostilidad del tráfico diario. Dispuesto a aceptar otras opciones y flexibilizar posturas, seguro. Alguien que conduce un “pink panther” ha tenido que aceptar otras opiniones, adaptarse o directamente minimizar la importancia de la mayoría. Se apunta a la diversidad y a la diferencia.

Me alejo pensando que yo siempre tengo coches blancos. Me lo voy a hacer mirar.





jueves, 25 de mayo de 2017

Paciencia I

He empezado a buscar sin éxito el puré por el cuarto de estar. Aparecerá dentro de unos días, sólido y maloliente, en una estantería o en un cajón, y pensaré ¿cómo no he mirado antes ahí? 

Ludmila Yilmaz

sábado, 13 de mayo de 2017

SÍ!!!

Por breve tiempo, allá va. No como viajera sino como turista. Lleva la maleta llena de expectativas, de la inquietud de la sorpresa, de la disposición a entenderlo todo, de no cerrarse ante nada, de no cansarse ni cuando la cabeza embotada le pida un respiro o el cuerpo tregua. Está ahí y delante su futuro. Si el lugar le defrauda o no es lo esperado, no importará  porque está en camino, con la brújula direccionada. No hay posibilidad de error, aunque no sea lo imaginado será especial. Es irrepetible y ella todavía no lo sabe.  


             

lunes, 17 de abril de 2017

Viajeros mudos

¿Ha matado el turismo "low cost" a la literatura de viajes? Título de un artículo del último Babelia de El País y pregunta para la que, por descontado, no tengo contestación. Cierto es que cada vez se viaja más y más lejos. No hay rincón sin patear y casi todo va adquiriendo un aroma similar te encuentres en la latitud que elijas o a la longitud que te puedas pagar. Es indiscutible que hay cierto abuso de mucho lanzado y lanzada que se aventuran a contar su experiencia en soportes similares a éste y con afanes parejos, olvidando que no vale únicamente con una detallada relación de dónde y cuándo se hizo tal cosa o se vio tal otra. El autor del citado artículo, Jacinto Antón, que sabe algo más que yo sobre el particular, concluye que sigue habiendo muy buenos autores sobre el género y en todos ellos se observa la innegable ambición literaria y un afán por ir más allá de lo que se ve a primera vista.

Degustado y digerido el artículo, he hecho uno de esos saltos mortales que de cuando en cuando me asaltan y me he acordado de la compra de hace unos días en la pescadería. Esperando mi turno me deje llevar por ese acto reflejo de leer hasta en las etiquetas y me encontré viajando, increiblemente low cost, por todos los mares del mundo.

Dejé como señal y testigo mi cuerpo presente y pude trasladarme, mientras la eficiente pescatera despachaba a tres personas que me precedían, a lugares lejanos. Ante mi se desplegaron un buen número de viajeros mudos, bueno más bien cadáveres, que contaban historias dramáticas, relatos de personajes que entablan una lucha a vida y muerte en lugares exóticos, narraciones portentosas sobre hombres y animales enfrentados en luchas cotidianas y fatales, pero también historias corrientes que no dicen más que lo que cuentan.

¿Qué mal rato habría pasado la bacaladilla noruega antes de entrar en las bodegas del barco y juntar lomo con lomo con el resto de sus colegas? Y esos salmones vecinos de aguas frías, incansables viajeros, que acaban su periplo en un horno bien templado y maridados con un vino con el que ni en sueños habrían pensado rozarse? El halibut del Atlántico y el gallo del mar de Irlanda tal vez fueron pescados por un barco al que una buena marea le salvó en una situación económica apurada, ya todos los años los peces no acuden como solían. También estaban lo bravos peces espada del Atlántico que aunque de la misma zona son ejemplares que me hablan de un despiste fatal al dejarse capturar entre otras peces sin tanto abolengo. Con las corvinas y los látigos me fui al Mediterráneo, el mar en el que Ulises se extravió, o se dejó extraviar, durante veinte años. Mar que ha dado de comer, hasta ahora, a los habitantes de sus orillas con carne e historias. Con los langostinos del Pacífico cierro los ojos y me voy en una travesía por el mar más grandón que tenemos, dispuesta a mirar al agua de día e intentar adivinar la cantidad de litros sobre los me deslizo y de noche al cielo, un cielo sin límites de perfiles de edificios ni montañas. La almeja portuguesa, desconozco su calidad y si está acabando con el mercado de otros ejemplares patrios más cercanos, me presenta un mundo de algas de fuerte olor, arena suave y mareas incansables. Mariscadoras de espalda doblada y piel curtida. El chipirón del Índico me produce un escalofrío al recordar esos monstruosos calamares de esas latitudes que calentaban la cabeza de todo el que escuchaba sus historias y los estómagos de los ejemplares que perdían la batalla con el avezado pescador. ¿Y la perca de Tanzania? Con ella voy derechita al medio de África, allá donde nacen fábulas y ríos llegando a Europa transformados en mitos.

Sí, me dejé llevar un poquitín por semejante plantel de viajeros mudos. La pescatera, seguramente al verme un poco vagabunda, me trajo de vuelta al preguntarme: ¿llevará hoy merluza del Cantábrico? está buenísima, no tiene anisaki ni nada. Puñetas, el último baño de realidad del viaje.

Clara Peeters
S. XVI






domingo, 26 de marzo de 2017

Contracorriente


¿Y si asoma el verano y todavía no me apetece?
¿Y si la amenaza de días infinitos y noches mínimas, sí esas jornadas en las que la luz a fuerza de insistir se hace pesada, son ya una visita imparable que no quiero recibir?
¿Y si aún no me he hartado de calzarme mis acolchadas y calentitas botas ojo de perdiz y arrebujarme dentro del abrigo rojo llama que resplandece en el mustio invierno norteño?
¿Y si todavía no consigo reprogramarme a la manera “helado estival” porque sigo muy cómoda en el modo "chocolate con churros"?
¿Y si unos rayos de sol fuera de lugar me expulsan imperiosamente de mi cómodo cubil arrojándome a la calles y plazas que ya empiezan a estar abarratodas de lagartijas humanas que aclimatan su sangre fría esperando que todo llegue antes de tiempo?
¿Y si no he cogido el número suficiente de setas, ni me he hartado de castañas, ni he doblado bastantes varillas de paraguas, no he criado los habituales sabañones ni pillado el cupo de catarros?
¿Y si mi cuerpo animal, éste en el que vivo, todavía está hibernado y no está preparado para la revolución cíclica a la que se somete mansamente todos los años?
¿Y si no quiero que el invierno acabe ya?
Las he visto y me han dicho que es imparable.

viernes, 3 de marzo de 2017

Contadora de viajes de la rutina

Como buena reincidente, he caído en las redes del último Reverte que me he topado en la librería. Puedo apostar algo serio a que he leído todos sus relatos de viajes y siempre siento una envidia sana, si eso existe, por este tipo. Del periodismo a la literatura sin red, o con ella, no lo sé muy bien, pero lo que si está claro es que Javier es uno de esos afortunados que ha hecho de su pasión su trabajo. Un triunfador, seguro que con sus peajes y sus precios pagados, pero lo ha conseguido: viajar, escribir y vivir de ello. !Olé y olé¡

El último Reverte me lleva a Nueva York (otro destino en mi lista de pendientes). Javier, que por edad, ganas o apetencias (o por todo ello) en sus últimos destinos viaja acompañado o con más tranquilidad, para el destino americano ha elegido una estancia de tres meses en la capi del mundo libre para deambular, observar, asombrarse, aprender, admirarse o lamentarse, según caso y ocasión. !Olé y olé! Otra vez.

Y aquí estoy yo, con otra aventura prestada de papel y temiéndome que mi odisea particular no va a ir más allá de unos garbeos imaginarios al saltar de un párrafo a otro. ¿Pudiera ser que me falte compromiso con el asunto y suficiente ímpetu para hacer realidad los deseos y me sobran varios kilos de practicidad y realismo aplastante?

Esta situación frustrante está a punto de acabar. Como ya he dicho que no estoy en la esfera, ni en la estela, ni en el camino, ni nada de nada, del escritor viajero, yo voy a acompasar mis aspiraciones con mis circunstancias poniéndome como objetivo no morir sin haberme convertido en contadora de viajes de la rutina, ambición a mi medida. Bien, he fijado mi objetivo y puede que con mis modestos medios y mis grandes anhelos, esté en el camino correcto. Fijaré una rutina, otra más que añadir a mi vida, como escribir todos los días (bueno o día sí, día no, también hay que hacer cosas más prosaicas) sobre todo lo asombroso o cotidiano que me suceda en la jornada, no le haré ascos a nada. No dejaré de apuntar todo lo reseñable que acontezca en mi barrio (puedo ampliar el radio a la comarca, aunque no lo sé puesto que debería observarlo de primera mano y no veo cómo voy a coordinar horarios de rutina ineludible con inspiración literaria) Miraré con verdadera expectación a todo y todos en el trabajo, a aquel que me tope en la frutería o a la vecina de butaca en el cine y que pueda llegar a convertirse en personaje de mis crónicas (para eso deberá expresar algún pensamiento digno de la filosofía de andar por casa o hacer algo que permita que yo haga la oportuna reflexión). Pasearé y deambularé por calles y plazas con los oídos bien abiertos (sin auriculares que me informen sobre lo sucedido en medio mundo o me inunden con música aislándome de lo que me rodea). Pondré especial cuidado en los trayectos de casa al trabajo y viceversa puesto que son los desplazamientos que más se asemejan al viaje, fundamento para mis crónicas posteriores. Y con todas las reflexiones, cavilaciones y deliberaciones, tanto propias como ajenas; con las observaciones hechas con nuevos ojos sobre lo ya conocido; con un renovado interés sobre lo ya trillado, una gran capacidad para sorprenderme sobre lo ya cansinamente transitado, me lanzaré, lo prometo, a la escritura. No puedo errar. Estoy absolutamente convencida de que habrá mucho público que se sienta identificado ¿Quién no va a estar interesado en recrear, durante su tiempo de asueto, lo que ya vive todos y cada uno de sus días? Pues eso.


A rellenar...










domingo, 12 de febrero de 2017

Pintan bastos

Pintan bastos y el cielo es ceniza. Las gotas que comienzan a caer son frías como el aluminio. El viento que arremolina ramas y papeles se lleva la armonía y los escasos refugios que a fuerza de tiempo y cesiones Elisenda ha construido.

Pintan bastos y lo que mantenía un color verde manzana muda y se transforma en el gris que anuncia la caducidad. Ella intenta ponerse las gafas de color promesa pero se encuentra con un cristal roto.

Pintan bastos y las certezas se erosionan mostrando las líneas de la grieta que se traga todo. Se abre la boca del abismo de las dudas. Elisenda se pregunta si ha visto únicamente lo que quería y no lo que realmente había.

Pintan bastos y la sensación de error permanente se le apodera. Sí, un bucle constante que se retroalimenta con el primer descuido y a fuerza de repetirse adquiere apariencia de acierto. Una caracola que no presenta su verdadera cara hasta que adopta la perspectiva adecuada.

Pintan bastos y se pone caro mostrarse altruista cuando las tripas piden revancha. Elisenda camina entre la animalidad o el olvido para digerir el sabor agrio que le invade.

Pintan bastos y no hay refugio donde lo había. Los lugares balsamo que permanecían como constante faro se desmayan.


Pintan bastos y Elisenda se desahoga.


The laundress
Toulose Lautrec

jueves, 12 de enero de 2017

Principio

Permanezco expectante mientras todo a mi alrededor se retuerce y agita en un torbellino de luces y sonido, y me siento como entonces.

Por unos instantes recupero la sensación de largo recorrido. Ese hormigueo en las tripas que sobreviene ante la certeza de saber que todo está por delante, por estrenar, a mi alcance, que únicamente necesito una dirección para caminar. Soy la capitana de mi propia vida y el trayecto se presenta tentador, inmaculado, sin los contornos de lo definido.

Libertad sin trabas, sin compromisos, sin responsabilidades. Únicamente yo, eligiendo mis compañías, ignorando el quién y el cómo hacer esos círculos que te salvan la vida, sin anudar todavía esos lazos que cuando aparecen deseas que ya no se deshagan. Todos están por trazar y eso los hace fascinantes, irresistibles y la promesa de su llegada es un hechizo irresistible.

El descubrir la belleza y el poder de las cosas que llegan al corazón y a las tripas. El conmoverme hasta embriagarme con lo inútil que golpea mi sensibilidad y la ensancha. Sorprenderme vulnerable ante la belleza, comprobar que me conmuevo y paralizo cuando algo enreda y revuelve mis sentidos. Saber que existe una caja de los prodigios a mi entera disposición y que solo debo usarla afinando gustos, decantando preferencias, despertando al animal sensorial que llevo dentro, el que vive de los sentidos, mientras que dejo al racional dormido.

Descubrir que mi capacidad de sorpresa está recién estrenada, que el mundo está lleno de extrañezas, chaladuras y singularidades que le dan sabor y que la niña que se asombra siempre debe vivir conmigo.

Mientras tanto, el concierto va llegando a su fin a la par que yo viajo a mi principio.


           

jueves, 29 de diciembre de 2016

Tiempo de tensión

Cálida, musical, dulce, amorosa, así es la Navidad. Buenas intenciones en época invernal al ritmo de sones suaves acompañados de dulces para todo tipo de paladar. Sí, pero no. El tiempo navideño es una época de tensión, la más peligrosa del año. Tensión invisible. Sensación que lo inunda e impregna todo. No se ve pero está en el ambiente. No se le hace un hueco pero debes contar con ella, apartarla cada hora de cada uno de estos días para no acabar fagotizada por ella. En todo lugar y situación  enseñorea su presencia añadiendo un ingrediente suavemente opresivo, un lazo de terciopelo, que puede dar al traste con las mejores intenciones si no meneja adecuadamente. Lo preside todo. Si tienes asumido tu papel de estar a la altura de lo que socialmente cabría esperar de ti y te pliegas al calor de la época, la tensión aparecerá en cada pensamiento y acción. Seguro y cierto

Primer punto de tensión: el encuentro en la mesa. Eliges con esmero y cuidado el o los menús navideños que te ha tocado en suerte preparar. En este apartado tendrás que llegar a un consenso no explicíto entre tus invitados y tú. Dar el gusto a todos los paladares es el primer objetivo ( fulano odia los langostino y mengana no entiende una Navidad sin ellos), no salirse del presupuesto (¿eso es una sencilla merluza o caviar iraní?) y no emplear todo el tiempo festivo en un ágape que no contentará a todo el mundo, seguro (¡vaya elaboración la de la fulana! ¡menuda presentación la de citano!) El menú genera una tensión insospechada cuando únicamente se trata de llenar el buche, bueno hay algo más, seguro.

Segundo punto que sube la tensión arterial de cualquiera con un mínimo de espíritu navideño: los regalos. Quién más y quién menos quiere acertar. Cada cual se rasca el bolsillo, hasta llegar a las costuras, y pone en funcionamiento la imaginación. A zutano le regalamos el año pasado libros, este año hay que pensar en otra cosa, pero ¿qué? ¿Qué talla tiene mengana? Puede que ese jersey... Colonia, si qué buena idea ¡la ciudad huele a botica de perfumista! Devanarse la sesera, no pensar en ti sino en el otro, difícil, mantener la cabeza fría ante el avasallamiento comercial, no acabar comprando el regalo de último recurso... y por encima de todo acertar. Se me acelera el corazón tan solo de pensarlo.

El tercer punto, a buen seguro, es aquel que genera situaciones de tensión que pueden llevarte directamente a la unidad de cuidados intensivos: conseguir armonía cuando todo el mundo está reunido. Perengano no traga a menganita y ésta que tiene la sensibilidad de un taco de madera no puede con fulana. Luego está zutanito que vive engañado pensando ser el alma mater de todos las fiestas y eventos varios cuando el personal pone una vela al santo de turno para que haya cogido una afonía que le dure hasta el diez de enero. Si esto se puede convertir en un juego de equilibrios dificil de mantener, en un ejercicio diplomático a la altura  de una cumbre de política internacional, la situación adquiere tintes de drama cuando a la reunión se une un invitado. Un extraño, un intruso al que hacerle un huequecito en esa mesa de conversaciones diplomáticas teniendo las referencias que habitualmente únicamente sirven para meter la pata, eso sí con la mejor de las intenciones.

Si, tiempo de tensión, de mucho estrés, de nerviosismo mal disimulado, de presión auto infligida. El personal espera que todo discurra por el carril de en medio, a paso lento pero seguro, sin incidencias señaladas. Y cuando llegamos al final del tiempo más bonito del año cogemos aire a pleno pulmón, acompasamos ritmo arterial y cadencia cardiaca seguros de que ya ha pasado el peligro. Misión cumplida.


Los sones suaves que amortiguan

jueves, 22 de diciembre de 2016

El pendiente

Hace un mes perdí un pendiente. Precisando, la parte noble del pendiente, aquella que queda a la vista de todo el mundo y que da la oportunidad al personal de emitir juicios sobre el gusto personal de cada cual a la hora de colgarse de la oreja cualquier cosa. El resto, la parte esforzada y nada reconocida que no se ve, quedó pegada a la parte posterior de mi oreja. ¡Mi pendiente,un pedacito de madera oscura ribeteado por un festón de plata! Ningún valor económico pero sí sentimental. Me di cuenta de la pérdida en casa y pensé que no andaría lejos puesto que parte de él estaba todavía conmigo. Eché un primer vistazo perezoso y distraído por el suelo de la habitación. Nada. Seguro que estaba debidamente oculto a mi pereza por poner patas arriba todo en su búsqueda. Lo abandoné dejando para más tarde el rastreo del adorno. Un par de días después, reinicié la búsqueda sin éxito y tras un rato de contorsión corporal en el intento de llegar a rincones del hogar que no frecuento y de agudizar la vista emulando a los rastreadores, consternada y extrañada a partes iguales, coloqué la parte viuda del pendiente en un lugar visible a modo de recuerdo de la tarea pendiente.

Dando un corte de mangas al sentido común y poniendo a prueba mis creencias en el azar y el destino, pasado un mes, he encontrado el pendiente. Pero no, no estaba en una zona innota o desusada de mi casa, estaba en la calle. Hay un pequeño paseo que suelo recorrer diariamente con mi madre muy cerca de casa. Mismo recorrido, similar hora... rutina doméstica. Pues bien, allí estaba mi pendiente, en el suelo, en un extremo de la acera, orillado, solo. Maltrecho, doblado, herido. No lo podía creer. ¿Qué posibilidades había de que encontrara mi pendiente en la calle después de un mes? Practicamente nulas. Pues bien, allí estaba, esperando a que yo lo encontrara, oculto a miradas ajenas e intentando quitarse de encima hojas y ramitas que lo ocultaban cuando yo hacía mi paseo diario. Durante varias semanas estuvo captando un rayo de sol que rebotara en su banda plateada, lanzando una llamada luminosa, acaparando gotitas de lluvia que espejaran un brillo... intentando lo imposible por captar mi atención.


Mi pendientín no se ha dado por vencido. No ha desesperado ni un solo día en su intento por volver a mi mientras se ocultaba a las miradas del resto. Sin pensar en un horizonte de probabilidades adverso ha perseverado igual que los niños que no conocen lo imposible. Una voluntad de hierro, una estrategia concienzuda y bien ejecutada y un pellizco de buena suerte. Mi querido pendiente. Él que fue elegido entre muchos, fiel compañero durante mucho tiempo, adorno pequeñín sabedor de su poca valía pero poseedor de todo mi cariño, él se sabe insustituible. Hoy está por fin de vuelta en casa. Después de una rehabilitación que le ha devuelto su antiguo brillo y lozanía ya luce orgulloso en mi oreja sabedor de que es mi joya más preciada.



  
¿Qué le gustaría a J. Vermeer?
La chica de la perla
J. Vermeer